El color viejo

El libro que el 8 de febrero presentó Fran Matute en el CICUS tiene como subtítulo “Testimonios de una Andalucía pop (1956-1991)”. Como yo nací en 1990, tengo la impresión de haber llegado tarde a la fiesta, de moverme entre pieles de altramuces, botellines rotos y grumos de serrín mientras trato de despertar al único borracho al que nadie ha llevado a su casa. Entre aquellos vapores nací yo, y en la Andalucía moderna crecí, mientras los cafres de ayer crecían también a mi lado sin darme cuenta, como lo toca todo el aire invisible.

Mi padre llegó a Sevilla en los setenta, y a veces me ha hablado de lo que habla, entre otras cosas, el libro de Fran: del rock de Triana, de Silvio el ojos de sapo, siempre o casi siempre de la música que venía de Rota y de Morón como llegaba el agua por los caños de Carmona. Una vez encontramos unos discos de vinilo en un altillo, y eso ya fue la hostia. Porque mi padre, mi padre que es calvo y tiene barba y que no ha dejado de ser un señor mucho mayor que yo, por más que me empeñe, guardaba, como tesoros juveniles, álbumes de los Beatles o de King Crimson, álbumes imposibles, porque de algún modo, en mi mente infantil, mi padre siempre había hecho cosas de padre, planchar la ropa, escuchar a Mocedades.

Por eso me hizo tanta ilusión ver ayer a mi padre en uno de los vídeos que Fran proyectó. Está en Youtube. Era una actuación de Smash en la sala Dom Gonzalo. A eso de la mitad, en uno de los planos del público, vi a un joven, con el pelo largo y la nariz larga y fina y la misma mirada que mi padre tiene en las fotos antiguas. Le mandé el vídeo por whatsapp y le dije que lo había visto. Él lo vio y me dijo que no podía ser él, que el vídeo es de 1968 y él aún no había llegado.

Eran días de viejo color, como dice Fran. Si esto fuera una columna de Francisco Robles, ese color sería el que Sevilla perdió, la carne rosa y el aroma nuevo de lo viejo, el seco azogue de los espejos, su generoso reflejo. Es un color que oigo a través del tiempo, y aprendo con él lo que soy, lo que no fui, lo que fuisteis todos, y veo a mi padre y sé que no es él y lo veo.

Vista aérea

No sé en qué guerra comenzó la costumbre de esconder una base militar o un centro de investigación bajo una carpa que, vista desde arriba, diera la impresión de ser un bosque, una inocente plantación. Los aviones enemigos pasaban y no dejaban caer sus bombas sobre, por seguir con esos ejemplos, olmos y ribazos o garzas o tomateras. Para qué, qué desperdicio.

Estoy seguro de que cualquier libro sobre táctica militar de hace siglos recoge ya aplicaciones de este principio, por el cual lo que se ve desde muy lejos, el vistazo general que otorga la distancia, sirve de máscara o maquillaje. Mucho antes de que el hombre aprendiera a volar, en fin, ya era necesario porque, como es obvio, esta manía de ocultarnos está en nuestra naturaleza.

Para Tolstói es el fundamento de nuestra sociedad. Escribió en Ana Karenina: “Constantino se esforzaba en hacer lo que había intentado durante toda su existencia y lo que había observado que otros hacían tan bien, aquello sin lo cual la vida era imposible: decir lo que no pensaba”. O T.S. Eliot: “Human kind cannot bear very much reality”. Es decir: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

Estaba viendo un documental sobre Arthur Miller cuando, con el fin de ilustrar sus primeros pasos en Hollywood, ha aparecido una vista aérea de unos grandes estudios de cine. Desde arriba, sus naves podrían pasar por cualquier otra cosa: hangares, piscinas cubiertas, fábricas de armas. Y de algún modo lo eran todo, porque bajo esos techos curvados todo podía ser. Bosques también, inocentes plantaciones.

Pero lo que aquí me importa es que esos edificios, enormes y tristes, servían, como los telones bélicos, para desviarnos de su verdad. Debajo de esa especie de complejo carcelario, bajo el gris desamparo de sus cubiertas, la vida entraba en escena: sueños, arrepentimientos, nieblas, pasiones ahogadas, deseos de redención. Todo eso ha sido siempre el alimento del cine. Todo eso vibraba bajo el metal impávido, como el mar callado oculta el agua rota, como todos, en fin, sabemos ocultarnos, para no morir, de quienes nos miran.

Transiberiano

El Transiberiano es la metáfora perfecta de la vida. Por un lado, es un largo viaje. Por otro, es un viaje del que todos tenemos noticia pero que casi nadie conoce realmente. Tercero: el inicio y el final tienen una precisión cortante y analgésica. Moscú: bien. Vladivostok: bien. Se nace y se muere, y ese es todo el consuelo. En medio, el camino se hunde en el desorden: Kazán y Ekaterimburgo, con sus nombres vagamente familiares, aún nos procuran algo de calma. Sin embargo, y quién sabe en cuál de los 9.288 kilómetros de su trayectoria, cuando el tren, como un misil, o la vida, atraviesan no sé si estepas o escarpadas estribaciones, llegamos a Novosibirsk. Y luego a Ulán-Udé. No hablemos ya de todo lo que se encuentra entre una y otra etapa. Para entonces no entendemos nada. Nos dejamos deslizar. Ni siquiera la gente que ve pasar el tren como una sombra, ese tren en el que viajamos como en el vientre de una ballena metálica, ni siquiera esa gente que deja un instante en el suelo o pendiendo del brazo su arado o su pipa, gente cuyos rostros ingentes se amoldan a los rostros de la palabra gente, ni siquiera esa gente que habita en el mismo olvido tiene nuestros rasgos. En nuestro camino hacia el extrañamiento, hacia la soledad, hacia el desarraigo, nos hemos ido alejando de todo y de todos, hemos ido perdiendo todo lo que creíamos que nos unía al mundo, en continua expansión como el universo del que este mismo tren, y en él mi cuerpo, y dentro de él este texto, forman parte.

