Transiberiano

El Transiberiano es la metáfora perfecta de la vida. Por un lado, es un largo viaje. Por otro, es un viaje del que todos tenemos noticia pero que casi nadie conoce realmente. Tercero: el inicio y el final tienen una precisión cortante y analgésica. Moscú: bien. Vladivostok: bien. Se nace y se muere, y ese es todo el consuelo. En medio, el camino se hunde en el desorden: Kazán y Ekaterimburgo, con sus nombres vagamente familiares, aún nos procuran algo de calma. Sin embargo, y quién sabe en cuál de los 9.288 kilómetros de su trayectoria, cuando el tren, como un misil, o la vida, atraviesan no sé si estepas o escarpadas estribaciones, llegamos a Novosibirsk. Y luego a Ulán-Udé. No hablemos ya de todo lo que se encuentra entre una y otra etapa. Para entonces no entendemos nada. Nos dejamos deslizar. Ni siquiera la gente que ve pasar el tren como una sombra, ese tren en el que viajamos como en el vientre de una ballena metálica, ni siquiera esa gente que deja un instante en el suelo o pendiendo del brazo su arado o su pipa, gente cuyos rostros ingentes se amoldan a los rostros de la palabra gente, ni siquiera esa gente que habita en el mismo olvido tiene nuestros rasgos. En nuestro camino hacia el extrañamiento, hacia la soledad, hacia el desarraigo, nos hemos ido alejando de todo y de todos, hemos ido perdiendo todo lo que creíamos que nos unía al mundo, en continua expansión como el universo del que este mismo tren, y en él mi cuerpo, y dentro de él este texto, forman parte.

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