Por fin puedo presumir de ciudad. O, más que presumir, dejar constancia de que sí, que estoy en la capital de Alemania, entre turcos y alemanes, entre rusos y vietnamitas. Tengo cámara y no dudaré en usarla.

Hoy me he despertado y hacía sol. Durante muchos días el cielo se había ocultado sobre mullidos colchones de nubes. De ahí que escriba “hoy me he despertado y hacía sol”. Aquí en Berlín, en esta época del año, “hoy me he despertado y hacía sol” podría incluso ser un microrrelato al estilo del de Monterroso. De hecho, el año pasado la ciudad estuvo nevada desde noviembre hasta marzo. Deseoso de ver nevar por primera vez en mi vida, me recreaba en las estampas invernales que iba a poder disfrutar en los meses de invierno. De momento, no ha nevado ni un solo día.

Sin embargo, es invierno. Y se nota por el frío y por las ramas desnudas de los árboles y por la blandura del sol cuando calienta la piel. No hay más que ver algunas fotos:

Tenía ganas de hacerle unas cuantas fotos a la Puerta de Brandenburgo y sus alrededores. Por fortuna, la línea de S-Bahn (S-Bahn = Metro superficial; U-Bahn = Metro subterráneo) S1 me llevaba directamente desde la estación (Sundgauer Strasse) más cercana a mi casa hasta el mismo centro de la Pariser Platz. Desde allí, centro histórico del Berlín dividido, parten como dos brazos la Strasse des 17. Juni y el bulevar Unter den Linden.

La Strasse des 17. Juni -cuyo nombre es un homenaje a unas revueltas obreras que tuvieron lugar el 16 y el 17 de junio de 1953 en Berlín- atraviesa el Tiergarten -literalmente, un bosque en medio de la ciudad- hasta la Grosser Sterne (Gran Estrella), una glorieta sobre la cual descansa una inmensa columna coronada por una estatua de oro de la diosa Victoria, y de allí a Ernst-Reuter-Platz, en el barrio de Charlottenburg. Desde lo alto de la Columna de la Victoria -así se llama-, Victoria da la espalda a su hermana, otra estatua de la misma deidad que, montada en una cuádriga de cobre, vigila sobre la Puerta de Brandenburgo el otro brazo de la Pariser Platz:

Unter den Linden es, para un afamado escritor, “la calle más bonita del mundo“. Sólo el hecho de que sea un sintagma preposicional y no un sustantivo -como casi todas las calles que conozco- le insufla cierto aire poético. En español significa “Bajo los tilos”, y los tilos a los que se refiere son los que mandó plantar en 1647 Federico Guillermo I de Brandenburgo para unir su palacio con las puertas de la ciudad. Wikipedia dice: “fue adornada [...] por Federico”, pero dudo que aquel hombre amara tanto a su patria como para arrodillarse él mismo y mancharse las manos de abono. En total se encargaron unos 2000 árboles -1000 tilos y 1000 nogales-, lo que al parecer soliviantó una pizca a los guardabosques, que no sabían como satisfacer el suministro en el corto plazo establecido. Ya en el siglo XX, tras varias ampliaciones, y como multa que el hombre paga a la despechada naturaleza por su amor por el progreso, parte de ellos fueron quemados durante la construcción del S-Bahn en 1934. El resto quedaría en ruinas durante la Segunda Guerra Mundial, en la Batalla de Berlín, que entre tantas muertes dejó la de Hitler, acorralado en un búnker sito junto a la Nueva Cancillería. En 1950, los tilos serían replantados. Goethe vivió durante unos días en esta avenida. También Schiller o Heinrich Heine, quien le dedicaría unos versos con epatada escritura:

Ja, Freund, hier unter den Linden
kannst du dein Herz erbaun,
Hier kannst du beisammen finden
die allerschönsten Frau’n.
Sie blühn so hold und minnig
im farbigen Seidengewand;
Ein Dichter hat sie sinnig
wandelnde Blumen genannt.
Welch schöne Federhüte!
Welch schöne Türkenschals!
Welch schöne Wangenblüte!
Welch schöner Schwanenhals!

(“Sí, amigo, aquí bajo los Tilos / puedes elevar tu corazón, / aquí puedes encontrar juntas / a las más bellas mujeres. / Florecen tan clementes y amorosas / en capas sedosas de color; / sensatamente, un poeta / las llamó flores andantes. / ¡Qué hermosos sombreros de plumas! / ¡Qué hermosas bufandas turcas! / ¡Qué hermosas mejillas arreboladas! / ¡Qué hermosos cuellos de cisne!”)

Hay mucho ambiente en la Pariser Platz. Dos hombres con uniforme militar y uno vestido de Darth Vader posan para las cámaras en un podio con la palabra “BERLIN”. Tras ellos, la Puerta de Brandenburgo. A su lado, unas veinte personas sentadas en el suelo forman un “círculo de meditación”, o eso ponen varios carteles.

Le hago algunas fotos a un pintoresco motocarro:

A una señora al cuidado de un caballo:

A un perro aburrido -me divierte pensar que está aburrido-:

"¿De dónde vengo? ¿Quién soy? ¿Qué coño hace ese tío vestido de Darth Vader?"