Una epifanía

He dicho otras veces que uno, si se propone escribir con regularidad, necesita ir por la vida atrapando al vuelo imágenes, palabras, ideas, conversaciones sueltas. La escritura, por decirlo así, es el depósito de gasolina de un coche; hay que ir a repostar de vez en cuando, y hay que mantener el coche en marcha, y es imposible no caer a veces en la obviedad, la tontería, el churro. Pero es necesario cometer todos esos errores para aprender a hacer lo correcto. Es otro de los muchos paralelismos que, rascando un poco, pueden encontrarse entre la vida y la literatura.

El caso es que, en ciertos momentos, la realidad parece conjugar dos o tres de estos signos, de tal modo que, vistos con perspectiva, en ellos se revela una relación oculta. Más allá de que esta coincidencia sea o no relevante, lo que nos importa entonces no es eso. Nos importan su belleza, su armonía, nos importa el orden efímero que imponen sobre un mundo en descomposición.

Después de cenar, en la habitación del hotel, he sentido una de esas epifanías. Esta en concreto se remonta semanas en el tiempo. Desde que estoy viendo Downton Abbey he comprendido la razón de lo que siempre he visto como una sinrazón: el protocolo, la jerarquía, el cuchillo de pescado y el smalltalk. Todo eso establece una frontera entre lo correcto y lo incorrecto, ya lo sabemos. Pero, más allá de esto, todo esto no niega lo incorrecto, no ahoga las pulsiones, no las reprime por completo. Todo esto es la armadura, la decoración, la luz con que tratamos de eclipsar y mantener bajo control lo que nos hace humanos. Es una muestra de amor, en el fondo. Todo esto permite que nos desordenemos ordenadamente. Es, en fin, lo contrario de la revolución.

Da la casualidad de que me estoy leyendo Ana Karenina, que es Downton Abbey pero en Rusia.

Últimamente, con la serie y con el libro, se me ha ocurrido que existen normas y costumbres que no comprendemos y que jamás comprenderemos. Que hagamos lo que hagamos, vivamos como vivamos, nunca lograremos llegar a la raíz del asunto. Y es esa idea la que completa la carambola. Porque esas leyes bíblicas, creadas por dios, que no es más que hombres amontonados, aparecen en cierto modo en la última película que he visto: Incidente en Ox-Bow.

Alguien lee una carta, y la carta dice: “La ley es mucho más que unas palabras escritas en un libro, o los jueces, abogados o alguaciles contratados para aplicarla. Es todo lo que la gente ha aprendido sobre la justicia y lo que está bien y lo que está mal. Es la mismísima conciencia de la humanidad. No puede existir la civilización a menos que la gente tenga una conciencia. Porque si las personas tocan a Dios, ¿cómo lo hacen si no es a través de su conciencia? ¿Y qué es la conciencia de alguien más que un pedacito de la conciencia de todos los hombres que han vivido?”

Por eso este texto. Porque tres obras que jamás compartieron espacio ni tiempo han encontrado, en este cuerpo olvidado, un lugar en el que descansar y encontrar una vida, es decir, un nuevo significado.

Adivinación

Hay veces en las que hay que escribir, pero no hay qué escribir. Eso parece ahora, tarde, muy tarde como siempre, en la medianoche, en estas horas pegajosas que se descuelgan del día, que caen como gotas de una sábana tendida. Tarde busco el significado de los días, las huellas que dejan en la piel o en los ojos, tarde trato de hilvanar, como los augures, el hilo del discurso de la carne muerta.

Esta adivinación que me exijo me obliga a buscar en lo visto, lo vivido, lo leído. Debe de haber algo escondido entre algún pliegue, en algún rincón sin luz. Me espera en la sombra, lo sé, y por eso palpo el pasado, entro en su casa, me pierdo, me tropiezo y tiro algo, me encuentro con objetos e imágenes extraños, más extraños cuando noto, de pronto, que fueron míos.

Este itinerario caótico deja restos con los que debo construir algo, restos como los que deja un tsunami o un tornado, dejados a la mano de dios, que es mi mano. Hay unas lecturas, un libro de relatos de Roberto Arlt, Poe en la jungla o la voz del sol en el zoco, o la elegancia de Downton Abbey, párrafos sueltos de Pessoa y su desasosiego, que es el mío. Y conversaciones perdidas, y sudor en las tardes frías, y fantasmas, muchos fantasmas. Tantos como para llenar esta casa vacía, este templo que se cae a pedazos.

Ola de frío

Hay ecos del alma en el cuerpo. Las palabras, por ejemplo, son como el sudor, son el síntoma de una causa profunda, brotan de los espacios vacíos.

Hay días en los que el frío cierra todas las puertas. El frío clausura los poros o anuda la lengua, según actúe sobre el cuerpo o sobre el alma que lo evoca, el alma que es su propia sombra o luz rebelde.

Y sucede a veces que el frío que llega con el viento se encuentra con el viento que, en sentido contrario, desnuda el cuerpo a su paso y lo convierte en un cántaro de carámbanos, en frágil pompa de temporales.

Nada hemos podido decir para evitarlo. Nada podemos decir para que se marche. Lo vemos llegar como vemos crecer y caer sobre nosotros la ola lejana que nos tragará. Vemos llegar el frío y nuestra piel se arropa y nuestra lengua languidece, y entre los dedos se nos deshacen las palabras muertas. No hay más que decir.