Lo que se nos escapa

No recuerdo ahora en cuál, pero en uno de los especiales de Halloween de los Simpson aparece Lucy Lawless, la actriz que interpretó a Xena, respondiendo a las preguntas de los fans de la serie. Y uno de ellos, el profesor Frink o el dueño de La mazmorra del androide, le dice que cómo es posible que si en una escena la protagonista iba a caballo en la siguiente lo hiciera en una nave espacial. Hablo de memoria, probablemente no fuera exactamente así.

Dejemos todo eso aparcado unos minutos.

A mi trabajo llegan, cada fin de semana, las revistas de los periódicos. XL Semanal. ICON. El Cultural. El País Semanal. Papel. Me gusta ojearlas porque siempre aprendo algo nuevo, así que estoy aprovechando estos días para reducir los montones que ocupan mi mesa, levemente orogénicos.

Estaba leyendo la cuarta o quinta columna de David Gistau cuando he captado una curiosa repetición. En su artículo “Amor fraternal“, del nº 1518 del XL Semanal, escribe: “Los dos sabemos que sólo el miedo a la Policía impide que la condición humana nos haga aniquilarnos los unos a los otros”. Y cuatro números después, en “El nombre de la cosa“, apunta: “Sólo el miedo a las represalias me impuso cordura, como dice Schopenhauer que ocurre con la condición humana, a la que sólo endereza el miedo a la Policía.”

Es natural que los columnistas, encadenados al calendario, caigan en estos lugares comunes. A veces no hay tiempo para leer o ver un documental o aprender de la vida, a veces simplemente no apetece. Le pasa lo mismo a Ignacio Ruiz-Quintano, leído y atrabiliario columnista de la contraportada de ABC. Raro es que al menos una vez a la semana no hable de Tocqueville, Carl Schmitt o la VRM ilustrada: Voltaire-Rousseau-Montesquieu. Hagan la prueba.

Sigo con lo de antes. Lucy Lawless, que no sabe qué decir, le dice al fan que cuando no entienda algo de la serie, lo hizo un mago. Siempre se nos va a escapar algo. Y siempre habrá, con suerte, un lector que nos despiece y reconstruya, y entonces no sabremos qué decir porque no habrá nada que decir.

Al hilo de esto, leí una vez que García Márquez no dejaba de sorprenderse cuando oía las conclusiones a las que llegaban algunos de los estudiosos de su obra. Sus libros, por así decirlo, salían aleteando sus tapas tras el punto final como un globo que se le escapa a un niño, para seguir los caprichosos caminos del viento o de los estudios literarios.

Así, tras esta jornada de lectura intensiva, pienso lo mismo de los columnistas, héroes de yemas sucias y café con leche, buscadores sin meta, siempre expuestos, siempre yendo hacia adelante sin saber adónde irán ni qué buscarán mañana, “barcos contra la corriente”, como dijo Fitzgerald, contra la corriente de los años y de sí mismos, “atraídos incesantemente hacia el pasado”.

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