Veo a un muerto

Volviendo de jugar al fútbol he visto a un muerto. Lo estaban sacando de un callejón húmedo cerquita de la Plaza del Pelícano. Tenía la cara muy quieta, el pecho rígido, los pies fríos. Todo esto lo vi, lo creí ver o sentí ver, bajo la manta azul eléctrico con que lo cubrieron. Bloqueando el paso a los coches esperaba una furgoneta con las puertas traseras abiertas como una boca que canta o que devora. Faltaba que lloviera, una llovizna lánguida de cementerio inglés, quizás sólo una niebla.

Tenía que girar por Juzgado y doblar a la izquierda por Pasaje Mallol. Bastaban dos minutos para llegar a mi casa. Por eso, cuando me paré frente a la puerta de madera lisa para buscar las llaves en la mochila, aún tenía la imagen del muerto rascándome los ojos. La acera, justo en el tramo de mi bloque, está levantada por unas obras de Emasesa, así que podía ver las tuberías corrugadas, de un rojo pálido a la luz naranja de las farolas, saliendo del suelo como los gusanos gordos y pringosos de los dibujos animados.

Pensé en lo que no se ve, en cómo lo esencial de las cosas está oculto y en cómo nos fascina y nos aterroriza.

Subí las escaleras. La cerradura de mi casa resonó en el aire oscuro al abrirse. Encendí la luz del baño. Me miré al espejo y sentí un escalofrío.

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