Razón enésima para admirar a Cervantes

A veces quienes leemos sentimos un placer que algunos considerarían pedante, y otros inútil. Me refiero a los ecos de un texto que uno encuentra en otro texto, y que amplían el mundo de ambos con nuevas resonancias.

Lo explico con un ejemplo.

Rodrigo Fresán escribió un libro de relatos, La velocidad de las cosas, en el que entre los textos, en principio sueltos, de pronto iba encontrando uno sutiles hilos que los unían. Eran detalles, pequeñas concordancias y coincidencias deliberadas, que demostraban que el protagonista de un cuento había visto o conocido al personaje principal de otro, o quizás la huella dejada por uno de ellos aparecía fugaz entre un mar de letras, como a veces Hitchcock, hecho peatón o testigo de un accidente de tráfico, se dejaba ver en sus películas.

Yo pensaba que Fresán era un visionario, que estaba rompiendo por primera vez los tabiques del libro, haciendo de todos los cuentos y de todos los mundos posibles uno solo.

Qué atrevida es la ignorancia, que dice el abuelo materno de unas primas mías. Porque ando leyendo las Novelas ejemplares de Cervantes, y en una de ellas, ‘El casamiento engañoso’, leo lo que sigue:

“-Pues lo que ahora diré dellos es razón que la cause, y que, sin hacerse cruces, ni alegar imposibles ni dificultades, vuesa merced se acomode a creerlo; y es que yo oí y casi vi con mis ojos a estos dos perros, que el uno se llama Cipión y el otro Berganza, estar una noche, que fue la penúltima que acabé de sudar, echados detrás de mi cama en unas esteras viejas; y, a la mitad de aquella noche, estando a escuras y desvelado, pensando en mis pasados sucesos y presentes desgracias, oí hablar allí junto, y estuve con atento oído escuchando, por ver si podía venir en conocimiento de los que hablaban y de lo que hablaban; y a poco rato vine a conocer, por lo que hablaban, los que hablaban, y eran los dos perros, Cipión y Berganza.”

Y luego, tras un peloteo de sornas y excusas, concluye el diálogo así:

“-Pues hay en esto otra cosa -dijo el alférez-: que, como yo estaba tan atento y tenía delicado el juicio, delicada, sotil y desocupada la memoria (merced a las muchas pasas y almendras que había comido), todo lo tomé de coro; y, casi por las mismas palabras que había oído, lo escribí otro día, sin buscar colores retóricas para adornarlo, ni qué añadir ni quitar para hacerle gustoso. No fue una noche sola la plática, que fueron dos consecutivamente, aunque yo no tengo escrita más de una, que es la vida de Berganza; y la del compañero Cipión pienso escribir (que fue la que se contó la noche segunda) cuando viere, o que ésta se crea, o, a lo menos, no se desprecie. El coloquio traigo en el seno; púselo en forma de coloquio por ahorrar de dijo Cipión, respondió Berganza, que suele alargar la escritura.

Y, en diciendo esto, sacó del pecho un cartapacio y le puso en las manos del licenciado, el cual le tomó riyéndose, y como haciendo burla de todo lo que había oído y de lo que pensaba leer.

-Yo me recuesto -dijo el alférez- en esta silla en tanto que vuesa merced lee, si quiere, esos sueños o disparates, que no tienen otra cosa de bueno si no es el poderlos dejar cuando enfaden.

-Haga vuesa merced su gusto -dijo Peralta-, que yo con brevedad me despediré desta letura.

Recostóse el alférez, abrió el licenciado el cartapacio, y en el principio vio que estaba puesto este título:

‘Novela del coloquio de los perros'”

El coloquio de los perros, por supuesto, es otra de las novelas ejemplares. Estas y otras novelas las imprimió Juan de la Cuesta en 1613. Cuatrocientos años antes de Fresán y sus cosas.

Reafirmo lo que tantas otras veces he pensado: cuanto más lee uno, más tonto se siente.

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3 comentarios en “Razón enésima para admirar a Cervantes

  1. Objeción a la última frase: “Una buena dosis de literatura vuelve inteligente casi a cualquiera.” Aunque quizás tengas razón: cuando uno se vuelve inteligente, comprende lo tonto que ha sido. Saludos.

    1. Tiene más el sentido último que el de tu frase, con la cual estoy parcialmente de acuerdo: hay que tener la lucidez y el valor de actuar según lo aprendido en los libros. En tal caso, me parece que el casi es enorme. Gracias por tu comentario, Ricardo.

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