La Puerta de Brandenburgo, tras ser restaurada en 2002, luce, al parecer, como el primer día. No es un arco de triunfo estrictamente hablando, sino más bien una suerte de propileo con una portada dividida en cinco puertas, la central algo mayor que las laterales, bajo la que se puede pasar libremente -hasta 1918, el paso central estaba reservado a la familia real y a la familia del general Ernst von Pfuel, condecorado con la comandancia de parte de la ciudad tras la toma de París posterior a la infausta Batalla de Jena, devolviendo de paso el carro de la diosa Victoria a Berlín, pues los franceses se lo habían llevado con ellos como trofeo de guerra-.

Mi intención inicial había sido fotografiar la Puerta de Brandenburgo, y eso ya lo había hecho. Por ello, me dejé llevar por la intuición y el frío -no podía pararme mucho a pensar- y me encaminé hacia el Reichstag.

El Reichstag es famoso por dos cosas: una de ellas es la icónica foto en la que un soldado ruso aferra la bandera soviética frente a un Berlín en llamas. Era el 2 de mayo de 1945. La guerra había acabado. Décadas más tarde, tras una serie de pesquisas y confirmaciones de testigos directos, se descubrió que la foto sufrió algunos retoques en forma de extraños aditamentos y desapariciones. Sí, sólo detalles. Pero el diablo está en los detalles. Por un lado, se agregaron algunas columnas de humo para simular un incendio que, en el momento de la foto, no tenía lugar. Por otro lado, se borró uno de los dos relojes que el soldado que sostenía la bandera tenía en sus muñecas. Al parecer, los rusos arramblaron con todo, y no quedaba bien dejar muestras del saqueo: un reloj era suficiente como rúbrica de la hora victoriosa. La bandera, por cierto, fue tejida con tres manteles rojos. La otra razón por la que el Reichstag es famoso es la cúpula de cristal con la que Norman Foster quiso simbolizar la reunificación alemana (Wiedervereinigung) tras el traslado de la capital alemana de Bonn a Berlín en 1993. Está abierta al público, y supongo que tiene unas vistas espectaculares.

Después he caminado un poco por el paseo del Spree -uno de los dos ríos que atraviesan Berlín-. El paseo llevaba por acompañamiento la música de un clarinetista callejero. Improvisaba con cierta melancolía, y me hizo recordar la época de mis primeras entradas en este blog, cuando deambulaba por las calles y los parques como un zombi, totalmente abstraido por los fuertes embates de un horror existencial.

Visité, para entrar en calor, una pequeña exposición sobre el muro de Berlín. Constaba de tres partes: la principal la conformaban trozos del muro de Berlín con las cifras de muertos de cada año, desde su construcción hasta su destrucción. Es sorprendente y tenebroso ver cómo la cifra pasa de los 40-60 de los primeros años a los 10-20 de los siguientes. La ecuación bien puede ser resuelta si se mezclan la esperanza, el ingenio, la tenacidad, el miedo y la resignación. ¿Por qué ese brusco descenso? ¿Descreimiento? ¿Escondites más efectivos? ¿La esperanza de que algún día cercano volvería la cordura y el muro caería?

Las otras dos partes de la exposición eran diferentes fotografías de los años 80 en Berlín, unas de manifestaciones y otras de ruinas. En el muro de uno de estos edificios vi una pintada impactante. Su deseo (“Nie wieder Krieg”; “Guerra nunca más”) alza la voz por la letra mayúscula y, sobre todo, por el atroz estado del edificio:

De camino a la estación de S-Bahn, pude fotografiar algunos Mercedes de lujo:

Compré en un kiosko por 4 euros Der Spiegel, bastante crítico estos días con Christian Wulff, Presidente de la República Federal de Alemania. Wulff está en la picota por un presunto caso de favores empresariales y amenazas a periodistas.

Ya en casa, me di cuenta de la falta que me hacía pasear de día. Observando las fotos en el ordenador, algo me dejó estupefacto. Entre las fotos, una de ellas desvelaba por fin el misterio: la razón de que haya tantas nubes en Berlín no es el clima. Al parecer, salen de lo alto de las fábricas. Los alemanes se las saben todas.

Atardecer desde mi ventana (Berlín)

Derecho a recordar

10 diciembre, 2011

Mark Twain (de viejo, por supuesto)

Ayer dije que tengo la costumbre de hablar de mis pares o de mí mismo como si fuera un viejo que hace tiempo que pisó por donde yo ahora piso. Lo escribí -y lo repito ahora- con la tímida vergüenza de los reproches que uno se hace a sí mismo. ¿Cuántos años tengo que tener para que mis recuerdos cobren la importancia de los recuerdos de un viejo? ¿Quiénes pueden escribir autobiografías? ¿Es la autobiografía una mera recopilación de hechos y pensamientos, o ambos han de ir además cargados de moralejas, enseñanzas, aprendizajes y cosmovisiones?

Todo esto viene a cuento porque he leído una cita de la autobiografía de Mark Twain. Al parecer, el viejo Samuel -Samuel Langhorne Clemens fue su nombre completo- tuvo un encuentro, fruto de la casualidad, con su amor de la infancia, Mary Wilson, cincuenta años después de haberse visto por última vez. Los dos se pusieron a recordar. Y aquí es donde escribe Twain:

“Empapamos nuestras sedientas almas en el vino revivificante del pasado, el pasado patético, el bello pasado, el querido y lamentado pasado. Pronunciamos los nombres que habían permanecido silenciosos en nuestros labios durante cincuenta años y era como si estuviesen hechos de música. Con manos reverentes desenterranos a nuestros muertos, los compañeros de nuestra juventud, y los acariciamos con nuestras palabras. Buscamos en las cámaras polvorientas nuestros recuerdos y fuimos buscando, incidente tras incidente, episodio tras episodio, tontería tras tontería, y nos reímos con tantas ganas que las lágrimas nos corrían por las mejillas”.

