Café Society

Aparece en Café Society un puente en Nueva York. Es de noche, y al fondo descansan los rascacielos, salpicados de luces noctámbulas. Me he acordado del puente de Brooklyn*, de esa presencia lejana y gris que enmarcaba las siluetas de Diane Keaton y de Woody Allen en Manhattan.

Han bastado unos segundos para volver a una ciudad en la que nunca he estado, un lugar que a pesar de todo recuerdo y donde, como en tantos otros lugares de ficción, algo de mí permanece. Sé que sabéis de lo que hablo.

No importa entonces el tiempo. No importa que estemos en los años 30 o en los años 70. Yo he estado ahí, yo estoy ahí. En el melancólico blanco y negro y en los rostros encendidos de la imagen digital, una sombra se perfila, y esa sombra lleva mi nombre.

La encuentro a cada instante, subida a mi espalda al levantarme, suspendida en el aire, mezclada con la sangre de los hombres y mujeres sin sangre ni vida que viven y sueñan conmigo. Me veo crecer reflejado en ella, observo en sus rasgos los rasgos disueltos por los años, y sé, sin duda, que esto que hoy escribo, y el nombre que encabezará este texto, dirán lo mismo de mí mañana que los lugares en los que nunca he estado. Todo.

*El puente es el de Queensboro. No haber estado en los sitios de los que uno habla convierte el recuerdo en imaginación.

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