Buscando a Miguel Serrano

No encuentro a Miguel Serrano. Me he dado la vuelta para despedirme y no estaba. No sé adónde ha ido, no sé ni siquiera si estuvo andando los últimos cinco minutos detrás de nosotros o si un bar se lo tragó por el camino como se traga un agujero negro la luz inadvertida.

Ahora que lo escribo, todo cobra sentido. El principio de esta fuga final es La Fuga, la librería donde hemos hablado de Autopsia, la novela de Miguel, muchos años después de su publicación. Olga y Paco lo hacen siempre con sus escritores, a los que han acostumbrado a lo insólito: luchar contra la muerte prematura, impedir que un libro muera antes de nacer por completo.

Tras las palabras de Sara Mesa, que ha acompañado a Miguel y a sus editores, Olga ha explicado el origen de la editorial Candaya. Es una historia con aromas exóticos, de búsquedas hundidas en la tierra húmeda de la jungla virgen, a la caza de un poeta legendario, un dios venezolano al que nadie en el resto del mundo conoce o conocía hasta que llegaron ellos: Ednodio Quintero.

Me puse a escuchar esta historia convencido de que Olga estaba hablando de otra cosa. Todo el tiempo pensé que nos contaba cómo conocieron ella y Paco a Miguel Serrano, o que Miguel Serrano aparecería, estrella invitada, en el más insólito de los escenarios. En cierto momento, no recuerdo por qué, Olga habló de un hotel en las alturas, envuelto entre nubes andinas, y habló también de un hombre a cuyo cargo estaban las más peregrinas responsabilidades: limpiar la terraza, arreglar la instalación eléctrica, servir la mesa a la hora de comer. Cosas así. Estaba convencido de que ese hombre era Miguel y que el nombre de Miguel tarde o temprano afloraría.

Nada de lo que esperaba ocurrió finalmente, y sucedió algo extraño: mientras Miguel seguía allí, sentado a un metro de mí, otro Miguel cobraba la vida que mi imaginación y mi despiste le habían concedido. Mientras Miguel escuchaba nuestros elogios y nuestras torpes disquisiciones, otro Miguel se afanaba en un hotel perdido, coronado por inútiles vestíbulos. Miguel contribuía al engaño, porque él mismo reconocía que no se acordaba de muchos aspectos relativos a la escritura de su novela. Comencé a sospechar que Miguel no era Miguel, que este era un reflejo o un residuo o un recuerdo o un fantasma del verdadero Miguel, el escritor del libro, el ordenador del desorden que sigue dando brillo en la penumbra a un mundo a la deriva, a lo lejos.

No encuentro a Miguel Serrano porque no estuvo nunca.

Venas y avenidas

Llamamos a veces arterias a las avenidas, y no sé por qué no hablamos nunca de venas. No es sólo que el calambur de la vena acompañe al amante que acelera al oír un “ven a verme” furtivo.

Hay una razón simbólica. Las venas y las arterias, como todos sabemos, tienen funciones opuestas. Las arterias cobijan la sangre oxigenada, caballo rojo que cabalgan los poetas. Las venas devuelven la sangre al corazón inútil, agua agotada de párpados azules.

Nadie, ni siquiera el amante apresurado, abandona debidamente en las avenidas su pasado. Nadie puede permitirse el privilegio de olvidar. Nunca hay sangre nueva. Seamos precisos.

Un cuadro que no entiendo y Henry Marsh

Llevaba un rato mirando el cuadro. Adornaba, como la mesa de cristal con revistas o la fuente de agua, la sala de espera de la clínica. Iban a inyectarme, entre el iris y el cristalino, una lentilla que haría de mis problemas de visión un sueño viejo y malo y borroso. Me habían dado un tranquilizante y las piernas me pesaban como si fueran dos enormes bolsas de agua caliente que uno se lleva a la cama en invierno. Me sentía en paz y lo último que quería era ponerme a pensar en arte.

Ahora la recuerdo. Era una de esas pinturas ante las que no puedo evitar, en cualquier tiempo y lugar, sentir la ligera sensación de que me están estafando. Suele sentirse lo mismo en ciertos actos literarios en los que el público, que no ha entendido nada o que se aburre, irrumpe en aplausos con los que, más que aplaudir a otro, se ovaciona a sí mismo.

Cruzaba el centro una cinta roja y alargada, flanqueada por dos bandas blancas, pegotes sobre el crudo fondo mudo. Imagino que al mirarlo de lado el cuadro, incrustado de generosos empastes, tendría el aspecto de los mapas en relieve que todos los cartógrafos, topógrafos, ingenieros de caminos y profesores de Geografía tienen colgados en las paredes de sus despachos y sus aulas. Las verdes vegas, los pardos montes, el aguado azul de las costas, los picos blancos de Sierra Nevada. De chico pasaba mis dedos sobre todos ellos, por millones de hectáreas y de andaluces, por encima incluso de mí mismo. Entonces, como todos los niños, podía abarcar la vida con el gesto sencillo con que tocan las manos, con que ven los ojos el mundo fácil.