Yo tengo 21 años, pero es leer esto y entrarme ganas de tener 80 años y tener todo el derecho del mundo a recordar como recuerda esta pareja de ancianos, y ese derecho sólo lo concede el tiempo. ¿Por qué no recordar, entonces, como un joven? Yo puedo también recordar, pero más como la inocente copla del niño que recita unos versos en el colegio (Córdoba, lejana y sola…) que con la mirada madura de un adulto, de un anciano. Por un momento deseo abandonar los privilegios de la salud y de la juventud para entenderlo todo. Con la prisa que caracteriza a la juventud. Con la prisa que caracteriza a la juventud de mi tiempo. ¿Ves? Ya hablo de nuevo como un viejo.

Sueño con escribir una novela. Sueño con verla publicada. Sobre todo, sueño con no avergonzarme de lo que impriman en mi nombre. Esta desconfianza me lastra, y quizá sea sabio esperar, de la misma forma que algunos deportistas corren con pesas en las piernas para fortalecer los músculos. Pero pedirle al joven -a mí- que espere es una crueldad. Yo quiero publicar ya. No quiero escribir para sólo leerme a mí mismo. Quiero que me lean y que disfruten con lo que leo. Que se sientan identificados. Que me pidan más. Quiero escribir la gran novela de la condición humana. Sueño con todo ello. Tildarlo de sueño es protegerlo de críticas y de dedos acusadores: ¡vanidoso! ¡pretencioso! ¡pedante! Quien no tenga sueños, que tire la primera piedra -si bien es mejor que el hombre sin sueños se tire las piedras a sí mismo-.

Las novelas están hechas de experiencia. La experiencia, de recuerdos. Los recuerdos, de tiempo. Mientras tanto, cómo saber cuándo es el momento.

Por cierto, quizás el recuerdo sólo sea remisión. Y yo tengo aún poco de que redimirme.

Parón

9 diciembre, 2011

Un parón viene bien. O eso espero. Algunas veces mi padre me pregunta que si he escrito algo más. Yo le digo: “¿Qué es lo último que has leído?” “Lo de la mesa roja” “Pues eso es lo último”. Y me pongo a jugar al Angry Birds o a leer algo mientras hablo con ellos por Skype.

El parón tiene explicación y no la tiene. Mejor dicho: toda explicación es sobre algo pasado, no podemos explicar por qué haremos algo porque no estamos ahí aún. Por eso, toda explicación es, de alguna forma, traidora. Aunque también es traidora la literatura, y se toma por verdad. En fin. La explicación puede deberse a que no tengo cámara de fotos, y lo que yo pensaba que iba a ser un blog de viajes se me ha quedado en el proyecto. Pero no lo sé realmente. He leído y visto bastante para lo que suelo leer y ver, eso sí. Hablaré un poquito de todo esto.

Breaking Bad es una mezcla de La broma infinita y The Wire, pero no llega a ser una obra maestra. O con los términos de la nueva ola de crítica universitaria, no es “una puta maravilla”. Lo mejor de la serie es la concentración de mentiras que va acumulando Walter White en su viaje al centro de la droga. Puedes sentir la tensión, esa llama que todos hemos sentido alguna vez cuando, adolescentes, le hemos ocultado una prueba de nuestra rebeldía a nuestros padres. Al final, o la rebeldía no era para tanto o nuestros padres ya lo sabían. Pero ya se sabe: nuestro miedo alimenta lo que tememos. Un ejemplo contemporáneo: cuando pasan unos cuantos días sin haber escrito nada, empiezo a pensar que ya no valgo, que no voy a escribir más, que mis pechos están secos y mis manos son de polvo y patatín patatán. El miedo alimenta lo que tememos. El Madrid puede ganar este derbi. El miedo alimenta lo que tememos. En toda la vida se aplica.

Aparte de Breaking Bad, he visto algunos capítulos de Cowboy Bebop, por lo que Askla estará un poco más contenta. La opinión la daré cuando me acabe la serie: tengo la sensación de que hasta que no vea el último capítulo no la voy a poder entender. Salvando lo dicho, y con la dulce seguridad con que el alba me sigue iluminando los días, estoy viviendo un segundo proceso de normalización. El primero consistió en abandonar esa forma críptica de escribir y de vivir -que uno y otro van siempre de la mano-. Atrás quedan, en la pequeña escala que me permite mi edad, las pajas mentales. Con ello, abrí un poquito las ventanas de mi cuarto y escuché algo más el sucio y auténtico hablar de la calle. Me fue mejor, ya lo creo.

