Pintura azul

Ahora debemos emprender seriamente la enseñanza y el estudio de ambos, tú y tu hijo; ahora puedo ser un maestro enérgico. Fijemos ciertos días de la semana y empecemos a trabajar. ¿Me preguntas por qué? Pues porque, querida, todo lo que es capaz de ensanchar el conocimiento y el espíritu os dará más interés por la vida.

Nikolái Ogariov, en una carta a Mary Sutherland

Hace mucho tiempo que nadie duerme en el cuarto que compartí durante muchos años con mi hermano. De vez en cuando alguien ocupa una de sus camas, pero no es lo mismo. Hace mucho que este cuarto no es el cuarto de nadie. Por eso mis padres han decidido poner otra cama, otros muebles, adaptarlo a su nuevo papel en la casa, como nos tenemos que adaptar nosotros mismos a nuestro nuevo papel de invitados.

A lo largo de todos estos años la casa, como nosotros, fue cambiando. El sofá en el salón, la puerta de ancha luz en el patio, los blancos armarios en la habitación donde duermen mis abuelos cuando bajan al sur, encogidas golondrinas. Ha ido cambiando también la pintura en las paredes, mudando del blanco al azul, del azul al verde, del verde al salmón y del salmón al blanco. Y detrás de los muebles, al retirarlos, ha aparecido un resto del azul de entonces.

Ya he escrito en este blog que las imágenes sueltas encuentran en nuestra cabeza un lugar donde encontrarse y dar a luz una nueva idea. Me ha pasado de nuevo: mis padres me contaron esto mientras merendábamos, y unas horas antes yo había estado escuchando una conferencia que mi amigo Óscar Díaz, el hombre bicentenario, había dado en el colegio mayor Marqués de la Ensenada.

Llevo un tiempo absurdamente triste y desmotivado, y escuchar a Óscar me recordó aquellos primeros años de la universidad en los que todo me interesaba, tiempo hambriento en el que me ardían los libros entre las manos y me faltaba tiempo para ver películas, de tres en tres, de siete en siete, años de ganas eternas, de promesas. Recordé todo eso, y seguí mi camino hacia atrás y recordé que fui niño, y que el tiempo no me agobiaba y no sentía que mis días debían tener un propósito. Mi vida jamás será infinita, pero entonces lo fue de algún modo.

Por eso ese parche de azul en el cuarto me hizo un nudo en el pecho, uno más. Y esta mañana, a la luz del sol y el viento amable de abril, he leído la carta de Ogariov, romántico, viejo y deshecho, a su novia Mary. Y esas palabras confeccionadas con los últimos pedazos de esperanza que el alcohólico ruso conservaba se han unido a los ecos de las palabras de Óscar, y ese pulso azul del tiempo perdido ha vuelto a mi corazón. Quiero seguir aprendiendo, quiero interesarme por la vida.

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2 comentarios en “Pintura azul

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