Jazmines

Esta tarde he vuelto a Sevilla en tren desde Jerez. Por el camino, un cielo ceniciento racheaba sobre un campo inacabable y ondulado, del color y la textura de una manta de franela marrón. Junto a mí, una chica dormía en un vestido a rayas blancas y negras. A mi derecha, dos mujeres sudamericanas, de piel morena y voz queda, conversaban entre sí. Unas filas más adelante, tres chavales se hacían fotos y bromas a viva voz. El resto del vagón iba vacío. Yo leía, respirando la bruma dulce de esa compañía breve, sintiendo de alguna forma que no tenía que fingir con aquella gente que jamás volvería a ver o a reconocer siquiera. No había la necesidad de intercambiar una sola palabra, como ocurre en las fiestas o en los ascensores que bruscamente se detienen entre dos plantas.

Ya en casa, he recogido y doblado la ropa tendida y me he tomado leche con galletas en una taza decorada con pequeñas flores azules. Es sábado, pero siento ya la atmósfera lenta del domingo. Al poner el lavavajillas, he notado que había dejado de llover. Me he asomado a la ventana, apoyado en el marco, y he contemplado cómo el cielo se transformaba frente a mí: jirones oscuros; cúmulos suaves y blancos, lejanos y enormes como montañas, con cumbres doradas por el sol desmayado de la tarde; masas de agua gris que flota sin caer; y a intervalos irregulares, pedazos de cielo azul, ajeno a todo. A unos metros de mi ventana, goteaba una palmera, y a lo lejos gorjeaban los pájaros, escondidos en aleros o en las copas de los árboles.

En el aire ha quedado un olor apenas perceptible. Me he acordado entonces de la casa en el campo a la que solíamos ir para ver a mis abuelos, los padres de mi madre. Mi hermano la llamó una vez “la casa rara”, y todos acabamos llamándola también así. Era un edificio de ladrillo, rodeado de césped.

Cuando éramos pequeños, mi hermano y yo cogíamos flores de jazmín y buscábamos caracoles bajo las ventanas. Algunos días hacíamos barbacoas, y el aroma del humo y la carne inundaba la casa. A veces nos sorprendían los aspersores, y corríamos a refugiarnos en el salón, y yo me quedaba viendo caer el agua en la hierba, hipnotizado por su cadencia inmutable. Otras veces huíamos de la lluvia, que dibujaba formas caprichosas en las ventanas, mientras veíamos la tele y comíamos queso y patatas fritas en platos de plástico azul, en la penumbra. Son sensaciones que en mi memoria asocio a esos años. Es inevitable. Los jazmines. La carne asada. Las conchas de caracoles en las palmas de mis manos. La hierba mojada.

Es por eso que he mirado a este cielo triste, a esta luz que lentamente remite, a esta tarde ausente de sábado que no parece nunca decir nada, y he sonreído.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s