La segunda normalización la estoy viviendo ahora. En ello influyen, creo yo, tres cosas: Alba, por supuesto; vivir en Berlín, con sus ensayos de vida autosuficiente -subvencionados por la Junta de Andalucía y la generosidad de mis padres-; y algún que otro blog o página nueva, como jotdown o Manuel Jabois. La normalidad es la norma. Debe serlo. Estoy empezando esta segunda normalización, que me huelo que es algo normal de mi edad. También es normal de mi edad hablar de nuestros pares como un viejo que lo ha vivido todo. Y así nos va. Perdidos como estamos todos. Nos falta ser más normales. Yo voy bien por donde voy. Llevo a gusto un buen tiempo.

Y me he dado cuenta, además, de que mucho de lo que escribe mi generación trata de su interior o de internet. ¿Dónde queda el espacio para los bares o las anécdotas? Para los escritores que empiezan, su vida normal es una infidelidad al Arte, con mayúsculas, a la Gloria, a la Trascendencia y a lo que esperan y esperamos de nosotros mismos. Y sentimos dentro esa llama. Quizás por eso me gusta Breaking Bad: porque me recuerda a mi época de escritor maldito. Luego resultó que no era ni lo uno ni lo otro. Escritor sí quiero ser. Maldito, ni puta gana que tengo.

Dejadme tiempo para deshilvanar el ovillo. Para desenredar los auriculares. Esta entrada es un poco vómito, y presumo de que así lo sea. Porque si un parón viene bien, lo que viene después de él tiene que ser mejor por fuerza. A vuestros ojos me remito.

La mesa

23 octubre, 2011

Toda la desgracia de los hombres procede de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación.

Blaise Pascal

Roja es la mesa. Tiene seis tablones de madera roja, dos listones transversales de roja madera, dos varas rojas que atraviesan los listones transversales rojos, y cuatro patas rojas que se cruzan en parejas, formando dos pares de rojas equis, y uniéndolas una cruz transversal roja, formada por otros dos listones rojos. Abajo, dos barras rojas unen las bases de las dos cruces rojas. La mesa es roja. La descripción pura de la mesa debe obviar las revistas, papeles tintados, cartas, libros pequeños, botellas de soda, termos, globos, tarjetas con instrucciones impresas, postales y monedas que la cubren. Con todos estos objetos, la mesa es especialmente solidaria. La mesa es inoportuna, porque llega Bettina a la cocina, la mujer que me arrienda el piso.

La mesa perdura ahora en el limbo, está donde no la puedo ver. Puedo en efecto dibujarla, esbozarla, y no sería un problema hacerlo si no quisiera absorberla, plasmarla en cada detalle, ser un dios, darle carne a la madera, inmortalizarla. Por tanto espero, y el tiempo me abrirá su puerta cuando desee, y la mesa esperará como esperan los objetos. Pasiva, fiel, digna.

La mesa es temprana. Es roja de mañana. Algo menos apagado sin llegar a ser intenso. Parches de pintura se reparten por su madera roja, sobre todo en las esquinas, que dibujan antojos de color carne. En la tabla tercera, empezando por la derecha, lindando con la segunda, perdura solemne entre tanto rojo un antojo más pequeño con la forma de Australia. El rojo es un rojo manchado con pinturas, con restos de azúcar mojada, con líneas quebradas de goma.Hay migas entre cada balda, y cenizas de cigarro,  y pequeños trozos de cáscara y ramitas. En algunos tramos hay puentes de pintura roja entre las tablas. Entonces la mesa es nostálgica, deseada, deseante y melancólica.

La mesa es juguetona. Debajo juegan al escondite dos botellas de un litro de soda, resguardadas bajo faldas invisibles. Escorado, un balde de plástico azul con un cepillo de dientes blanco y morado huye de la mirada inquisitoria de las tres bombillas del techo. La mesa es culta. Esta mañana, nada más sentarme a verla, en la esquina más cercana, una revista muestra una entrevista a Mario Vargas Llosa. La mesa es rebelde, si es que la mesa adquiere las cualidades de lo que conserva de la caída,  si es que las palabras de Vargas Llosa son las mismas que el titular inmortaliza: “Mein Vater verbot mir zu schreiben”. La mesa es alemana. Si fuera española, diría: “Mi padre me prohibió escribir”. La mesa es bilingüe.

La mesa tiene alma sensible. La mesa se coloca junto a la ventana, y se estira hacia atrás para ver los árboles. Sólo puede ver el cielo azul. Le hacen falta huesos, pero lo intenta. La mesa es trágica. Me acerco a ella. Me agacho, me pongo a su altura. Me sorprendo: puede ver desde su extremo la última ramita de un árbol altísimo. La mesa es perseverante, victoriosa. La mesa es dócil. Permanece en la cocina como una planta, con la falsa inmovilidad de los muebles. La mesa está herida. De un lado asoman dos travesaños, y surge un clavo en diagonal de cada uno. Alrededor se desvanece la pintura, se resquebraja la madera. La mesa es titánica. La mesa es estoica.

La mesa es una mesa.

Mesa es mesa.

Mesa.

Cuento y videojuego

22 octubre, 2011

La memoria no hace sino desviarnos del camino. Y en uno de esos desvíos encontré un videojuego que me llenó muchas tardes cuando era pequeño, a falta de amigos con los que jugar en la calle. El cartucho incluía dos juegos: “Castle of Illusion” y “Quackshot”, ambos protagonizados por personajes Disney -respectivamente, Mickey y Donald-, ambos puestos a la venta a principios de la década de los noventa. Y como un polluelo jugaba yo, alrededor de 1995, seguro aún de que lo único que existía era mi nido.

