Holoceno

Hay, entre el kilómetro 228 y el 229 de la A-5, cayendo al sur, el esqueleto calcinado de un camión abandonado en una cuneta. Quien quiera aún tiene tiempo de comprobarlo: hoy lo he visto al volver a Sevilla y ayer lo vi, al otro lado de la mediana, como un monstruo prehistórico, en el camino de ida a Madrid. Puedo imaginarlo ahí desde hace años, hace quizás millones de años, rodeado de australopitecos alarmados, como el monolito aquel de Kubrick. Puedo imaginar, por ello, que seguirá allí mucho tiempo más.

Sospecho que quien fuera ha decidido dejarlo en ese lugar. Y sospecho también que la razón es romántica. Esa sombra negra, ese rescoldo de máquina, esa metálica ballena varada, es España. Sí, últimamente me duele mucho España, que es una fase por la que al parecer pasamos todos, y veo por todas partes señales que alimentan sus síntomas y atacan mi organismo. Me duele España y la veo dolerme incesante, en mis sueños y en cada una de las horas de mis vigilias.

Por eso, al ver de nuevo ese camión que había creído olvidar minutos después de haberlo visto por primera vez, he recordado otra imagen de esta mañana.

En la plaza de Santa Ana, bajo el sol inclemente, justo cuando me había parado a ver de cerca una estatua en la que Lorca sostiene un pájaro entre las manos, oí primero un golpe, luego muchos pasos y luego preguntas apresuradas. Yo mismo acudí al lugar de los hechos: frente al Teatro Español, ante los nombres de nuestros más iluminados dramaturgos, una señora se había caído al suelo. Siguiendo los cánones establecidos, una amiga de la señora, interpretando un papel secundario, sin moverse de su sitio, decía cosas como “¡Qué pena!” y “¡Pero qué haces!”, frases sin duda dirigidas a su en ese momento atribulada amiga, y que parecían servir más como alivio cómico que como ayuda efectiva. Yo me limité a recoger un bolso despanzurrado y unas gafas de sol marrones, dando por hecho que pertenecían a la señora del suelo, y luego dárselas a la señora de las frases desconsoladas, que naturalmente seguía declamando sus líneas. La señora del suelo, mientras tanto, y con un humor homérico, pidió que alguien le hiciera una foto.

Por alguna razón que ahora no atrapo, ese camión y esa señora, caídos ambos, de algún modo igualmente traicionados por el tiempo y las circunstancias, me han parecido emblemas de lo mismo. Los consigno aquí como indicios de un enigma aún no resuelto, con el fin de analizarlos más adelante.

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