El pueblo Disney

Cuando era pequeño, no sé dónde, leí que en un lugar de Estados Unidos, imagino que en uno de esos campos interminables de interminable ignorancia del Medio Oeste, unos señores habían montado un pueblo dedicado a Disney, maravillosas urbanizaciones en las que todo orbitaba en torno a los personajes y mundos fantásticos creados por Walt, el padrecito, el Señor de todos nosotros.

En su momento me pareció una idea fascinante. Aquellos hombres y mujeres, que tan felices parecían en las fotos, con sus orejas de Mickey y sus cabezas de Pluto puestas sobre sus propias cabezas de aburridos humanos, me dieron envidia. Mucha envidia. Quería vivir allí, del mismo modo que quería comer huevos fritos todas las noches o, algunos años más tarde, estar enamorado todos los días de mi vida.

Mi vida no tardaría en lanzarme turbios mensajes y en obligarme a traicionar aquellos deseos, redondos como planetas. Hoy sé que los planetas no son redondos del todo, que en sus superficies hay millones de mínimos desvíos que los alejan de la estructura mental que les asignamos. También sé hoy que una dieta basada en huevos fritos y una vida basada tan sólo en el amor, en ese amor imposible del primer aliento, pueden matarnos.

Y hoy sé también que mi vida en el Pueblo Disney sería fugaz, porque no tardaría en fugarme. En mi huida, de noche, los pájaros y cervatillos que le doblan la ropa y le preparan el desayuno a Blancanieves, como perros guardianes, me perseguirían con sus fauces de cervatillo y sus picos, ruiseñores violentos brillando ante la luz afilada de los focos. Y llorarían, porque ellos, que antes de convertirse en sangrientos sicarios eran unas criaturas buenas, no entenderían que alguien quisiera abandonarlas, que alguien quisiera irse de su mundo perfecto. Nadie que ama a alguien entiende que le abandonen, si no ha hecho nada malo, si no se lo merece.

Crecer es caminar hacia la perfecta imperfección, la más perfecta y esférica y maravillosa de las mierdas.

 

Allanamiento

[Texto para el Concurso de historias de libros de Zenda]

[29-04-17: He ganado el segundo premio. Gracias al jurado y enhorabuena al ganador.]

Me preocupo demasiado por todo. Por eso voy tanto a la biblioteca. Mi forma de desahogarme de la frustración es tomar un libro y desactivarlo. Ayudar a los demás, eso sí que me hace sentir bien. Si es una novela de misterio, siembro de breves anotaciones las hojas, apunto la identidad del asesino o los futuros giros que la trama reserva. En las novelas románticas trazo lazos con tintas de distintos colores: roja para los finales felices, negra para los trágicos. Siento debilidad por el negro. Disfruto especialmente escribiendo en las tapas de los libros aburridos NO PASA NADA. Sé que con ellas he ahorrado muchos disgustos y angustias, muchos arrepentimientos.

No hago todo esto por molestar. Más bien soy yo el que se toma la molestia. No creo que la decepción aleccione. Hay ya bastante dolor en el mundo, demasiados libros para el pedazo de tiempo que se nos ha dispensado. Por eso mismo ayer, al llegar a casa, no me sorprendí al ver cruzar mi puerta una raya de pintura blanca.

Quizás, pese a todos los prejuicios en mi contra, alguien me admire. Esta es su forma de agradecérmelo. Algunas gotas caían aún sobre el felpudo. Pasé la mano sobre la madera negra y cedió. Entré y vi más pintura en los cojines, bordados con bodoques apelmazados y frescos, y sobre las fotografías, el espejo del baño, los botes metálicos para la pasta, la cola del perro. ¿Habrían usado al perro como brocha?

Me divertía. Yo no tengo miedo. Alguien se habría enterado de lo que hago, alguien que ama tanto como yo la lectura. Quizás me dejé la puerta abierta o la forzaron, como en las malas novelas, con la radiografía de una cadera rota. Me pasé varias horas raspando con la espátula, tratando de descubrir el significado que ocultaban aquellos pegotes y líneas. Me acosté cansado y sereno, orgulloso de mis buenas acciones, satisfecho de haber captado la atención de un desconocido.