Además de un desvío, la memoria es una madeja que se devana, se entreteje y se disgrega. Mi infancia son recuerdos felices que no logran materializarse por completo, pero que son fácilmente evocables si se incluyen en un único tapiz, el entretejido de mis primeros años. Me recuerdo jugando con la videoconsola, me acuerdo del proceso, yo conectando los cables tras la televisión, gorda como una vaca, yo llevándome algún que otro calambrazo, yo desenrollando el mando, a través de cuyo cable se adivinaba una estructura apelmazada de cables más finos, verdes, blancos, azules, amarillos. Y también recuerdo el diseño de las fases del juego, y estas imágenes son el fondo de estos años. No miento. Lo que más hice en mi infancia fue jugar solo.

En este desvío, pues, encontré el videojuego. Me lo descargué y me puse a jugar. Me lo pasé. La experiencia estuvo en todo momento cargada de nostalgia. La magdalena es a Proust lo que los videojuegos son a mí. Su músiquilla MIDI me traslada cuánticamente a mis principios sin moverme, y es como si una agüilla fresca y dichosa me calmara el pecho.

Pero debo tener cuidado: los objetos relacionados con el recuerdo son esponjas. Si juego mucho ahora, el videojuego perderá su unión con el pasado, y entonces será demasiado tarde. Es inútil querer revivir lo que ya pasó. Soy distinto. He crecido. He vivido alguna que otra cosa.

Y por esta razón sentí algo, al pasarme “Castle of Illusion”, que no podría haber sentido de pequeño. Al final del juego, cuando acabamos con la bruja, nuestra novia es liberada. La bruja, ahora bondadosa, los ayuda a escapar del castillo, que amenaza con derrumbarse, y se despide de ellos, dado que ella es un mero auxiliar en la historia, que termina con Mickey y Minnie abrazados y corriendo por el campo. Una representación más de la felicidad a través del amor. No podría haber sabido esto hace siete meses. Ahora lo sé.

Gracias a esta idea, comprendo que el videojuego y el cuento comparten fondo y, a veces, forma. Sería bueno que Bajtin hubiera jugado a la Playstation. Así habría descubierto que ambas formas de entretenimiento son, simplemente, una sublimación de la búsqueda humana de la felicidad. En ambos el objetivo es claro, esperanzador, luminoso. El camino, sin embargo, está poblado de obstáculos. Siento, en Alemania, lejos de Sevilla, que el tiempo es el obstáculo. Y que los monstruos y oscuridades que me reservan las páginas y las fases son las máscaras con que el tiempo y la distancia disfrazan su desafío. Ahora que lo estoy viviendo, lo sé.

Algo de Berlín

21 octubre, 2011

Berlín es hierba fresca y mermelada de ciruelas. Es hojaldre y salchichas, es maíz tostado. En Berlín, luz y oscuridad no se equiparan. Cuando anochece, la incertidumbre absorbe a las farolas, y en las bocacalles pueden verse luces amenazantes que vigilan y se acercan. Y nada más. Berlín es exageradamente nocturna. Luego las luces se van sin haber llegado, y llega ahora el sol sin venir, con rayos soñolientos que besan ramas invisibles. Me rodean hayas, tilos, abedules. Miran las ventanas y los coches como la audiencia de un estadio, parten despedidas de sus ramas y sus troncos. Las hojas se desprenden y cubren las aceras de olas húmedas y pardas. El viento atraviesa, se desliza como agua por los cuerpos, atraviesa y se mantiene. En Berlín los cristales, las ventanas, las puertas y los muros son más apacibles, protectores. No me sirve ya el recuerdo del aire caliente, de la sábana mojada que en verano se resiste a despegarse de Sevilla, la hirviente sartén. El cerebro se voltea hacia dentro, donde nunca llega nada, ni siquiera este frío que atraviesa y que amenaza con crecer. Pues crecerá. Aún es octubre, a mediados del mes. Las noches se aproximan con prisa, mañana con más prisa, pasado la noche entera, una rotunda y unánime luz que no está, que surge cansada y débil, que aguanta unas horas su destino y luego cae. La luz es menos trágica en Berlín: en Sevilla late con fuertes punzadas, en Sevilla el sol recorre el cielo orgulloso y se estira, corre y recorre, descubre los grises rincones y les da color. Aquí la luz nace renunciada: el color es siempre el frío abanico de los grises, los marrones, los verdes y los azules. Rojas y amarillas brillan las señales de obras, las luces de los semáforos, los abrigos de señoras que viajan en el metro, las tiendas turcas y vietnamitas de comida, las tiendas chinas de cacharros, las pizzerías. En Berlín crece el humo con el frío, humo de bocas y de tubos de escape, humo de chimeneas y de puestos de comida caliente, conos blancos entre la niebla mostrando a los coches el porvenir. En Berlín los bares prometen un trago distinto cada vez, y hay locales decorados con rusa fealdad, donde grandes televisiones entretienen con partidos a los hombres. Berlín es el universo, Berlín se abarca y se escapa, y se expande y no se alcanza nunca. Berlín es superlativa. Berlín es alemana, no es alemana, es turca, no es turca, es rusa, no es rusa. Berlín es la Fernsehturm, Berlín son las casas antiguas de Neukölln, son puertas altas y hermosas, Berlín es un hormiguero, el hilo de vida que incansable se desplaza desde Tegel hasta Schönefeld, desde Alexanderplatz hasta Hautpbahnhof, de Steglitz a Marzahn. Berlín es enorme, inconmensurable, de un caos ordenado, Berlín es muy pobre y muy rica, es burguesa y anarquista. En Berlín los parques se acuestan por la noche, cuando todo pierde su imagen, cuando todo se funde y unifica en una imagen absoluta. Berlín es el sueño en el que duermo.

