La fascinación de los espejos

No he leído a Dante, pero sí he leido en Twitter que Dante escribió: “No hay dolor más grande que el recordar los tiempos felices en medio de la desgracia”. Yo creo que hay un dolor aún mayor. Pero lo contaré luego.

Antes quiero acordarme de algo que leí en otro sitio. Quienes han estado a punto de morir en la mesa de un quirófano dicen en ocasiones que en ese momento, sedados por la anestesia general, rodeados de cables y de manos de cirujanos, removidos por esas arañas de plástico verde que les hurgan las tripas, allí, de puntillas sobre el último umbral, sobre ese horizonte horizontal, se han visto a sí mismos. Juran que no es un sueño, que es algo más o algo menos que un sueño, que se han visto a sí mismos desde las alturas fluorescentes del techo, como si el muerto fuera otro.

Yo he sentido muchas veces ese desdoblamiento, esa conciencia sobre la propia conciencia. He pensado en mí mismo pensando, me he mirado a mí mismo y al mismo tiempo he pensado en otro, he estado convencido de que pensaba en otro. Sé que es complicado. No hay palabras sencillas ni formas agradables de referirme a todo esto.

Quizás valgan las metáforas, los síntomas de una imaginación enferma: un perro que se mira en el espejo y no sabe que se mira, la hoja que inclinada se refleja en el agua, viento olvidadizo de los ríos. Todo lo que ocultan nuestras huellas en las redes sociales: todos los intentos previos, todas las poses que ensayamos antes de la pose final que nos defina para el mundo y para nosotros.

Una mezcla de todo esto es lo que me ha hecho pensar que hay algo peor que recordar los tiempos felices en medio de la desgracia. Es peor recordar los tiempos felices en medio de los tiempos felices.

Porque hasta nuestro propio rostro se nos hace casi siempre esquivo. Porque, hagamos lo que hagamos, le vamos a ver la espalda a la dicha hasta que un día, guardada por no se sabe quién para nosotros, mojada por la lluvia y los años, nos la vamos a encontrar perdida en un cajón o encima de un armario o a la vuelta de una esquina, como una carta que alguien nos escribió y que tiene la tinta corrida, nos la vamos a encontrar y nos va a encontrar, vamos a leer lo que fuimos y no vamos a entender un carajo.

El carácter

La otra noche, durante la final de la Copa del Rey, dos jugadores rivales saltaron para cabecear un balón dividido. Uno sacó demasiado el brazo y golpeó al otro en el cuello. Mientras este se revolcaba de dolor en el suelo, el árbitro pitó falta, pero no sacó ni siquiera tarjeta amarilla. Rebotado, el doliente delantero se abalanzó sobre él, gritándole cuatro barbaridades y abriendo mucho los ojos. Se le marcaron las venas del cuello, de la frente, hasta del blanco de los ojos. Un completo energúmeno, una ménade empapada del furioso alcohol de la victoria. El comentarista, sentado en su cabina, dijo: “Todo carácter”.

El carácter, pensé al oírlo, no es eso. Me acordé de algo que aprendí en bachillerato en clase de Filosofía, una imagen sencilla como una copla o un cuento infantil: Platón describía el alma humana como un carro tirado por dos caballos, uno impulsivo y salvaje y otro noble, comedido, justo en la pasión y el descanso. El auriga debía equilibrar ambas fuerzas para que el carro, que era alado, pudiera volar. Dejar que el más fogoso de los corceles dictara el rumbo sería placentero, pero sólo al principio, porque su energía, su huida, su acelerador hundido, los estamparía contra el suelo, margen último del aire.

Tenía 16 años cuando escuché esa historia. Yo era el caballo loco, yo bebía entonces el aire caliente de sus ollares, yo perseguía en mis sueños y mis días a todas las mujeres por las nubes de mi delirio. El auriga y el caballo bueno me miraban como se mira a una cucaracha que se encuentra en un rincón y que no se mata por asco. Era adolescente y sólo pensaba en follar porque no follaba.

