Los naufragios

Estas palabras están escritas en El libro de los amores ridículos: “El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido”. Las escribió Milan Kundera, y las cita Kirmen Uribe en su última novela, La hora de despertarnos juntos.

En mis últimos textos parto de una o dos ideas. Aquí, por ejemplo, la frase de Kundera es la primera. Los textos pueden ser bellos, tristes, tiernos o violentos, pero siempre están apuntalados por un par de pensamientos. Algunos son viejos y manoseados, aunque la mayoría los tengo que atrapar al vuelo. Caen no se sabe de dónde. No los espero, no los sospecho. No dependen de mí. Puede brotar la alegría en un fondo de amargura, y puede sorprenderme, sin ningún sentido, la más paralizante obsesión en mitad de la calma. Ignoro su origen, no sé por qué razón llegan en uno y no en otro momento.

La otra de las ideas que sostiene este texto concierne también a la literatura. Si, como se dice, todos los caminos conducen a Roma, en 1936 todas las pesadillas de Europa confluyeron en España. En este laboratorio macabro, en esta alquimia del erial, mataron a muchos escritores. Desde el 1 de enero de 2017 su obra es de dominio público.

Estaba yo muy tranquilo en casa de unos amigos, sentado en un sillón, viendo a mi sobrino jugar en una mesa baja con un tren eléctrico. Era muy tarde. Había papel de regalo roto, primorosos envoltorios de papel, cajas de metal con dulces y dibujos antiguos. Me habían regalado Las armas y las letras.

No sé aún por qué, de entre todas las imágenes e ideas que flotaban en la luz de la noche, recordé la frase de Kundera, ni por qué la frase vino a mezclarse en mi cabeza con los escritores fusilados de la Guerra Civil. Lo que importa ahora, cuando todo ha pasado, es lo que entonces se me ocurrió: que también la vida va liberando sus obras y la niebla va alzando su velo y que, año tras año, llegan a nosotros los sueños muertos, los errores, los amores difíciles, como restos de un naufragio, y entonces comprendemos.

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