TXL

5 octubre, 2011

Unter den Linden es la calle más bonita del mundo. Me ha sorprendido. La he sorprendido de noche. Unter den Linden es la calle más bonita del mundo cuando se ensancha e inspira. No conozco el nombre de casi ninguna estatua, de casi ningún edificio que muestra en su orgullo inabarcable. La mirada se pierde, no hay duda. Quizás es bella porque yo también la miro perdido, buscando una imagen conocida como busca el hombre a su mujer junto al tren que acaba de llegar. Rodeado de desconocidos, como el hombre que busca a su mujer: así busco yo la belleza en esta avenida.

Pero no una belleza inconsistente, indeterminada, el tipo de belleza que genera desconcierto, que satura. Esa sensación la encuentro ahora y la encontré por penúltima vez en el Louvre: intenté visitarlo en un día. No se puede visitar un museo, por muy pequeño que sea, en un solo día. Los museos están ahí -casi siempre bajo la amenazante mirada de la administración local-, constantes, porque se alimentan de tiempo. El museo es paladeo, es lamer con los ojos los bordes del cuadro, las manchas de pintura, avanzar y recular, percibiendo el cambio mágico entre la luz sin nombre y la figura completa, observar el granito, cada una de sus dudas y atrevimientos, la curva de una cadera, la tensión de un tendón esculpido. El museo está pensado para una belleza distinta de la neblina que me cubre la cabeza mientras miro desde el bus TXL -dirección Alexander Platz- a uno y otro lado de Unter den Linden.

Esa nueva belleza, de alguna forma esperada, conscientemente madurada, necesita tiempo, pensamiento, aprendizaje. Y se debe administrar en pequeñas dosis: más allá del impacto estético que provoca un edificio o un monumento, esa primera señal es como la primera capa de pintura. Más allá de este asombro, el ojo educado para la belleza, el ojo que quiere más que este primer encuentro, volverá a recorrer, de forma distinta cada vez, las arcadas, las nervaduras de la cúpula, las vidrieras.

Voy en el bus TXL, que conecta el aeropuerto de Tegel, al noroeste de Berlín, con Alexanderplatz. En estos primeros días conozco las dos puntas del hilo. De cabo a cabo, el misterio. El viaje. Poco a poco le pongo nombre a algunos tramos: Turmstrasse, Alt-Moabit, el cruce entre Unter den Linden y Friedrichstrasse -que, si no me equivoco, forma un limpio cuadrado de asfalto-. Lo que resta, esparcido por las calles: edificios aún sin historia, monumentos aún sin motivo, columnas y fachadas aún sin significado.

Voy en el bus TXL de camino al Media Markt de Alexanderplatz. Es de noche. Una llovizna indecisa humedece las calles y los cristales del autobús. De vuelta, a la izquierda, se adivina sobre los árboles la bandera de Berlín. Corona una iglesia. Creo que la Marienkirche. La bandera ondea en la noche, iluminada por un foco invisible desde el autobús. Roja, blanca y roja, las luces y las sombras se deslizan por ella como se desliza sobre las hojas de un libro el reflejo de la lluvia en las ventanas.

Yo pensaba leer un libro durante el trayecto. Finalmente no lo hice. En los quince días que llevo aquí, nunca había visto la lluvia en Berlín. Es de noche. El autobús atraviesa un puente. El río -creo que es el Spree- está tranquilo. Es una lámina de metal, una tela brillante. Me imagino su susurro, igual que imagino el sonido de la bandera de la Marienkirche al ondear. Es entonces, cuando complemento en mi mente esta realidad que observo, es entonces cuando noto que lo que veo es bello.

Más aún: cuando pasee junto a estos edificios y monumentos, cuando mire el río, cuando vea flamear la bandera de la Marienkirche, allí en la noche… Cuando lo haga, ya educado, ya meditado y estudiado cada uno de sus recovecos, será entonces cuando Berlín me deje estar bajo sus faldas. Y la lengua descansará dentro de la boca, y el pecho, transido de luz, me transportará a otro tiempo. El tiempo espeso y fluido de la contemplación, la calma segura de la belleza verdadera.

Pa Negre

30 septiembre, 2011

Pa Negre, seleccionada por la Academia de Cine española para representarnos en los Oscar. Lo que lleva a ciertas preguntas: ¿cuántos energúmenos cogerán el ordenador y lanzarán invectivas catalanófobas? ¿Cuántas películas españolas versan sobre la Guerra Civil y la inmediata posguerra? ¿Cuánto cinismo cubre la cara de Ángeles González-Sinde, por permitir que sea más fácil descargar Pa Negre que encontrar un cine que la tenga en cartel?

En fin, me la bajé. Podría decir que tengo excusa: estoy en el extranjero. Pero no: también me descargo películas en España. Intentemos responder a la última pregunta:

-Mucho.

