Mantel y copas

Con una copa en la mano, en casa de mis padres, he pensado en hormigas. Había sobre el mantel cajas de bombones, migas de pan, tenedores extraviados. Era por la tarde, y era un domingo, y por eso los relojes lamían los bordes del tiempo, de nuestra vida, sin tocarnos. Mucho más tarde, esperando al autobús, he sentido esas horas llegar con el viento frío, hundirse en el pozo de la noche nueva.

En casa estábamos bien. Habían venido mi hermano, Natalia, el niño, y habíamos almorzado todos juntos. Mis abuelos distraían sus sueños en el sofá. En la tele sonaba un concurso de sevillanas. Hemos comido hasta hartarnos. Mi padre ha sacado una botella de vino espumoso alicantino, y con la copa en la mano he pensado en hormigas. Subía y sonaba al salir el aire atrapado, y he puesto la oreja sobre el borde de mi copa medio vacía y he visto caer la tormenta en los cristales como oye un niño el mar en las caracolas. Y he recordado que a veces, cuando siento un picor suave, imagino que una fila de hormigas me recorre la piel. Podéis probarlo si queréis. Es insoportable.

Aún somos capaces de ver más que lo que vemos. Mi sobrino lo hace todo el rato. ¿Qué pensará al mirarme? ¿Por qué a veces me ignora y otras veces no puede apartar la vista de mí? ¿Qué querrá decir su lengua envuelta en dudas? ¿Cómo es capaz de borrar mi dolor, si nada sabe del dolor? No lo sé. Quizás estas letras traten de ver, de su mano, mi rostro en el suyo, el mar y la lluvia y la libertad en este viento frío.

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