He dormido del tirón toda la noche. Me he levantado con unas ganas terribles de volver a la biblioteca. He soñado con el allanamiento. Estaba entusiasmado, notaba el corazón bajo la tenue piel del pecho, me picaba todo el cuerpo. Me ardía. Necesitaba una ducha de agua fría. He entrado a ciegas en el baño, frotándome aún los ojos, me he metido en la bañera y he abierto el mando para espabilarme. He creído seguir soñando: ríos rojos bajaban por mi cuerpo hasta el desagüe. He mirado hacia arriba. Agua. Me he palpado la cara y me he manchado los dedos. He corrido a mirarme en el espejo, he querido gritar pero no he sabido, he visto un mapa de heridas cruzarme la cara, profundas líneas rojas, moratones, parches lívidos. Bajo el ruido del agua cayendo he oído un portazo, he oído ladrar a mi perro. Alguien me conoce mejor que yo mismo.

El pellizco

La editorial Errata Naturae publicó en 2011 un tomito sobre Pasolini. He leído en él varias veces la palabra “hierofanía”, que indica una representación o manifestación de lo divino en lo terrenal. Este tipo de palabras, que parecen de otra época o que, en esta descreída edad, muchos sospechan que son vaguedades vacías que usamos para que alguien quiera follarnos, me llaman la atención precisamente porque, a pesar de todos los indicios en su contra, son dichas por quienes las dicen con un profundo convencimiento. Y he recordado el pellizco.

Una vez oí o leí que en la práctica del taichí se emplea como técnica de relajación una bola gigante imaginaria, una especie de balón de Nivea enorme, algo así como las pelotas, tensas como la barriga de una embarazada, sobre las que los elefantes de circo ruedan o rodaban por la pista con pasos menudos. Hay que agarrar la bola, hay que sostenerla sin tensión, hay que invitarla a formar parte de nuestro cuerpo. Esa bola, sagrada por inexistente, por imposible y poderosa, es algo parecido al pellizco.

Dijo Tolstói que antes de escribir sobre un personaje hay que haber visto muchas veces al mismo tipo en la vida real. Y yo he visto cómo muchas veces la gente usa el mismo gesto para explicar la calidad de lo que han leído o visto: unen el pulgar con el índice y el corazón y los frotan suavemente, y entornan muy levemente los ojos, y con eso explican que algo, con paladar estético, es delicioso. Puede que hasta chasqueen la lengua dentro de la boca. Yo mismo he adoptado ese lenguaje, ese símbolo inconsciente.

De algún modo esos dedos emocionados, que buscan la luz bajo la piel suave, son la pompa que en sus brazos sostienen los taichistas en los parques, son una hierofanía, ecos de un tiempo viejo, de un lenguaje perdido al que trato de llegar yo mismo sin lograrlo, dedo débil, dedo mudo y perdido.

Pintura azul

Ahora debemos emprender seriamente la enseñanza y el estudio de ambos, tú y tu hijo; ahora puedo ser un maestro enérgico. Fijemos ciertos días de la semana y empecemos a trabajar. ¿Me preguntas por qué? Pues porque, querida, todo lo que es capaz de ensanchar el conocimiento y el espíritu os dará más interés por la vida.

Nikolái Ogariov, en una carta a Mary Sutherland

Hace mucho tiempo que nadie duerme en el cuarto que compartí durante muchos años con mi hermano. De vez en cuando alguien ocupa una de sus camas, pero no es lo mismo. Hace mucho que este cuarto no es el cuarto de nadie. Por eso mis padres han decidido poner otra cama, otros muebles, adaptarlo a su nuevo papel en la casa, como nos tenemos que adaptar nosotros mismos a nuestro nuevo papel de invitados.

