Estos días he vuelto a Berlín. Berlín es una ciudad enorme y maravillosa en la que no pasé el mejor de mis años. Muchos días de invierno me levantaba a las dos de la tarde y a las cuatro y media anochecía. Conocí, hablé, salí menos de lo que me habría gustado, y es algo que llevo constantemente lamentando y echándole en cara al chaval de 21 años que fui entonces. Sentía la necesidad de volver, aunque sólo fueran unos días, y quitarle la costra a tantas esquinas y calles nunca olvidadas, tapar con nuevos pasos los pasos viejos con los que ocupé tanto tiempo libre, dedicado a lo que desde unos años me limito a hacer: caminar. Paso literal y metafórico, piernas de tierra y nube.

Antes de viajar, pensaba encontrarme un Berlín con dos rostros posibles: el de una ciudad completamente nueva a la del recuerdo o el de un lugar exactamente igual, herméticamente cerrado. Temía no reconocerme y, al mismo tiempo, reconocerme demasiado. Supongo que estos días han sido realmente una mezcla de todo eso. Es una obviedad decir que he buscado los lugares que conocía, que he intentado encontrar la redención como se encuentra el antídoto en el propio veneno.

La lista de rótulos, carteles, nombres de la ciudad que son los mismos es interminable. No es sólo la rotundidad del nombre propio, la alemana diéresis de un aeropuerto, las dobles eses, los grandes signos del U-Bahn y el S-Bahn, el dédalo de líneas de tren, autobuses y tranvías. Son también los árboles, la gente, la atmósfera de irreductible tristeza. En todo me reconozco y de todo me veo apartado. No sé si es el tiempo perdido o el desvaído vapor de su nombre. Lo veo y al mismo tiempo lo recuerdo, y ahora que escribo esas dos ciudades son una sola, y quizás las dos se equivocan al susurrarme sus nombres.

Camino ahora, recuerdo, por Hackescher Markt, por su estación de ladrillo rojo y sus sillas de huevo, por la orilla del río frente a los museos con estatuas antiguas, veo la imponente efigie del soldado soviético en Treptower Park, donde conocí a un guía español y a su esposa mientras trataba de traducir una frase de Stalin grabada en una lápida. Camino ahora, recuerdo, por el puente de Warschauer Strasse, sobre un río de raíles, y espero un tren a las cinco de la mañana, quedándome dichosamente ciego con el sol naciente, y paso entre fábricas abandonadas llenas de ruido y gente que no conozco, y compro patatas fritas en un puesto callejero. Camino ahora, recuerdo, por la Pariser Platz, llena siempre de artistas y activistas, junto a la puerta de Brandeburgo, de tamaño exacto, con su verde cuadriga en lo alto, junto al Adlon y a un palacio que es un hotel también, o eso parece, y detrás el Tiergarten, y a la izquierda el monumento al Holocausto y las ventanas que asoman en la Potsdamer Platz, y a la derecha el Reichstag, puedo verlo todo desde este denso semicírculo. Camino ahora, recuerdo, por la Alexanderplatz, hecha trocitos entre centros comerciales y estaciones de tren, y veo el rótulo del Park Inn, y el monumento de los husos horarios, y la fuente, de nuevo rodeada de carpas, hoy celebran otra fiesta, otra feria, y a mi lado alguien pinta con tizas el suelo, o toca la gaita, o canta guitarra al hombro, bajo un puente o en medio de la calle, y veo mezclados a viejos y a jóvenes entrando en las bocas del metro o en Alexa o recorriendo en bici la plaza de Neptuno, o mirando arriba con la boca abierta la interminable piedra blanca de la Torre de la Televisión. Camino ahora, recuerdo, por la grava sin fondo de Sachsenhausen, por las terrazas y los salones y los jardines de Sanssouci, y veo dos grandes palacios enfrentados y cerrados, y vuelvo a ver el arco de triunfo de Potsdam, y el puente junto a la estación. Camino ahora, recuerdo, por las aceras acaudaladas del Kudamm, entro y salgo de la inauguración de una tienda, me doy una vuelta por el Kadewe, por sus puestos que apestan a queso o que traen aromas de chocolate y embutidos, y hago de nuevo en Reichelt o en Edeka, en Lidl o en Aldi, la compra semanal o diaria de pizza, salchichas y patatas, de atún y ensalada, que me como en mi cuarto o en el hotel, y pido un Schnitzel mit pommes frites, bitte en el Mensa, y bebo de una botella de agua con gas que dejo casi llena sobre la mesa, y mastico ensalada seca y escucho hablar a los que están en otras mesas o en la mía, sin entender ni una palabra. Camino ahora, recuerdo, por los pasillos de la Freie, leo en su biblioteca, bajo sus paredes de cerebro, voy de un pasillo enmoquetado a otro, a la sala de ordenadores, a imprimir algunas cosas, y voy a clase, permanezco callado dos horas y vuelvo a casa andando, por el parque que parece un bosque, como todos aquí, y veo la estatua del mono en Sundgauer Strasse, y la floristería en la estación de S-Bahn, y el damero del bloque donde vivo, su sótano húmedo donde la ropa tarda días en secarse, la desvencijada bicicleta que le compré a un turco por diez euros. Camino ahora, recuerdo, por Grunewald, perdido y sin rumbo, asustado por los crujidos de las hojas que pisan los pájaros, con un palo en la mano y un libro en la mochila, y llego de nuevo a una playa con cisnes, y de nuevo me parece todo un sueño, un sueño de verano. Camino ahora, recuerdo, por el puesto de kebabs de Yorckstrasse, junto al parque en la estación de Turmstrasse, bajo el anuncio de una inmobiliaria en Beusselstrasse, por donde pasa el TXL. Camino ahora, recuerdo, por la orilla de Bellevue, por ese atardecer reverdecido, por la cancela de la cancillería y los túneles de cristal de la Hauptbahnhof, y veo llenos de pintadas los grafitis de la East Side Gallery, y los veo frescos y sin mancha, y veo borrada la enorme huella de Blu en Kreuzberg, y veo al hombre que come hombres junto al Oberbaumbrücke. Camino ahora, recuerdo, por las calles sucias del este, pobres y alegres, por la larga vena de la Karl-Marx-Allee, y busco la librería de La vida de los otros, y me como un trozo de tarta de queso y ruibarbo en el Tasso, y miro sitios en el mapa en los que no pongo nunca el pie, sitios de los que sólo conozco su nombre, Lichtenberg, Pankow, Marzahn, Teltow. Camino por la doble hilera de ladrillos que es y no es el muro, y siento como propia esa cicatriz, y siento el tiempo pasar, aunque parezco el mismo desde entonces.

