Al otro lado del espejo

Sentado en el cuarto de baño, tratando de leer, he sido el testigo invisible de un conflicto familiar. Normalmente la lectura atenta impide que uno escuche todo lo que a su alrededor se oye, así que debe de haber habido algo que no sé ahora definir, una palabra o un ruido, que ha hecho que levante la vista del móvil.

Una madre le decía algo a su hijo. Él, algo inquieto, respondía con un murmullo incomprensible desde donde yo escuchaba, ya levantado y con la oreja puesta en el marco de metal de la ventana.

Sus palabras giraban en torno a la comida. La comida del lunes, concretamente. La madre amenazó al niño con ponerle lentejas si se portaba mal. Bastaron unos segundos para cumplir con su amenaza. El niño no paraba. No sé cuál era el paraíso de repente perdido, si huevos fritos o macarrones con queso. No importa. Él comenzó a pedir que rectificara. A rogar. A suplicar. Lo imaginaba desde mi observatorio pellizcándose, mesándose los cabellos, revolcándose por el suelo, lanzándose puñados de arena en los ojos (quizás de un terrario o del arenero del gato).

La madre, imperturbable, seguía respondiendo a los llantos del niño como si no estuviera rebozando unas croquetas de jamón en un plato duralex sino ordenando que le sacaran los ojos a un ladrón de Babilonia. Dura lex sed lex. De sus labios surgidos del Antiguo Testamento brotaban frases como “Yo quiero que quieras el bien para tu hermana” o “Quién te ha dicho que salgas de tu cuarto”, porque el niño, huelga decirlo, se obcecaba en alejar las lentejas de sus lunes, por encima de todas las fronteras y barreras levantadas por su madre, por encima de silencios y puertas, moralejas y admoniciones.

El niño fue cruzando todas las líneas que separan al hombre del animal. La lengua se le iba cubriendo de balbuceos, de hipidos, de tartamudeos. De su boca tan sólo brotaba ya un lenguaje hecho terrones, deshechos al contacto con el aire, que por supuesto yo era incapaz de entender desde mi atalaya.

Ahora mismo, frente al ordenador, los sigo oyendo. Él ha alcanzado los más profundos y oscuros grados de la degradación humana. Yo lo habría tirado por la ventana con los macarrones detrás pero ella ha sido capaz de no perder la calma en ningún momento.

Lo que más me ha sorprendido de todo esto es cómo, a través de aquella cámara oscura que es un patio de luces, aquellas dos voces sin carne han sido capaces de condensar, una dormida mañana de domingo, en un anónimo domicilio de Sevilla, la historia de la humanidad. No hay mejor escritor que la propia vida.

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