Ando leyendo las memorias de Henry Marsh, un viejo neurocirujano que sabe escribir. No es algo inusual. En Sevilla, muchos médicos forman parte de las academias de Medicina y de Bellas Artes. La verdad es que cortan los bisturís la piel lo mismo que cortan los filos de las hojas de los libros las yemas de los dedos. Marsh escribe como trabaja, con precisión, con mano segura. No puede dudar cuando, más allá de la coraza del cráneo, detrás de las meninges, por arboladuras de venas y arterias profundas y frágiles, debe extirpar un tumor o grapar un aneurisma, en un espacio de unos pocos milímetros, rodeado de peligros que pueden acabar con la vida de su paciente. El suyo es un trabajo exigente y fascinante. En las primeras páginas nos dice ya que no entiende cómo podemos convertir en pensamientos, en recuerdos, en palabras o en cuadros como el de mi consulta el amasijo de proteínas grasas, creo que así las llama, proteínas grasas y líquido cefalorraquídeo y sangre, una cuarta parte de la que en cada latido bombean todos nuestros corazones, que nos llena la cabeza de pájaros y fantasmas.

Marsh, que tantos cerebros ha visto, tampoco sabría entender el misterio del cuadro, esquivo como los enamoramientos, como la niebla que adormece, como yo me adormecía retrepado en el sillón de cuero, el perfil seguro de las cosas bajo el sol caliente. Es inútil: hay mucho que no puedo entender y lo que menos entiendo es este cerebro al que enjaulo y que me enjaula, como si yo mismo hubiera pintado el cuadro absurdo que me contiene.

Los otros

Quizás porque he vuelto a leer a Roberto Bolaño, después del fervor de mi lectura alemana de Los detectives salvajes, el libro con el que aprendí a caminar y a leer caminando por las calles de Berlín, y después también del desconcierto de Amberes, esa novelita en la que un camping se desdobla en teatro de fantasmagorías, y después, cómo no, de los versos escritos con tinta de viento y la esquiva luz del rostro en sombras de Carlos Wieder, inquilino obsesivo de Estrella distante, he recordado el placer de leer y escribir sobre escritores, algo en lo que Bolaño es un maestro.

Yo conozco a unos cuantos, y me he cruzado, sin cruzar palabra, con otros tantos, y hay algunos de los que sé algún detalle por anécdotas o papeles sueltos. Así que, si nunca publico mis nombres y mi nombre no se asocia jamás como escritor al archivo de la literatura, y sólo soy para los siglos un concursante, tengo el consuelo de ser un cronista, una especie de Pepín Bello sin excesos que instale sobre el papel escrito el pozo del recuerdo, el reverso de la moneda, el perfil del cuerpo del que pende la mano que escribe.

Sin seudónimos, cuando llegue el momento de rendirse, cuando no tenga nada que decir sobre mí mismo y sobre la ciudad que me ve morir, hablaré de José Carranza, masticándose el cerebro y las guías del bigote, escribiendo en la penumbra olvidada y sola de un viejo monasterio; de Elena D. Perec viajando, sentada, leyendo (las dos acciones son intercambiables) dándome la espalda en el primer asiento de un C3 en una tarde de invierno por Pagés del Corro; del joven José Miguel del Campo, volcando en un pequeño apartamento sus horas y sus lecturas de bohemia polvorienta en la Biblioteca Nacional; del recibo de préstamo dejado por Juan M. Compán tras la tapa de un Gatopardo editado en Austral, que está en un estante de la biblioteca municipal de San Julián; hablaré de Alberto Velázquez y de Maurice Van Stendhal y de su Club del Duelo en construcción; hablaré de todos ellos y seré el guardián de su memoria.

Pero aún no.

Detrás del tiempo

Hoy he vuelto a leer, por enésima vez, lo que dijo Groucho: “Nunca pertenecería a un club que me aceptara como socio”. Durante muchos años fui incapaz de pillarle la gracia, o al menos de traspasar la fina corteza de la contradicción primera. Poco a poco he comprendido su complejidad, y he sentido también lo que creo recordar que escribió Maurice Blanchot a propósito de Heráclito: el poder proteico de la paradoja, su renovación continua del mundo en el lenguaje del fragmento.

Pero abandonemos este tono borgiano. Lo mismo que me ha pasado con la frase de Groucho me ha ocurrido, por ejemplo, con capítulos de los Simpson, con esas referencias culturales inasibles para un niño que los guionistas entreveraban en la trama para el público adulto.

Al final, de lo que aquí se trata es del tiempo. Del tiempo que convierte la tragedia en comedia o del tiempo, como aquí, que vuelve, hálito bíblico, visible lo invisible.