A lo largo de todos estos años la casa, como nosotros, fue cambiando. El sofá en el salón, la puerta de ancha luz en el patio, los blancos armarios en la habitación donde duermen mis abuelos cuando bajan al sur, encogidas golondrinas. Ha ido cambiando también la pintura en las paredes, mudando del blanco al azul, del azul al verde, del verde al salmón y del salmón al blanco. Y detrás de los muebles, al retirarlos, ha aparecido un resto del azul de entonces.

Ya he escrito en este blog que las imágenes sueltas encuentran en nuestra cabeza un lugar donde encontrarse y dar a luz una nueva idea. Me ha pasado de nuevo: mis padres me contaron esto mientras merendábamos, y unas horas antes yo había estado escuchando una conferencia que mi amigo Óscar Díaz, el hombre bicentenario, había dado en el colegio mayor Marqués de la Ensenada.

Llevo un tiempo absurdamente triste y desmotivado, y escuchar a Óscar me recordó aquellos primeros años de la universidad en los que todo me interesaba, tiempo hambriento en el que me ardían los libros entre las manos y me faltaba tiempo para ver películas, de tres en tres, de siete en siete, años de ganas eternas, de promesas. Recordé todo eso, y seguí mi camino hacia atrás y recordé que fui niño, y que el tiempo no me agobiaba y no sentía que mis días debían tener un propósito. Mi vida jamás será infinita, pero entonces lo fue de algún modo.

Por eso ese parche de azul en el cuarto me hizo un nudo en el pecho, uno más. Y esta mañana, a la luz del sol y el viento amable de abril, he leído la carta de Ogariov, romántico, viejo y deshecho, a su novia Mary. Y esas palabras confeccionadas con los últimos pedazos de esperanza que el alcohólico ruso conservaba se han unido a los ecos de las palabras de Óscar, y ese pulso azul del tiempo perdido ha vuelto a mi corazón. Quiero seguir aprendiendo, quiero interesarme por la vida.

El lugar donde no hay dudas

Escribe Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros: “Por primera y única vez en mi vida —quizás porque estaba completamente equivocado—, me sentí seguro de mí mismo”. Y pienso no sólo en las dudas que, como todos, llevo conmigo a donde vaya, sino en los momentos en los que esas dudas, por cualquier motivo, desaparecen. Suelen ser breves, concisos, mínimos pero rotundos como la luz de un pez abisal en medio del agua profunda. Vienen y se van como le sobreviene una idea o una imagen a los poetas, no se sabe de dónde.

Pero hay también lugares en los que sólo existe la certeza. Pienso en Twitter, donde todo es seguro, donde hasta quien duda, sin querer, pontifica. Pienso en quienes, movidos y removidos por la intensidad de sus emociones, insultan, denuncian, se jactan, agreden, filosofan, celebran, desean, se alegran por ti o por ellos mismos. A todos los impulsa ese segundo sólido en el que el pensamiento nace y no ha tenido aún tiempo para arrepentirse de haber nacido, bañado apenas por el calor de la sangre. Publicar algo en Twitter nos define, les dice a los demás cómo somos, pero también nos dice a nosotros mismos quiénes somos. En ambos casos sabemos que se trata de mentiras disfrazadas de verdades.

Yo mismo me he sorprendido al leer algunas de las cosas que he compartido a lo largo de los años. No recordaba la mayoría de los enlaces e ideas que, como un mosaico extendido en el tiempo, trazaban las letras de mi nombre torpe.

Twitter, y en el fondo cualquier otra red social, cualquier lugar en el que dejamos nuestras huellas, las pistas de un enigma, nos recuerda que ese enigma aún busca respuesta, que siempre está a dos pasos de nosotros, espejo apagado que apenas nos devuelve el eco, firme y por eso ridículo, de la denodada duda que escondemos.

Qué se agradece

Luis García Montero cerró su discurso de agradecimiento como Hijo Predilecto de Andalucía con dos palabras: “Muchas gracias”. De hecho, cualquier persona que escribe o pronuncia un discurso culmina su intervención con dos palabras: “Muchas gracias”. Todos nos hemos dado cuenta. Se agradece al público su atención, se agradece el sitio que se nos presta para hablar, como prestan las calles el aire a las palabras libres de los locos. Se agradece por compromiso, como automatismo.

