Las formas de ver de John Berger (I)

Ayer murió John Berger. Hace unos años leí, siguiendo la recomendación de un suplemento cultural o un diario inglés, no recuerdo ahora, su libro Modos de ver. Reconozco que el librito (porque no era muy largo ni muy sesudo, cosa que todavía agradezco) cambió mi forma de ver el arte. Lo digo en serio. Entre enero y febrero de 2014 escribí un artículo sobre él, dividido en tres partes. Hoy, mañana y pasado mañana las publicaré aquí para que podáis leerlas si os apetece.


Piense en una obra de arte; o mejor: en una Obra de Arte, uno de esos cuadros por los que millonarios excéntricos darían su riñón, o alguna de esas esculturas griegas que pueblan su mente con sus lisos muslos de mármol y sus extremidades perdidas. ¿Qué son para usted? Quizás piense que son algo bonito, o que sirven para hacer pensar, o para conservar un recuerdo o para blanquear dinero. Si piensa esto último, le recomiendo que no lo haga en voz alta.

Por supuesto, cualquiera de esas respuestas es válida. Pero todas ellas parecen quedarse en la superficie. Si superamos la superficie veremos que cada obra de arte es producto de una época histórica, que su creador le dio su forma en una sociedad concreta y en un momento vital marcado por necesidades que quizás jamás volvió a tener. Pero hay más. Más allá del que crea la obra de arte está el que la utiliza. Un cuadro se puede usar para decorar el salón o para reducir a la mujer a ser un simple objeto. Todo depende de cómo se mire.

En 1972, el escritor y crítico de arte John Berger escribió unos breves documentales para la BBC titulados Formas de ver. Ese mismo año, Berger adaptaría el programa a un libro homónimo. Sus siete ensayos –tres de ellos exclusivamente visuales– tratan algunos aspectos que no suelen tenerse en cuenta cuando uno piensa en el arte. Repasemos las cuatros formas de ver que Berger nos propone.

1: El arte, en casa de todos

En medio de una sala del Louvre hay una pared, y en la pared hay una vitrina a prueba de bombas nucleares, y en la vitrina hay un cuadro, y en el cuadro una sonrisa que quiere o no quiere ser sonrisa: la Mona Lisa. Pues ese mismo rostro, con su bucólico paisaje en el fondo, ha superado todos los techos y fronteras para llegar a todas partes: la he visto en camisetas, en posters, en cuadros más pequeños o más grandes, en anuncios, en tazas. Basta poner “Gioconda” en Google Imágenes para ver todas las versiones imaginables, desde la muchacha del culo caliente de Duchamp hasta la Gioconda con iPod, la Gioconda con bigote o la Gioconda Yao Ming.

Pero esto no siempre ha sido así.

Antes de que inventaran la cámara de fotos y de que brotaran del ingenio humano miles de mecanismos de copia y reproducción de imágenes, una obra de arte estaba asociada a un único lugar. Era imposible ver los frescos de Giotto si uno no visitaba la capilla de los Scrovegni en Padua. Podías saber de ellos, podían describírtelos en detalle, con fieles dibujos y floridos adjetivos, pero sólo se podían ver en un sitio. Sí, una obra de arte podía transportarse, pero no podía estar en dos sitios a la vez. Hasta que pudo copiarse. En ese momento, la imagen pudo estar al mismo tiempo en más de un lugar, con lo que “su significación se multiplica y se fragmenta en numerosas significaciones”.

¿Qué valor tiene entonces la obra original tras este cambio? ¿Qué importancia tenía no verla en su lugar de siempre, si uno podía verla ahora en cualquier otro lugar? Y lo más importante: si esto no es nada nuevo, ¿por qué seguimos visitando los museos para ver la obra original?

Porque ahora la importancia del original ha pasado de aquello que nos mostraba a aquello que es. Un Picasso verdadero no vale millones porque sea la única oportunidad de poder verlo, sino porque es la única forma de ver el original de todas las reproducciones de ese cuadro. Los libretos de los museos no hablan sólo de la técnica empleada o de la historia que cuenta o del paisaje que muestra: ahora también incluyen la vida del pintor, las manos por las que ha pasado la obra de arte, las familias de sus propietarios. Todo para probar que el cuadro de mi museo es el-primero-de-todos-los-cuadros-iguales-que-este.

La liberación espacial del arte abrió la puerta a otro cambio: cortar de raíz su dependencia de ciertos espacios e ideologías: “Las artes visuales han existido siempre dentro de cierto coto; inicialmente, este coto era mágico o sagrado. Pero era también físico: era el lugar, la caverna, el edificio en el que o para el que se hacía la obra. La experiencia del arte, que al principio fue la experiencia del rito, fue colocada al margen del resto de la vida, precisamente para que fuera capaz de ejercer cierto poder sobre ella. Posteriormente, el coto del arte cambió de carácter y se convirtió en coto social. Entró a formar parte de la cultura de la clase dominante y fue físicamente apartado y aislado en sus casas y palacios. A lo largo de toda esta historia, la autoridad del arte fue inseparable de la autoridad del coto.”

Hoy en día, la reproducción del arte permite usarlo en otros espacios, con otras interpretaciones. Pinterest y Tumblr son el último ejemplo de cómo cualquier persona puede combinar cualquier imagen para expresar cómo es, cómo piensa, cómo siente. Y, siendo más ambiciosos, la liberación del arte puede ser una cuestión política: “Una persona o una clase que es aislada de su propio pasado tiene menos libertad para decidir o actuar que una persona o una clase que ha sido capaz de situarse a sí misma en la historia”. Mientras se sacralice el arte, sólo podrá ser entendido desde el punto de vista hegemónico. Mientras el arte se entienda como algo exclusivo de ricos y museos y academias, tendremos una venda puesta en los ojos cuando queramos comprender la historia del mundo en el que vivimos, y entenderemos el arte como algo que, casi siempre, sólo será algo más que ver, una anécdota, un detalle, un fondo bonito y nada más.

 

 

 

 

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