He recordado al respecto una frase, no sé si de Wilde o de Twain, que decía que si uno mira el tiempo suficiente cualquier cosa, la gente acabará mirando con nosotros. Es esperanzador pensar que todo desconsuelo guarda un significado oculto, y que basta mirar con atención el mundo, la oscuridad, los espejos, para entender.

 

El color viejo

El libro que el 8 de febrero presentó Fran Matute en el CICUS tiene como subtítulo “Testimonios de una Andalucía pop (1956-1991)”. Como yo nací en 1990, tengo la impresión de haber llegado tarde a la fiesta, de moverme entre pieles de altramuces, botellines rotos y grumos de serrín mientras trato de despertar al único borracho al que nadie ha llevado a su casa. Entre aquellos vapores nací yo, y en la Andalucía moderna crecí, mientras los cafres de ayer crecían también a mi lado sin darme cuenta, como lo toca todo el aire invisible.

Mi padre llegó a Sevilla en los setenta, y a veces me ha hablado de lo que habla, entre otras cosas, el libro de Fran: del rock de Triana, de Silvio el ojos de sapo, siempre o casi siempre de la música que venía de Rota y de Morón como llegaba el agua por los caños de Carmona. Una vez encontramos unos discos de vinilo en un altillo, y eso ya fue la hostia. Porque mi padre, mi padre que es calvo y tiene barba y que no ha dejado de ser un señor mucho mayor que yo, por más que me empeñe, guardaba, como tesoros juveniles, álbumes de los Beatles o de King Crimson, álbumes imposibles, porque de algún modo, en mi mente infantil, mi padre siempre había hecho cosas de padre, planchar la ropa, escuchar a Mocedades.

Por eso me hizo tanta ilusión ver ayer a mi padre en uno de los vídeos que Fran proyectó. Está en Youtube. Era una actuación de Smash en la sala Dom Gonzalo. A eso de la mitad, en uno de los planos del público, vi a un joven, con el pelo largo y la nariz larga y fina y la misma mirada que mi padre tiene en las fotos antiguas. Le mandé el vídeo por whatsapp y le dije que lo había visto. Él lo vio y me dijo que no podía ser él, que el vídeo es de 1968 y él aún no había llegado.

Eran días de viejo color, como dice Fran. Si esto fuera una columna de Francisco Robles, ese color sería el que Sevilla perdió, la carne rosa y el aroma nuevo de lo viejo, el seco azogue de los espejos, su generoso reflejo. Es un color que oigo a través del tiempo, y aprendo con él lo que soy, lo que no fui, lo que fuisteis todos, y veo a mi padre y sé que no es él y lo veo.

Vista aérea

No sé en qué guerra comenzó la costumbre de esconder una base militar o un centro de investigación bajo una carpa que, vista desde arriba, diera la impresión de ser un bosque, una inocente plantación. Los aviones enemigos pasaban y no dejaban caer sus bombas sobre, por seguir con esos ejemplos, olmos y ribazos o garzas o tomateras. Para qué, qué desperdicio.

Estoy seguro de que cualquier libro sobre táctica militar de hace siglos recoge ya aplicaciones de este principio, por el cual lo que se ve desde muy lejos, el vistazo general que otorga la distancia, sirve de máscara o maquillaje. Mucho antes de que el hombre aprendiera a volar, en fin, ya era necesario porque, como es obvio, esta manía de ocultarnos está en nuestra naturaleza.

Para Tolstói es el fundamento de nuestra sociedad. Escribió en Ana Karenina: “Constantino se esforzaba en hacer lo que había intentado durante toda su existencia y lo que había observado que otros hacían tan bien, aquello sin lo cual la vida era imposible: decir lo que no pensaba”. O T.S. Eliot: “Human kind cannot bear very much reality”. Es decir: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

Estaba viendo un documental sobre Arthur Miller cuando, con el fin de ilustrar sus primeros pasos en Hollywood, ha aparecido una vista aérea de unos grandes estudios de cine. Desde arriba, sus naves podrían pasar por cualquier otra cosa: hangares, piscinas cubiertas, fábricas de armas. Y de algún modo lo eran todo, porque bajo esos techos curvados todo podía ser. Bosques también, inocentes plantaciones.

Pero lo que aquí me importa es que esos edificios, enormes y tristes, servían, como los telones bélicos, para desviarnos de su verdad. Debajo de esa especie de complejo carcelario, bajo el gris desamparo de sus cubiertas, la vida entraba en escena: sueños, arrepentimientos, nieblas, pasiones ahogadas, deseos de redención. Todo eso ha sido siempre el alimento del cine. Todo eso vibraba bajo el metal impávido, como el mar callado oculta el agua rota, como todos, en fin, sabemos ocultarnos, para no morir, de quienes nos miran.