Lo que no cambia

Estos días, no sé en concreto por qué, me está rondando una idea. Supongo que no es más que un residuo de mis lecturas, imagino que al cerrar un libro los caminos que limitan sus tapas no finalizan del todo, y que andan sueltos por ahí y se encuentran con uno en sitios insospechados, marcando el aire invisible con sus paraderos indiferentes.

Esa idea quizás tenga que ver algo con todo esto que cuento de los libros cerrados. Y ahora que lo pienso, tal vez tenga también algo que ver con que mi móvil estuviera a punto de hacerse añicos contra el suelo en la fiesta de Nochevieja. Antes de llevarlo a reparar, por prevención, pasé a un ordenador las fotos y archivos que almacenaba. Estos aparatos son una extensión de nuestra vida, y funcionan a veces con sus mismas reglas, así que aproveché para eliminar los mismos pasajes y paisajes sin significado que nuestra memoria olvidadiza cosecha. Cuánto absurdo y cuánto dolor inevitable acumulará nuestro cerebro, me pregunté entonces.

Entre aquellas fotografías encontré las que hice meses atrás a mi colegio. Había llegado a sus puertas una mañana de domingo, en uno de mis largos paseos. Llevaba años sin verlo. Permanecía incólume, juraría que cada uno de sus detalles se amoldaba a la imagen mental que conformé hace más de diez años: el firme agrietado de la entrada al aparcamiento, la minúscula casa de la portera, el tejado azul en medio del patio, los árboles, no sé si sauces, de la esquina en el fondo, su húmeda sombra verde, el muro bajo en el que jugábamos a las chapas en los recreos. Como escribe Juan Gabriel Vásquez en El ruido de las cosas al caer: “Aquí la realidad se ajustaba —como no suele hacerlo a menudo— a la memoria que tenemos de ella”.

Quizás todo ello haya nutrido esta idea que me acompaña: cómo los objetos muertos cambian con el tiempo y cómo otros aguantan sus embates como se oculta bajo las olas el nadador primerizo, cómo algunas personas se tornan en hojarasca, en naturaleza muerta, y cómo otras, pese a todo, nunca se fueron, cómo nuestra torpe y afanosa imaginación acoge todo lo que pudo ser, lo posible y lo imposible, y cómo en cierto punto se desembaraza de la realidad terca, sin vuelta atrás, para alimentar sus delirios.

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