Las formas de ver de John Berger (II)

2: La mujer, naturaleza muerta

Baco está inquieto: desde hace tiempo está enamorado de Ceres. También los dioses sufren por amor, y ha logrado convencer a Cupido, ofreciéndole los más delicados vinos, para que inocule en el corazón de la diosa la pasión y el deseo que ella misma no se digna a concederle. Llegado el momento propicio, el dios altivo, engalanado con corona y capa –uno de cuyos pliegues oculta convenientemente la entrepierna–, y acompañado del pequeño alado, finge cansancio y deja su carga y su cuerpo a la vera de la diosa. Hace frío, pero ella está desnuda. Baco le habla y ella parece escucharle, pero sus ojos no hacen contacto con los suyos, fijos en un punto incierto, a la espalda del lugar donde descansan. No sólo los ojos: el torso de Ceres se da parcialmente la vuelta, ignorando por completo al dios desconcertado, desdeñando su amor olímpico por el de otro hombre, al que ninguno de los tres conoce, pero en cuyas manos descansa el sentido de sus vidas, de su belleza y de su historia: el espectador.

Esto que hace Ceres no lo hace porque pretenda, en su divina voluntad, seducir a otro hombre a pesar de los esfuerzos de Baco; lo hace porque es mujer usada, es mujer situada en el arte, y la mujer en el arte siempre ha sido forzada. Para el pintor; para el grupo social, pequeño o grande, que comprara o consumiera el cuadro; para muchas mujeres incluso, que asumieron dicho rol como algo natural y no sobrevenido, la misión de la mujer en el arte –de forma análoga a la visión tradicional del papel de la mujer en la vida– es accesorio: una escena con mujeres es una suerte de bodegón atípico, un amasijo de órganos y huesos que, por coincidencia, forman figuras casi humanas, salvo por la propia humanidad de la que carecen. En el arte, la mayor parte de las veces supone lo mismo la presencia de un cuenco con fruta o de un paraguas en su paragüero que la de una señorita desnuda y sonriente: ninguno de ellos tiene vida interior. Están ahí para hacer bonito. La mujer es aquí, entonces, como las plantas de mentira que adornan las consultas médicas y las tiendas de muebles, huérfanas de cuidados y de consuelo, destinadas a un servicio eterno al hombre, al que mira, al que posee.

John Berger lo resume con una frase extraordinaria: “Los hombres actúan y las mujeres aparecen”. En efecto, el hombre siempre aparece haciendo algo, siendo el protagonista del cuadro, rechazando cualquier otra presencia fuera de él, constriñendo toda interpretación, imponiendo a la mirada los límites estrictos de la historia. Con la mujer no ocurre así. Hay un caso que es sangrante: el cuadro Les Oréades, de William Bouguereau. Las Oreadas eran, para los griegos, las ninfas de las montañas y de las grutas. En esta pintura, un torbellino de oreadas exhiben sus cuerpos ante las miradas salaces de tres sátiros arrellanados en una ribera. Ignoremos cualquier crítica estrictamente pictórica –como la que aparece en la ficha de esta obra en la web del Museo de Orsay–, y atendamos a esta apostilla del siempre crítico Berger: “Estadistas y hombres de negocios discutían debajo de cuadros como este. Cuando alguno tenía la sensación de haber sido superado en astucia por otro, miraba hacia arriba en busca de consuelo. Lo que veía le recordaba que era un hombre”.

Un cuadro así no exaltaba la sexualidad de la mujer, sino la del hombre. A pesar de sus fracasos en el mundo viril de los negocios, el hombre tenía a su merced el cuerpo de la mujer, expuesto en toda clase de posturas, dispuesto a satisfacer sus apetitos más procaces y a restablecer su valía y su esperanza en sí mismo.

Este placer hurtado cambió la forma de ver el cuerpo humano, creando dos categorías que Berger define como “estar desnudo” y “ser un desnudo”. Estar desnudo es librar al cuerpo del rapto y de ser juzgado, es el desnudo natural, el que no busca más placer que el que proporcione a quien se desnuda. Ser un desnudo acaba con la personalidad para “convertir en un disfraz la superficie de la propia piel, los cabellos del propio cuerpo”. Es en esta categoría donde encuentra su justificación el desnudo femenino en la historia del arte. Esta concepción ha llegado hasta nuestros días con el porno: en él –salvo excepciones– las mujeres son siempre dominadas, nunca toman el mando, y si lo hacen es para reflejar una conciencia reflexiva del propio espectador: actúan bajo las categorías del placer masculino, más como ejecutoras de un control masoquista que como inductoras de un placer personal y genuino. A veces, compartiendo fronteras con la moda.

La constante presión estética ejercida sobre la mujer ha dado lugar a que sean ellas las que hagan consigo mismas “lo que los hombres hacen con ellas. Supervisan, como los hombres, su propia feminidad”. Hay toda una industria de la belleza que, a pesar de haber llevado sus cremas y mejunjes a los armarios de los hombres, continúa siendo una presencia abrumadora en los espejos y conciencias de las mujeres.

Para evitar este canon machista, quizás una estrategia sea la que nos propone John Berger al final de este ensayo: “Elijan en este libro una imagen de un desnudo tradicional. Transformen la mujer en hombre, ya sea mentalmente, ya sea dibujado sobre la ilustración. Observarán entonces el carácter violento de esta transformación. Violento no para la imagen, sino para las ideas preconcebidas del que la contempla”. De pronto, los hombres, que jamás alzamos la vista más allá de nuestro propio horizonte, sentiremos en la espalda un dolor punzante: el de unos ojos sin rostro, una mirada monstruosa que nos desnuda. De golpe, sentimos como hermanos al cuenco de frutas, al paraguas en su paragüero.

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