Imágenes vampíricas

Cuenta Lucas Arraut, director de ICON, en uno de los últimos números de la revista:

“Leí en la edición estadounidense de la revista Vanity Fair una reconstrucción del proceso de escritura de Cien años de soledad, ahora que esta obra maestra cumple 50 años. El resultado es extrañamente cautivador: Gabriel García Márquez pasó 18 meses encerrado ante su máquina de escribir. Fumó 30.000 cigarrillos. Escuchó elepés de Debussy, Bartók y los Beatles. Gastó 120.000 pesos (unos 9.200 euros). Mientras, su mujer, Mercedes, iba empeñando cosas como el teléfono, la nevera o la radio para afrontar las facturas. Al final vendió su coche, un Opel blanco de 1962. Una vez acabó de escribir, Gabo no pudo enviar el manuscrito a su editora: no tenía los 82 pesos que costaban los sellos.”

Lo que esta enumeración evoca evoca al mismo tiempo otras enumeraciones, quizá más vaporosas, menos tangibles, por ser imaginadas, sólo posibles.

-La mujer de García Márquez pelándose el brazo, una fina lámina por vez, con un pelapatatas, lámina a lámina que venderá luego en el mercado como primorosas lascas de parmesano.

-El patrimonio del matrimonio hecho humo entre el humo de los cigarros, 30.000, que fue chupando el escritor para darles sentido. Más de uno diría algo del timbre vampírico de esta imagen.

-Las lejanas legiones de investigadores que veneran hasta el más azaroso manchurrón de las resmas del Archivo del autor en el Harry Ransom Center de la universidad texana de Austin. Un manchurrón que vale más ahora que el Opel, la nevera, el teléfono, la radio y hasta la propia vida del escritor que lo escribió todo en, cuánto, quinientas o seiscientas hojas de papel barato, la propia vida de la mujer que lo vendió todo en, cuánto, quinientos o seiscientos días de vida hambrienta y, a pesar de ello, hoy nos parece, regalada.

-La imagen de alguien, en un pelotón de fusilamiento, escuchando con sorpresa, entremezclado en sus recuerdos de niño de hielo y mercachifles armenios, el love, love me do, algún eco como de bruma submarina de Debussy, pensando quiénes son, de dónde viene esta música que entra por mis oídos como cantos rodados y blancos, como perfectos huevos prehistóricos.

Sobra decir que, si no habéis leído Cien años de soledad, ya estáis tardando.

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