El tiempo que ha pasado templó mi sangre, este tiempo atemperó los deseos de mi alma, mi alma abierta al mundo como una herida abierta. El tiempo me ha enseñado que el carácter no es eso. El carácter, esa frágil telaraña de andamios que nos sostiene, tiene en su debilidad su mayor fortaleza. Es una decisión, la más importante. La forja, que diría Arturo Barea. El carácter es el amor amargo por lo difícil, por lo correcto, por lo complicado. Es huir del deseo porque el deseo mata o porque uno cree que mata. El carácter no es matar al árbitro sino aceptar sus reglas, su error, su mala fe incluso, abrazarlo todo como se traga un jarabe, como se aprieta en ciertas noches una almohada de espinas.

El carácter es el título de un libro de Libros del Asteroide: Algún día este dolor te será útil. Aún más: el verdadero carácter, el que defiendo, practico y odio con toda la fuerza de mi juventud malgastada, es el que te susurra que ese dolor, que jamás te abandonará, fue desde el principio completamente inútil.

Por el bien del planeta

Ñiiiiiun. Ñiiiiiun. Ssssssssss. Frente a él, de perfil, el otro contestó: ffffffffff. Un cable roto sobrevolaba sus cabezas como un péndulo. La luz difusa de los neones, roja y blanca, dejaba adivinar los lejanos muros de la sala. Estaban solos en la nave nodriza. Era el combate final. Darth Vader tomó de nuevo aire, sabía que ese sonido sacaba de quicio a Luke. Jjjjjjjjjjj. JJJJJJJJJJ. Apretó la empuñadura y lanzó un nuevo mandoble que le habría convertido la cabeza en un pegote de mantequilla. SSHSSHSHSHSHSHS, hizo con la boca. Malditas normativas europeas. Poco se podía hacer con un sable LED.

El pueblo Disney

Cuando era pequeño, no sé dónde, leí que en un lugar de Estados Unidos, imagino que en uno de esos campos interminables de interminable ignorancia del Medio Oeste, unos señores habían montado un pueblo dedicado a Disney, maravillosas urbanizaciones en las que todo orbitaba en torno a los personajes y mundos fantásticos creados por Walt, el padrecito, el Señor de todos nosotros.

En su momento me pareció una idea fascinante. Aquellos hombres y mujeres, que tan felices parecían en las fotos, con sus orejas de Mickey y sus cabezas de Pluto puestas sobre sus propias cabezas de aburridos humanos, me dieron envidia. Mucha envidia. Quería vivir allí, del mismo modo que quería comer huevos fritos todas las noches o, algunos años más tarde, estar enamorado todos los días de mi vida.

Mi vida no tardaría en lanzarme turbios mensajes y en obligarme a traicionar aquellos deseos, redondos como planetas. Hoy sé que los planetas no son redondos del todo, que en sus superficies hay millones de mínimos desvíos que los alejan de la estructura mental que les asignamos. También sé hoy que una dieta basada en huevos fritos y una vida basada tan sólo en el amor, en ese amor imposible del primer aliento, pueden matarnos.

Y hoy sé también que mi vida en el Pueblo Disney sería fugaz, porque no tardaría en fugarme. En mi huida, de noche, los pájaros y cervatillos que le doblan la ropa y le preparan el desayuno a Blancanieves, como perros guardianes, me perseguirían con sus fauces de cervatillo y sus picos, ruiseñores violentos brillando ante la luz afilada de los focos. Y llorarían, porque ellos, que antes de convertirse en sangrientos sicarios eran unas criaturas buenas, no entenderían que alguien quisiera abandonarlas, que alguien quisiera irse de su mundo perfecto. Nadie que ama a alguien entiende que le abandonen, si no ha hecho nada malo, si no se lo merece.

Crecer es caminar hacia la perfecta imperfección, la más perfecta y esférica y maravillosa de las mierdas.

