Una epifanía

He dicho otras veces que uno, si se propone escribir con regularidad, necesita ir por la vida atrapando al vuelo imágenes, palabras, ideas, conversaciones sueltas. La escritura, por decirlo así, es el depósito de gasolina de un coche; hay que ir a repostar de vez en cuando, y hay que mantener el coche en marcha, y es imposible no caer a veces en la obviedad, la tontería, el churro. Pero es necesario cometer todos esos errores para aprender a hacer lo correcto. Es otro de los muchos paralelismos que, rascando un poco, pueden encontrarse entre la vida y la literatura.

El caso es que, en ciertos momentos, la realidad parece conjugar dos o tres de estos signos, de tal modo que, vistos con perspectiva, en ellos se revela una relación oculta. Más allá de que esta coincidencia sea o no relevante, lo que nos importa entonces no es eso. Nos importan su belleza, su armonía, nos importa el orden efímero que imponen sobre un mundo en descomposición.

Después de cenar, en la habitación del hotel, he sentido una de esas epifanías. Esta en concreto se remonta semanas en el tiempo. Desde que estoy viendo Downton Abbey he comprendido la razón de lo que siempre he visto como una sinrazón: el protocolo, la jerarquía, el cuchillo de pescado y el smalltalk. Todo eso establece una frontera entre lo correcto y lo incorrecto, ya lo sabemos. Pero, más allá de esto, todo esto no niega lo incorrecto, no ahoga las pulsiones, no las reprime por completo. Todo esto es la armadura, la decoración, la luz con que tratamos de eclipsar y mantener bajo control lo que nos hace humanos. Es una muestra de amor, en el fondo. Todo esto permite que nos desordenemos ordenadamente. Es, en fin, lo contrario de la revolución.

Da la casualidad de que me estoy leyendo Ana Karenina, que es Downton Abbey pero en Rusia.

Últimamente, con la serie y con el libro, se me ha ocurrido que existen normas y costumbres que no comprendemos y que jamás comprenderemos. Que hagamos lo que hagamos, vivamos como vivamos, nunca lograremos llegar a la raíz del asunto. Y es esa idea la que completa la carambola. Porque esas leyes bíblicas, creadas por dios, que no es más que hombres amontonados, aparecen en cierto modo en la última película que he visto: Incidente en Ox-Bow.

Alguien lee una carta, y la carta dice: “La ley es mucho más que unas palabras escritas en un libro, o los jueces, abogados o alguaciles contratados para aplicarla. Es todo lo que la gente ha aprendido sobre la justicia y lo que está bien y lo que está mal. Es la mismísima conciencia de la humanidad. No puede existir la civilización a menos que la gente tenga una conciencia. Porque si las personas tocan a Dios, ¿cómo lo hacen si no es a través de su conciencia? ¿Y qué es la conciencia de alguien más que un pedacito de la conciencia de todos los hombres que han vivido?”

Por eso este texto. Porque tres obras que jamás compartieron espacio ni tiempo han encontrado, en este cuerpo olvidado, un lugar en el que descansar y encontrar una vida, es decir, un nuevo significado.

Anuncios

Un comentario en “Una epifanía

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s