Berlín, cómo te agradezco lo que me has dado. Cómo echo de menos lo que no me diste.

Los mismos nombres

5 junio, 2015

He tenido por costumbre, desde que empecé a leer y a ver películas con la fiebre de una inquietud verdadera, entablar a veces conversaciones sobre el asunto con otras personas de intereses similares. Es un ejercicio natural de quien consume cultura, y es un movimiento en el que confluyen instintos y tentaciones de distinta naturaleza: por un lado, el hambre sincera de nuevas obras, la mirada exótica de otros ojos; por el otro, el afán de mostrar la sabiduría propia, una sabiduría cuya evolución es paradójica, ya que cuanto más se la alimenta más pierde de sí misma. (Con el tiempo uno se da cuenta de que lo que llama sabiduría no es más que envanecimiento, y que tras de su cáscara levísima se esconde aire y sombra.) Uno sale de estas conversaciones con el ego satisfecho, y con algunos nuevos títulos agavillados en el bolsillo de los vaqueros.

El problema es que, como tantas otras veces, este aspecto de la vida se parece demasiado al amor. Pasan los días, y esas promesas de nuevos mundos y filosofías se marchitan, pierden el atractivo de la charla primera. Quizás del naufragio sobreviven algunas palabras que, con suerte, repetidas en nuevas conversaciones, logran mantenerse a flote en el agua turbia de la memoria. Quizás, pasado el tiempo, se abra paso un autor, una frase, acaso una sola palabra, que nos llamen con un brillo huraño y desconfiado, muchas veces para perderse de nuevo.

La vida del entusiasmo es fugaz. Hay que cultivar el interés paciente, pero eso es imposible. No sé si será un vicio de la juventud o si nos ensordece el constante canto de internet. A las vitolas heredadas se añade la última novedad, la última gran obra. El guión de estas charlas culturetas es siempre el mismo: uno se sienta, lanza la chispa de una película y por ensalmo se levanta un incendio bíblico, un tornado en el que giran entremezclados David Simon y Salinger, Hermann Hesse y David Foster Wallace, Murakami y Orwell, Kubrick, Lynch y Tarantino, Woody Allen y Bergman, HBO y AMC, Don Draper y Walter White y Tyrion Lannister. Esperan su turno los ingenuos Quevedo y Dostoievski, Flaubert y Cervantes. Son siempre los mismos nombres, los mismos canales, presentados cada vez en distinto orden, como las figuras de un caleidoscopio.

Esta reiteración, este casi culto a los mismos dioses una y otra vez, no es en realidad una manifestación de un amor o una inquietud sincera. Es el eco del primer amor, de la primera inquietud. En un punto buscamos respuestas y las supimos encontrar en estos nombres que, entonces sí, consumimos como si en ello nos fuera, literalmente, la vida. Encontramos nuevas respuestas, condenamos nuestras herencias y adoptamos con orgullo estas tierras prometidas.