 

Allanamiento

[Texto para el Concurso de historias de libros de Zenda]

[29-04-17: He ganado el segundo premio. Gracias al jurado y enhorabuena al ganador.]

Me preocupo demasiado por todo. Por eso voy tanto a la biblioteca. Mi forma de desahogarme de la frustración es tomar un libro y desactivarlo. Ayudar a los demás, eso sí que me hace sentir bien. Si es una novela de misterio, siembro de breves anotaciones las hojas, apunto la identidad del asesino o los futuros giros que la trama reserva. En las novelas románticas trazo lazos con tintas de distintos colores: roja para los finales felices, negra para los trágicos. Siento debilidad por el negro. Disfruto especialmente escribiendo en las tapas de los libros aburridos NO PASA NADA. Sé que con ellas he ahorrado muchos disgustos y angustias, muchos arrepentimientos.

No hago todo esto por molestar. Más bien soy yo el que se toma la molestia. No creo que la decepción aleccione. Hay ya bastante dolor en el mundo, demasiados libros para el pedazo de tiempo que se nos ha dispensado. Por eso mismo ayer, al llegar a casa, no me sorprendí al ver cruzar mi puerta una raya de pintura blanca.

Quizás, pese a todos los prejuicios en mi contra, alguien me admire. Esta es su forma de agradecérmelo. Algunas gotas caían aún sobre el felpudo. Pasé la mano sobre la madera negra y cedió. Entré y vi más pintura en los cojines, bordados con bodoques apelmazados y frescos, y sobre las fotografías, el espejo del baño, los botes metálicos para la pasta, la cola del perro. ¿Habrían usado al perro como brocha?

Me divertía. Yo no tengo miedo. Alguien se habría enterado de lo que hago, alguien que ama tanto como yo la lectura. Quizás me dejé la puerta abierta o la forzaron, como en las malas novelas, con la radiografía de una cadera rota. Me pasé varias horas raspando con la espátula, tratando de descubrir el significado que ocultaban aquellos pegotes y líneas. Me acosté cansado y sereno, orgulloso de mis buenas acciones, satisfecho de haber captado la atención de un desconocido.

He dormido del tirón toda la noche. Me he levantado con unas ganas terribles de volver a la biblioteca. He soñado con el allanamiento. Estaba entusiasmado, notaba el corazón bajo la tenue piel del pecho, me picaba todo el cuerpo. Me ardía. Necesitaba una ducha de agua fría. He entrado a ciegas en el baño, frotándome aún los ojos, me he metido en la bañera y he abierto el mando para espabilarme. He creído seguir soñando: ríos rojos bajaban por mi cuerpo hasta el desagüe. He mirado hacia arriba. Agua. Me he palpado la cara y me he manchado los dedos. He corrido a mirarme en el espejo, he querido gritar pero no he sabido, he visto un mapa de heridas cruzarme la cara, profundas líneas rojas, moratones, parches lívidos. Bajo el ruido del agua cayendo he oído un portazo, he oído ladrar a mi perro. Alguien me conoce mejor que yo mismo.

El pellizco

La editorial Errata Naturae publicó en 2011 un tomito sobre Pasolini. He leído en él varias veces la palabra “hierofanía”, que indica una representación o manifestación de lo divino en lo terrenal. Este tipo de palabras, que parecen de otra época o que, en esta descreída edad, muchos sospechan que son vaguedades vacías que usamos para que alguien quiera follarnos, me llaman la atención precisamente porque, a pesar de todos los indicios en su contra, son dichas por quienes las dicen con un profundo convencimiento. Y he recordado el pellizco.

Una vez oí o leí que en la práctica del taichí se emplea como técnica de relajación una bola gigante imaginaria, una especie de balón de Nivea enorme, algo así como las pelotas, tensas como la barriga de una embarazada, sobre las que los elefantes de circo ruedan o rodaban por la pista con pasos menudos. Hay que agarrar la bola, hay que sostenerla sin tensión, hay que invitarla a formar parte de nuestro cuerpo. Esa bola, sagrada por inexistente, por imposible y poderosa, es algo parecido al pellizco.

