Leyendas

Escribió hace unas semanas Eduardo Jordá en la tercera de ABC sobre Thomas Hardy y sobre la leyenda de los bueyes que todas las nochebuenas se arrodillaban porque el buey más famoso de la historia así lo hizo en el pesebre ante Jesús. Las leyendas, dice Jordá, “eran la única forma que tenían los seres humanos de conocer el mundo y de explicárselo y de hallarle un sentido”. Así fue durante mucho tiempo.

Hoy está extendida la idea de que las leyendas y cuentos que han dibujado el mundo como trazaba bisontes el hombre en las cuevas, profetizando la caza en la roca, son inútiles. Que por fortuna los fuimos abandonando en la orilla del tiempo. Mi profesor de filosofía en el instituto no dejaba de insistir en la importancia que tuvo el paso del mito al logos. Pobres de los indios de las praderas, que veían a sus muertos viejos galopar la hierba de las estrellas. Pobres de los antiguos hombres que adoraban al sol y a la luna esquiva. Pobres niños y pobres las niñas de sus ojos.

Por todo esto me gusta a veces pensar que existe un dios, que ese dios nos hizo, y que para esconderse de nosotros nos implantó la convicción de que la ciencia y la lógica y las luces de la razón son siempre el mejor camino posible. Y que así sólo ese dios sabe que todo eso es una golosina, una trampa del cerebro, y que llevamos siglos jugueteando con sombras convencidos de lo contrario. Y que así se ríen y se reirán de nosotros dios y la tierra envejecida, y los bueyes y los bisontes y el sol y los espíritus y todos los muertos, viéndonos bailar entre tinieblas.

 

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