La Fiesta del Cine deriva de una generosidad falaz, y esta generosidad falaz deriva a su vez de una política progresivamente restrictiva. Intentaré explicarlo: en Marruecos, como muestra de su generosidad, Mohamed VI suaviza su control sobre el Estado, manteniéndolo bien prieto aún entre sus puños; en Arabia Saudí, una mujer es indultada de ser apedreada por (sic) conducir; en España, donde ir al cine es cada vez más caro, se decide, durante unos días, abaratar el precio de las entradas. Hablamos, en todos estos casos, de derechos y de libertades. Derecho a la dignidad, a la igualdad, al acceso a la cultura. De nuevo escribo: la Fiesta del Cine deriva de una generosidad falaz, y esta generosidad falaz deriva a su vez de una política progresivamente restrictiva. Al cinéfilo español le asalta la nostalgia, y comenta a su compañero mientras compra las entradas: “Mira, como cuando íbamos al instituto”. En fin.

Sigamos con la segunda pregunta. Uno de los temas maestros de la cultura española desde la década de 1940 es la guerra, bien sea desde la mística visión de los sagrados vencedores, bien desde la de los represaliados, exiliados o escondidos vencidos. Algunas voces de la derecha más casposa reclaman que se olvide este tema, que la Guerra Civil pasó, y con encaje de bolillos conectan el recuerdo de la guerra con un intento perverso de reventar la unidad española. Lo cínico de esta opinión es tirar la vajilla al suelo y pretender que ha sido el hermano pequeño.

Pero sigamos con nuestra respuesta:

-Muchas.

¿Demasiadas? No creo. Porque, como leí hace poco, la gran película de la Guerra Civil no se ha hecho aún. Y porque, sencillamente, la guerra es la guerra. La guerra es la tragedia humana elevada a su máximo terror: la unión de tragedias, la unión de vidas en una sola vida ahogada, en un puño que se parte las venas saltando entre cristales, puño cerrado. La guerra es la unión del miedo, la masa negra que todo lo inunda, y esa peste está hecha siempre de ideas, de miedos. La guerra es el paréntesis de la humanidad. En España, en concreto, la guerra es la pelea nunca resuelta. Los vencidos claman por la ilegitimidad del golpe de Estado que llevó a Franco al poder. Los vencedores justifican el alzamiento como la salvación de la patria. Franco muerto, se apaga el debate con la Transición, pero no se apagan ni vencedores ni vencidos. Y, en uno de los chorreos de la pringue social, llegamos a la cultura. A cuervos como Pío Moa, rabiosamente retrógados, o a productos como Las 13 rosas, donde a los franquistas les huele el aliento a azufre. Distintos extremos igualmente apestosos. La pena es que se puede -evitándose- hablar de la Guerra Civil sin mentir. Hubo un alzamiento, hubo hambre, represión. Por encima de todo ello, hubo una dictadura. Pero, como en toda guerra, y en los dos bandos -porque la guerra no es una estéril operación quirúrgica, sino que aquí el cirujano también tiene cicatrices- aparece la Tragedia Humana. Sí creo que se hacen demasiadas películas en España sobre la Guerra Civil, pero la razón es más de estilo que de necesidad: es necesario recordar, pero no así. Stendhal cita a Shakespeare en Rojo y negro: “¡Ay! La causa no somos nosotros sino nuestra fragilidad; pues somos según aquello de lo que estamos hechos.” Y todos estamos hechos de lo mismo. Por tanto, es absurdo -está visto- plantear en España una obra sobre la Guerra Civil que base parte de su estructura en la decisión por uno u otro bando. Creo que es tratar de tonta a la audiencia. La desgracia está ahí, la injusticia humana está ahí, más allá de la injusticia política, capaz de mutar con la extrema maleabilidad con que un político cambia de parecer de un día para otro.

Viendo Pa Negre, la sensación es agridulce. Como escribe Boyero en su crítica a La voz dormida:

“No es un problema de maniqueísmo (imagino que en la realidad esas monjas, curas, carceleras, policías y militares podían ser incluso más abyectos y crueles que los que aparecen aquí) sino de que el director logre hacerte creer e implicarte en lo que está narrando.”

Lo mejor de Pa Negre es que se nota que la mirada del niño cubre toda la película. Hay fantasía, mitos, miedos e incomprensión. Pero de nuevo, como en El laberinto del fauno, Sergi López hace de malo malísimo. Quizás ese papel le viene muy bien, o se lo tiene muy bien practicado, pero es la versión un tanto suavizada de la película de Guillermo del Toro. De todas formas, como película sobre la Guerra Civil es un avance bastante importante.

Por último, la primera pregunta. Respondámosla brevemente:

-Muchos.

Pero que las palabras de Artur Mas no nos confundan. Ni todos los españoles son catalanófobos ni viceversa. Cuando la política se mete donde no le incumbe, los niños miran desconcertados, porque la humanidad se vuelve algo menos humana.

Los cordones blancos

29 septiembre, 2011

Llevo una semana en Berlín.

