Detrás del tiempo

Hoy he vuelto a leer, por enésima vez, lo que dijo Groucho: “Nunca pertenecería a un club que me aceptara como socio”. Durante muchos años fui incapaz de pillarle la gracia, o al menos de traspasar la fina corteza de la contradicción primera. Poco a poco he comprendido su complejidad, y he sentido también lo que creo recordar que escribió Maurice Blanchot a propósito de Heráclito: el poder proteico de la paradoja, su renovación continua del mundo en el lenguaje del fragmento.

Pero abandonemos este tono borgiano. Lo mismo que me ha pasado con la frase de Groucho me ha ocurrido, por ejemplo, con capítulos de los Simpson, con esas referencias culturales inasibles para un niño que los guionistas entreveraban en la trama para el público adulto.

Al final, de lo que aquí se trata es del tiempo. Del tiempo que convierte la tragedia en comedia o del tiempo, como aquí, que vuelve, hálito bíblico, visible lo invisible.

He recordado al respecto una frase, no sé si de Wilde o de Twain, que decía que si uno mira el tiempo suficiente cualquier cosa, la gente acabará mirando con nosotros. Es esperanzador pensar que todo desconsuelo guarda un significado oculto, y que basta mirar con atención el mundo, la oscuridad, los espejos, para entender.

 

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