No sabíamos que las tierras prometidas nunca se encuentran. El verdadero interés se muestra en el continuo avance, en tomar como peldaños esas obras que un día nos ayudaron, en construirnos leyendo más, viendo más, abriéndole a la cultura un espacio siempre en movimiento. De ello depende lo esencial: aprender a vivir y vivir lo aprendido.

Con un suave soplo

11 mayo, 2015

Mi sobrino, que apenas nacido me abrió las puertas del corazón, ha traído entre sus manos otro mensaje, la cara oculta de su revelación luminosa: el tiempo pasa. Es algo evidente, y es un hecho que, aunque pueda moldearse como plastilina filosófica, siempre aparece al final de todos los caminos posibles, preparado para borrarle el lustre a nuestras carnes.

Alberto acaba de empezar su cuenta y yo, que hace casi un mes cumplí veinticinco años, oigo el pulso de los relojes y presiento, detrás de nuestra mutua y acostumbrada indiferencia, un suspiro, una gota apenas de un dolor nuevo y extraño, que me afila los ojos para vernos a mí y a las cosas gastarnos como antes nunca hicimos.

Insisto en que el tiempo pasa, aunque suene, como suena, a consejo de viejito. Insisto porque la casualidad me ha hablado con su lenguaje inequívoco. Llevo semanas leyendo libros sobre la Guerra Civil, y frente a mí, abierto ahora sobre la mesa abatible de mi cuarto, muestra un volumen sus muertos en blanco y negro. Son fotos con ochenta, noventa años, sumergidas entre las arrugas de algún archivo municipal, sembradas de trajes y peinados obsoletos y rostros ya imposibles. Ni siquiera el papel ni sus letras pintadas resisten la comparación con la juventud deslumbrante de Alberto: esta edición es de 1979, once años antes de que yo naciera, es decir, hace treinta y seis años. Toda la historia, todas las vidas, toda esta inmensa catedral de fuego, se apagan con el soplo suave de un niño que duerme.

Alberto

10 mayo, 2015

Has nacido, Alberto. Tus ojos dormidos mojan de luz mis horas, tu silencio me habla y silencia el mundo. Duermes en la incubadora, cubierto de electrodos, y duermes también aquí, conmigo. Te llevo colgado de mis dedos, te columpias frente a mis ojos. Vives, digo que vives y no es absurdo, no es obvio decir que comes y que respiras. El aire entra y sale de tu cuerpo breve, y en ese gesto inconsciente hay más fuerza que en todos los soles del cielo. Este fuego, este amor inmaculado aún no tiene nombre ni memoria, y veo con tus ojos el mundo y no es el mismo, nunca más. Mi sangre corre limpia por tus venas, late como un caballo salvaje, y los relojes se van, se rinden, se quedan dormidos. Todo vuelve a empezar, miro todo y nada es feo, nada es vano o inútil. Todo es sencillo, por un momento todo es sencillo, todo se desvanece y quedas tú, Alberto, luna blanca, atándonos las almas a tu piel tenue. Guardas entre tus dedos el futuro. Moriré, pero hoy no importa. Si tú estás bien, yo estoy bien. Acabas de llegar y ya te lo debo todo, mi sobrino. Estoy enamorado.

La sombra

9 febrero, 2015

Esta mañana he visto un vídeo de una niña huyendo de su propia sombra. He escrito un tuit que decía:

Pero quiero desarrollar esa idea.

Porque a través de la risa, lyona_ivanova ha mostrado, quizás sin saberlo o sin pretender nada más que grabar a su hija o su sobrina o su hermana pequeña, el pulso de la vida.

Uno nace y empieza a morir cuando percibe, como un preludio fúnebre y misterioso, la sombra que le sigue pegada a los pies. No sabe aún que es suya, que esa sombra es parte de sí mismo. Con los años irá descubriendo las consecuencias de tener sombra, le irán brotando en la boca los sabores del amor o de la humillación, en los oídos el murmullo incontenible de las calles y las orillas, en los ojos y el estómago el brillo como de pez solar de un libro, de una película, el mensaje oculto que poco a poco se desvela como parte nueva de la misma sombra, de la misma vida.

Ese niño irá bebiendo luz y ahondando el pozo de su sombra. Porque en eso consiste vivir: uno huye de algo que se alimenta de esa huida.