El otro día hablaba sobre política, sobre prejuicios, sobre el estado de las cosas, con Andy, un cubano de veintimuchos años, hijo mayor de la mujer que me está acogiendo mientras me mudo a mi nueva habitación en una WG -casa compartida-. Desmoraliza pensar que estos debates caseros son enfrentamientos inválidos, sin relevancia política, reducidos al escenario humilde de una mesa con botellines vacíos de Berliner Pilsner y residuos de la cena: causa limeña, yuca, bradwurst, pastel de chocolate. En la pared a mi derecha, letras recortadas gritándole “HAPPY BIRTHDAY” a la mujer cubana. Por el suelo pequeños recortes de papel brillante: Party!, esta vez en una modesta minúscula. Tras el cumpleaños, debatimos Andy y yo sobre Grecia, sobre el racismo. Le pregunté por Alemania. Cómo es en realidad. Yo le conté cómo es en realidad España. Cómo nos la damos de abiertos y tolerantes. Cómo celebramos a los cuatro vientos el cumpleaños eterno de la democracia, el abandono ya olvidado de la dictadura, mientras -como consecuencia del olvido del abandono- optamos por dar cobertura elefantiásica a la visita del Papa o al turismo de Michelle Obama cuando viene a Málaga con sus hijas. Y, como español en otro país, me pierdo, me alejo de la mesa, de la celebración, de la música cubana. Pienso en España. Con algo de Alemania. Soy un español en Alemania.

Llevo una semana en Berlín, metido en un cuarto, con salidas exclusivamente administrativas. Sólo ayer, cuando por fin encontré piso en Zehlendorf, al sudoeste de Berlín, me fui a un bar. El Quasimodo, en Kantstrasse. Dos grupos: Doppelleben deLuxe y algo así como “Nosequién and his positiv spirits”. Luego, jam session con teclado, bajo, guitarra, batería y un saxo sin ideas. Un telón rojo teatro custodiaba como un gorila la batería. La luz de los focos salpicaba chispas naranjas y moradas sobre los instrumentos, sobre el suelo del escenario, revuelto de cables y miradas. La entrada era gratis, lo que explica mi visita. Desde un taburete, escorado a la izquierda, podía ver las frágiles coronillas, tímidas banderas de la protocalvicie de hombres algo marchitos, bien arreglados y situados, con sus vasos de medio litro de cerveza con una baba de espuma por el borde. Algo de surrealismo: el cantante de la banda de reggae pide que todos contesten a sus palabras “en un idioma universal” (sic): “Assalamoe `alaykum”, dice el cantante. Respondemos yo y dos más: “wa`alaykum assalam(con la torpe lengua occidental). Me pregunta una chica: ¿Qué hay que decir? Se lo explico. Más tarde, el cantante vuelve a buscar la respuesta del público. Tras de mí, la chica y su amiga gritan, ufanas cual alumno de Opening: “Malaku Salama”. Además de alemanas disléxicas y hombres en el filo de la senectud, encuentro el ambiente hipster de un local de jazz, sazonado por el aire incómodo de un local de jazz en el que no se toca jazz. No importa: es permanente el movimiento acompasado de cabezas y de cuellos, de punteras de zapato, los sorbos con la mirada alzada, las cámaras reflex chiscando silenciosamente, los paseos diligentes de la camarera, las miradas cómplices entre perfectos desconocidos. Me quedo disfrutando en el taburete no sólo del espectáculo, sino de las miradas. Y de los intentos de un pobre senegalés de hacer hablar a alemanes su lenguaje universal, cuando aquí el único idioma universal son los aplausos y el desprecio velado de las charlas inmunes a la música.

Hablando de idiomas universales. Andy me dijo que Alemania conserva un poso de nazismo. Sobre todo en las ciudades pequeñas, en los pueblos. Ayer un chico alemán, Christian, me cuenta que Berlín no es Alemania. Eso dice mucho de Berlín y de Alemania, puede entenderse. Berlín, oigo, tiene también reductos radicales: quizás Marzahn o Lichtenberg, los barrios más al este, pero no es para nada lo que ocurre en la Alemania más oscura. El otro día, caminando por Alt-Moabit, veo en la calle a un tipo rapado, con ropa negra y botas Doc Martens y una mágica capacidad para mantener vacío su círculo más cercano, como un sónar invisible. Yo caigo en el embrujo, y me alejo, incluso cambio mi trayectoria. Pero me queda una duda: ¿era skinhead o punk? Dicen que hay una diferencia: los cordones. Si los cordones son blancos, ten mucho cuidado. De ahí que, desde este momento, mi encuentro con un nazi siga la siguiente secuencia: un humilde descenso de la mirada y un brusco cambio de dirección, a donde sea, a la otra acera, a esta tienda de turcos, no, mejor a la otra acera.

Mi miedo a encontrarme con un nazi en Berlín es, sin embargo, absurdo. Y lo que lo vuelve ingenuo y nefelibata no es que no haya nazis. Es que están cubiertos, domados. Es que los nazis no sólo llevan cordones blancos. Igual que los franquistas no van a comprar el pan con el brazo en alto. Pero los hay. En todos lados hay mierda. Aquí es todo apariencia, y ni me quejo ni me alegro. Adopto una máscara de indolencia, un telón rojo teatro. Hago como que no escucho la música para sentirme mejor.

Pero es un paréntesis, una mácula. No hay que temer nada, realmente. Berlín, todos me lo dicen, tiene mucho que darme. Al fin y al cabo, voy a pasar aquí -vacaciones mediante- los próximos diez meses de mi vida.

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