Un cuadro que no entiendo y Henry Marsh

Llevaba un rato mirando el cuadro. Adornaba, como la mesa de cristal con revistas o la fuente de agua, la sala de espera de la clínica. Iban a inyectarme, entre el iris y el cristalino, una lentilla que haría de mis problemas de visión un sueño viejo y malo y borroso. Me habían dado un tranquilizante y las piernas me pesaban como si fueran dos enormes bolsas de agua caliente que uno se lleva a la cama en invierno. Me sentía en paz y lo último que quería era ponerme a pensar en arte.

Ahora la recuerdo. Era una de esas pinturas ante las que no puedo evitar, en cualquier tiempo y lugar, sentir la ligera sensación de que me están estafando. Suele sentirse lo mismo en ciertos actos literarios en los que el público, que no ha entendido nada o que se aburre, irrumpe en aplausos con los que, más que aplaudir a otro, se ovaciona a sí mismo.

Cruzaba el centro una cinta roja y alargada, flanqueada por dos bandas blancas, pegotes sobre el crudo fondo mudo. Imagino que al mirarlo de lado el cuadro, incrustado de generosos empastes, tendría el aspecto de los mapas en relieve que todos los cartógrafos, topógrafos, ingenieros de caminos y profesores de Geografía tienen colgados en las paredes de sus despachos y sus aulas. Las verdes vegas, los pardos montes, el aguado azul de las costas, los picos blancos de Sierra Nevada. De chico pasaba mis dedos sobre todos ellos, por millones de hectáreas y de andaluces, por encima incluso de mí mismo. Entonces, como todos los niños, podía abarcar la vida con el gesto sencillo con que tocan las manos, con que ven los ojos el mundo fácil.

Ando leyendo las memorias de Henry Marsh, un viejo neurocirujano que sabe escribir. No es algo inusual. En Sevilla, muchos médicos forman parte de las academias de Medicina y de Bellas Artes. La verdad es que cortan los bisturís la piel lo mismo que cortan los filos de las hojas de los libros las yemas de los dedos. Marsh escribe como trabaja, con precisión, con mano segura. No puede dudar cuando, más allá de la coraza del cráneo, detrás de las meninges, por arboladuras de venas y arterias profundas y frágiles, debe extirpar un tumor o grapar un aneurisma, en un espacio de unos pocos milímetros, rodeado de peligros que pueden acabar con la vida de su paciente. El suyo es un trabajo exigente y fascinante. En las primeras páginas nos dice ya que no entiende cómo podemos convertir en pensamientos, en recuerdos, en palabras o en cuadros como el de mi consulta el amasijo de proteínas grasas, creo que así las llama, proteínas grasas y líquido cefalorraquídeo y sangre, una cuarta parte de la que en cada latido bombean todos nuestros corazones, que nos llena la cabeza de pájaros y fantasmas.

Marsh, que tantos cerebros ha visto, tampoco sabría entender el misterio del cuadro, esquivo como los enamoramientos, como la niebla que adormece, como yo me adormecía retrepado en el sillón de cuero, el perfil seguro de las cosas bajo el sol caliente. Es inútil: hay mucho que no puedo entender y lo que menos entiendo es este cerebro al que enjaulo y que me enjaula, como si yo mismo hubiera pintado el cuadro absurdo que me contiene.

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