Dijo Tolstói que antes de escribir sobre un personaje hay que haber visto muchas veces al mismo tipo en la vida real. Y yo he visto cómo muchas veces la gente usa el mismo gesto para explicar la calidad de lo que han leído o visto: unen el pulgar con el índice y el corazón y los frotan suavemente, y entornan muy levemente los ojos, y con eso explican que algo, con paladar estético, es delicioso. Puede que hasta chasqueen la lengua dentro de la boca. Yo mismo he adoptado ese lenguaje, ese símbolo inconsciente.

De algún modo esos dedos emocionados, que buscan la luz bajo la piel suave, son la pompa que en sus brazos sostienen los taichistas en los parques, son una hierofanía, ecos de un tiempo viejo, de un lenguaje perdido al que trato de llegar yo mismo sin lograrlo, dedo débil, dedo mudo y perdido.

Pintura azul

Ahora debemos emprender seriamente la enseñanza y el estudio de ambos, tú y tu hijo; ahora puedo ser un maestro enérgico. Fijemos ciertos días de la semana y empecemos a trabajar. ¿Me preguntas por qué? Pues porque, querida, todo lo que es capaz de ensanchar el conocimiento y el espíritu os dará más interés por la vida.

Nikolái Ogariov, en una carta a Mary Sutherland

Hace mucho tiempo que nadie duerme en el cuarto que compartí durante muchos años con mi hermano. De vez en cuando alguien ocupa una de sus camas, pero no es lo mismo. Hace mucho que este cuarto no es el cuarto de nadie. Por eso mis padres han decidido poner otra cama, otros muebles, adaptarlo a su nuevo papel en la casa, como nos tenemos que adaptar nosotros mismos a nuestro nuevo papel de invitados.

A lo largo de todos estos años la casa, como nosotros, fue cambiando. El sofá en el salón, la puerta de ancha luz en el patio, los blancos armarios en la habitación donde duermen mis abuelos cuando bajan al sur, encogidas golondrinas. Ha ido cambiando también la pintura en las paredes, mudando del blanco al azul, del azul al verde, del verde al salmón y del salmón al blanco. Y detrás de los muebles, al retirarlos, ha aparecido un resto del azul de entonces.

Ya he escrito en este blog que las imágenes sueltas encuentran en nuestra cabeza un lugar donde encontrarse y dar a luz una nueva idea. Me ha pasado de nuevo: mis padres me contaron esto mientras merendábamos, y unas horas antes yo había estado escuchando una conferencia que mi amigo Óscar Díaz, el hombre bicentenario, había dado en el colegio mayor Marqués de la Ensenada.

Llevo un tiempo absurdamente triste y desmotivado, y escuchar a Óscar me recordó aquellos primeros años de la universidad en los que todo me interesaba, tiempo hambriento en el que me ardían los libros entre las manos y me faltaba tiempo para ver películas, de tres en tres, de siete en siete, años de ganas eternas, de promesas. Recordé todo eso, y seguí mi camino hacia atrás y recordé que fui niño, y que el tiempo no me agobiaba y no sentía que mis días debían tener un propósito. Mi vida jamás será infinita, pero entonces lo fue de algún modo.

Por eso ese parche de azul en el cuarto me hizo un nudo en el pecho, uno más. Y esta mañana, a la luz del sol y el viento amable de abril, he leído la carta de Ogariov, romántico, viejo y deshecho, a su novia Mary. Y esas palabras confeccionadas con los últimos pedazos de esperanza que el alcohólico ruso conservaba se han unido a los ecos de las palabras de Óscar, y ese pulso azul del tiempo perdido ha vuelto a mi corazón. Quiero seguir aprendiendo, quiero interesarme por la vida.