Los infinitos comienzos

De algún modo, el 1 de enero es una oportunidad para ver el infinito. Pero mejor será que me explique. Cuando yo era pequeño, puede que cuando estuviera en el instituto y tuviera unos trece o catorce años, mi hermano ya llevaba varios cursos estudiando matemáticas en la universidad. Yo sabía que, de enfrentarme a sus apuntes, iba a ser incapaz de entender nada. La intuición o la abstracción eran inútiles, y apenas servían para descubrir, trasteando con la calculadora, ciertos juegos numéricos, ciertas reglas sencillas. Era lo único a lo que aspiraba. Dejaba llevar la mano de la mano del aburrimiento y la curiosidad y, con el tiempo, como manzanas maduras, los frutos de esa búsqueda errática iban cayendo. Cada vez que esto pasaba, y si mi hermano no estaba a mano, memorizaba estos algoritmos rudimentarios para repetírselos más tarde. Supongo que, desde su perspectiva, yo no era más que un niño que descubría el rayo o la lluvia.

Una de esas fantasías lógicas consistía en pensar que, entre cada número natural, existen infinitos números, y que de ello se deduce que entre cada dos pasos existen, por la misma razón, infinitos intervalos, y que al caminar conjuramos esos sucesivos imposibles.

Decía, pues, que el 1 de enero es una oportunidad para ver el infinito, para atisbar los infinitos caminos que aún no ha descartado el tiempo. Cada año nuevo es el punto en el que todo el futuro se concentra, un nuevo big bang en el que todas las decisiones, todas las causas y consecuencias, todas las vidas y muertes posibles aguardan. Da igual, igual que antes, acudir a la lógica o la memoria, porque todo eso, que está ahí, esperándonos, resulta imperceptible.

Me he acordado de todo esto porque bien entrada la primera noche de este año, a la altura de la cuarta o la quinta copa de Eristoff con limón, he ido a hacer una foto, y mis dedos torpes han dejado caer mi móvil, y mi móvil ha caído en plancha contra el suelo en una fugaz cámara lenta, y le he dado la vuelta y por primera vez la pantalla se ha roto, y al verla sembrada de grietas, al ver el perfecto relámpago trazado en el cristal, su precisa representación del azar, he pensado que, en cierto modo, cada inicio es un espejo roto, un mosaico líquido, y que los años van pasando y cayendo uno encima del otro, encima de mí, y que los años se van haciendo añicos y me van haciendo añicos, y que de estos trozos, de estas fronteras inabarcables, debo seguir construyéndome a mí mismo.

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2 comentarios en “Los infinitos comienzos

  1. Cualquier matemático en su trabajo es un niño descubriendo la lluvia. Esas reflexiones y averiguaciones eran prueba de inteligencia y curiosidad.

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