Después de disfrutar de los ecos infinitos de su cerebro fresco y esponjoso, uno luego alienta ideas como esferas pulidas, como flores perfectas e inmarcesibles; para cada cosa va teniendo el niño su concepto: los padres, los amigos, el amor, el deber, la libertad, la política, la música, la comida, la ropa, la religión, los animales, la muerte, él mismo. Y entonces, por segunda y última vez, vuelve a ver su sombra con nuevos ojos, algo lo ha despertado, y vuelve a tratar de huir, con un intento aún más infantil por desvanecerla.

Es imposible. Uno huye de algo que se alimenta de esa huida.

Y a veces, para tratar de conjurar su poder, su negro vientre de ballena sobre el cielo, escribe algún que otro texto. Y ese texto es, también, parte de esa sombra, y con el punto final se esfuma entre sus fauces.

Dos rostros

19 enero, 2015

Sigo en Twitter a Old Pics Archive, una cuenta que sube fotos antiguas. Las fotos muchas veces son de rostros conocidos, aunque a veces aparecen caras anónimas de las que lo desconocemos todo, salvo la breve glosa de la cuenta:

—Prostitución en la era Victoriana – mujeres con miedo tras los asesinatos de Jack el Destripador.
—Prisionero confederado capturado en Gettysburg, julio de 1863.
—Culos vintage.

Uno, si tiene algo de interés, puede tomar esas imágenes como pistas que lleven a vidas completas o a retales de vidas. ¿Dónde nacieron esas mujeres con miedo? ¿Dudaba quizás el prisionero de sus causas en su cautiverio? ¿Quién se esconde tras ese desmesurado trasero vintage?

Una de esas fotos muestra a dos jóvenes negros bajo el título “Un retrato de dos novios, alrededor de 1940”. Él viste un sombrero de fieltro, una camisa y pantalones desgastados. Siguiendo el curso de su brazo izquierdo y de su mano derecha aparece ella, con un vestido y un cinturón blancos.

Si tan sólo de ese instante dependiera su identidad, podría decir que están enamorados, felizmente enamorados (uno puede estar tristemente enamorado, o absurdamente enamorado o enamorado en lágrimas o ser un enamorado ficticio); podría decir que ella está ilusionada, que deja caer sus brazos como deja caer su vida en los brazos de él; que él tiene la humanidad necesaria para ser tierno, para no apretar demasiado sus dedos negros o su libertad; podría decir que sus ojos desafían algo, no estoy seguro, parece que miraran confiados.

Sólo en este segundo congelado su amor, su cálido olvido del tiempo, parecen inamovibles. Más allá, nada es seguro. No sé, no puedo saber si a su amor lo mató la muerte o lo fueron matando ellos, si esa noche o la siguiente o meses después durmieron juntos o junto a otro. No sé si ella volvió a sentir su vientre abrirse en mil aullidos, si él empezó a beber, si no pudieron vivir con el recuerdo de un hijo muerto o bajo el peso de una infidelidad o un secreto. Y ellos tampoco lo sabían entonces, lo saben ahora sus huesos sin voz, lo saben cuando nada pueden hacer para cambiarlo, sólo ante mis ojos sedientos de respuestas. Ellos responden a mis preguntas, ahora que los veo enamorados y dichosos, con una sola, fría certeza: sólo los muertos viven sin dudas.

Vuelve

10 enero, 2015

La escritura ha vuelto a arderme en los dedos. Nunca se fue, nunca estuvo del todo, va por rachas, fuimos a veces grandes extraños, otras nos matábamos a besos y a verbos. Fue este un amor o una enemistad al uso, con momentos de calma o incluso de olvido, con breves fervores dejando tan sólo en el aire o en el alma un pellejo, un aroma o un color disuelto, temblando como un animalito herido con la cabeza entre las patas y muerto de miedo.

He acudido en ocasiones al recuerdo, leía entradas que había escrito o textos volcados en papeles sueltos como estornudos o gritos de dolor o bocas abiertas sin decir. No es el nuestro un amor nuevo, incondicional, hervido en pasiones. Tampoco un acuerdo ni una conciliación, quizás un poco de todo eso, algo indefinible pero siempre presente, un pájaro aleteando en la sangre, una nube siempreviva.

Qué has hecho conmigo, escritura, para no dejarme en paz. Yo lo intento, yo intento ser lo que suele ser la gente, un perro, una alcantarilla, un árbol haciéndole la ola al viento. Siempre me has tenido entre tus brazos de hierro, tus brazos que a veces son flores de carne y mariposas, nunca te fuiste, conoces el nombre de todas las cosas y a veces las nombras y las eliminas y las vuelves del revés para quitarles el polvo y mojarlas de colores, y a veces me dejas tan sólo una cuchara y un plato de cenizas. No soy más que dientes vacíos sin ti, un burro sembrando rebuznos.

Déjame en paz quedándote para siempre.

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