Es inevitable dejar morir así las palabras públicas. Esa es la señal estipulada, el descabello, la bala última, el último aliento, el fundido a negro. Dice uno muchas gracias, aunque nadie le haya dicho nada ni aplaudido, y todos saben que ya pueden cambiar de postura en sus sillas, distender los músculos, y los que prestaban atención pueden volver a pensar en lo que les dé la gana. Hay todo un ritual de la escucha. Y todas las posibles variantes de ese juego, como los ríos del mundo, van a derivar al mismo mar: “Muchas gracias”.

¿Qué se agradece? No se agradece nada, porque es como si otro pusiera en nuestra boca esas palabras. Se agradece como se estornuda o pestañea, como se respira, la lengua se abraza a los dientes y fabrica esos sonidos como hace sangre el cuerpo con el agua. Y si algo se agradece en esta irrompible rueda de ruidos es el silencio. Muchas gracias por este oasis.

Muchas gracias dice mucho más de lo que quiere decir la palabra sola. Muchas gracias habla en nombre de otras cosas. Alguien que nos mira, algo que recibe la luz y se refleja en nuestros ojos, objetos muertos que nuestro tacto revive. Así habla el silencio.

Buscando a Miguel Serrano

No encuentro a Miguel Serrano. Me he dado la vuelta para despedirme y no estaba. No sé adónde ha ido, no sé ni siquiera si estuvo andando los últimos cinco minutos detrás de nosotros o si un bar se lo tragó por el camino como se traga un agujero negro la luz inadvertida.

Ahora que lo escribo, todo cobra sentido. El principio de esta fuga final es La Fuga, la librería donde hemos hablado de Autopsia, la novela de Miguel, muchos años después de su publicación. Olga y Paco lo hacen siempre con sus escritores, a los que han acostumbrado a lo insólito: luchar contra la muerte prematura, impedir que un libro muera antes de nacer por completo.

Tras las palabras de Sara Mesa, que ha acompañado a Miguel y a sus editores, Olga ha explicado el origen de la editorial Candaya. Es una historia con aromas exóticos, de búsquedas hundidas en la tierra húmeda de la jungla virgen, a la caza de un poeta legendario, un dios venezolano al que nadie en el resto del mundo conoce o conocía hasta que llegaron ellos: Ednodio Quintero.

Me puse a escuchar esta historia convencido de que Olga estaba hablando de otra cosa. Todo el tiempo pensé que nos contaba cómo conocieron ella y Paco a Miguel Serrano, o que Miguel Serrano aparecería, estrella invitada, en el más insólito de los escenarios. En cierto momento, no recuerdo por qué, Olga habló de un hotel en las alturas, envuelto entre nubes andinas, y habló también de un hombre a cuyo cargo estaban las más peregrinas responsabilidades: limpiar la terraza, arreglar la instalación eléctrica, servir la mesa a la hora de comer. Cosas así. Estaba convencido de que ese hombre era Miguel y que el nombre de Miguel tarde o temprano afloraría.

Nada de lo que esperaba ocurrió finalmente, y sucedió algo extraño: mientras Miguel seguía allí, sentado a un metro de mí, otro Miguel cobraba la vida que mi imaginación y mi despiste le habían concedido. Mientras Miguel escuchaba nuestros elogios y nuestras torpes disquisiciones, otro Miguel se afanaba en un hotel perdido, coronado por inútiles vestíbulos. Miguel contribuía al engaño, porque él mismo reconocía que no se acordaba de muchos aspectos relativos a la escritura de su novela. Comencé a sospechar que Miguel no era Miguel, que este era un reflejo o un residuo o un recuerdo o un fantasma del verdadero Miguel, el escritor del libro, el ordenador del desorden que sigue dando brillo en la penumbra a un mundo a la deriva, a lo lejos.

No encuentro a Miguel Serrano porque no estuvo nunca.