El fantasma de Marías

Javier Marías es, desde hace unos meses, algo más que Javier Marías. Su nombre y el de otros hombres -sólo hombres- forman un puñado de referentes a los que acudir cuando uno busca al amargado hispánico. Así lo cree, al menos, la incontestable voz del internauta medio. Javier Marías se ha puesto, una vez más, de moda. Javier Marías es hoy, para muchos, un señor quejumbroso, que se agarra a la vida por los recuerdos de libros leídos, escritos, vividos. Hoy son pocas, dice Javier Marías, las razones para seguir viviendo.

En uno de sus artículos para El País Semanal, Javier Marías cita un poema de Stevenson. Robert Louis Stevenson, dice Javier Marías, “está enterrado en lo alto del Monte Vaea, en Samoa, a cuatro mil metros”. La cita no se ciñe a unos versos sueltos. Javier Marías incluye el poema entero, que tradujo hace décadas -“que traduje hace décadas”-. Es la voz de un muerto (el poema). Es la voz de un muerto, o de alguien que está a punto de morir, si es que eso, como cuentan muchas historias, puede adivinarse. Dejadme yacer, repite la voz, dejadme yacer bajo el inmenso y estrellado cielo. Cavad bien hondo, conmina, cavad bien hondo.

No es la primera vez que Javier Marías incluye un poema en uno de sus artículos. El motivo de este texto (del mío) no es ese. Hay algo que sí me ha parecido curioso. Insólito. El anuncio de su propia muerte.

Lo he visto tan claro que tengo que compartirlo, antes de que el fuego de esta revelación secreta me consuma.

Pensadlo bien. El artículo, titulado “Fui alegre al morir” (El País Semanal, 31/7/16, p.86), en la sección “La zona fantasma” (¡!), habla del veraneo, y en concreto del tiempo que, en teoría, libera el veraneo para leer. Leer, por ejemplo, en una feliz coincidencia de ficción y realidad, ‘En busca del tiempo perdido’. Javier Marías cuenta entonces que ya no tiene tanto tiempo para leer. Que, con suerte, da cuenta de unos cuantos capítulos en una incómoda silla de aeropuerto o en la espera indefinida de una indefinida estación. Que no sabe “cuándo vamos a leer a Proust, a Conrad, a Cervantes o a Montaigne”. El artículo culmina con el poema sin título de Stevenson. De tenerlo, alguien malintencionado elegiría “Este muerto está muy vivo”. No seré yo quien lo haga. Cada renglón está bañado, en fin, en tristeza, en nostalgia, en ubi sunt. Cavad bien hondo, concluye, cavad bien hondo y dejadme yacer.

Repasemos. La zona fantasma. Fui alegre al morir. Dejadme yacer. Por si estas pistas fueran insuficientes, más allá del artículo, en un paratexto esquinado, una voz fantasmal, la misma que redacta los editoriales y las fes de erratas, nos anuncia el destino del autor:

“Javier Marías se toma un descanso vacacional a partir de esta semana, y regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.”

Javier Marías, está claro, ha querido esconder, tras esta mentira piadosa, su testamento. Porque muy probablemente, en este instante, el siempre candidato al Nobel escala, bien pertrechado de clásicos, las calientes faldas del Monte Vaea, en la isla Upolu, Samoa, capital Apia, para unir a los huesos de Stevenson los suyos propios, huesos cansados más por el peso fatal de la existencia que por el esfuerzo evidente que supone escalar un monte que, joder, Wikipedia dice que mide 472 metros, pero sigue siendo una enorme teta verde en medio de la mar océana.

En unos días, cuando los sherpas ricos en grasas de la zona encuentren su cadáver, naturalmente asido al ensayo I de Montaigne “Por diversos caminos se llega a semejante fin” (no le dio tiempo a más), el vaticinio de estas líneas se hará realidad. En su mochila, perdida en la selva, quedarán las cuatro mil páginas de La Pléïade, en tomos aún envueltos en un fino envoltorio plástico, de la obra capital de Proust, junto a todo Conrad, junto a todo Cervantes. La mochila pesaba demasiado. “Fui alegre al morir”. Ni por esas, don Javier.

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