Cortazariana

¿Encontraría al coche? Era tan fácil entonces. Irme un tiempo y verlo al volver, esperándome, en el mismo sitio donde lo había aparcado. Siempre me recibía con un adorno, un detalle, un regalo en forma de hoja de árbol caída y recogida en la noche o de anuncio de piso en venta en el parabrisas. Un cambio sutil en el que así mi recuerdo en él se anunciaba.

A veces, escribiendo en el trabajo o tumbado en la cama, me asaltaba el temor de encontrarlo varado en una calle del Cerro o de Torreblanca, en vías oscuras con nombres de profesiones o de estrellas, lejos de mí y de los sitios que frecuentábamos, movido por un anhelo frío de frotar sus neumáticos contra otros asfaltos. Y a pesar de que esas veces lograba obligarme a esperar hasta el día siguiente, tratando de no darle importancia a mis absurdas inquietudes, las horas se me desaguaban por un agujero abierto en el pecho. He temido tantas veces perderlo que esta mañana, cuando he visto ocupar a un coche rojo su lugar tan blanco, he permanecido un instante quieto en medio de la acera, con las llaves calientes entre mis dedos, sospechando -deseando- que fuera todo el fruto de una de mis pesadillas de enamorado.

Quise pensar y pensé, para tranquilizarme, que todo era un juego urdido por sus traviesos engranajes. Que era mi tarea buscarlo. Llamé al trabajo, me inventé una excusa, me despedí hasta el lunes. Respiré hondo. En una ciudad tan grande, de pronto tan fantasmal, sabía que iba a encontrar mil veces su sombra en otros coches, las mismas abolladuras en el costado izquierdo, el mismo tornillo suelto a un lado de la matrícula, el mismo trastabilleo al cambiar de marcha, sobre todo de segunda a tercera, él que tantas veces se apresuraba buscando no sé qué. Rescataba de mi memoria cada uno de sus rasgos, trataba en vano de cubrir su ausencia con recuerdos hilvanados, como se tapan con cuadros los agujeros de una pared.

Lo imaginaba abriéndose paso por Salesianos, a la sombra de autobuses jurásicos de los que bajaban y bajaban bandadas de turistas japoneses que luego subían y subían. Lo veía acelerar por la Ronda, pensar en mí, quizás, esperando la luz verde del cruce con José Laguillo, doblar por Arroyo o seguir hasta Santa Justa, de donde partían cansados raíles. Mis pies encerrados lo buscaban al ritmo que marcaban sus rutas imaginadas.

Con cada intersección enflaquecían mis esperanzas de encontrarlo, de volver a asir su volante, de tener con un gesto el control de su sangre, sus ejes, su elevalunas. Anduve horas por nuevos barrios, di cuenta sin dejar de caminar de un kebab completo de ternera que iba soltando salsa de yogur por un pliegue del papel de plata. Marché al fin sin rumbo, agotado, tarde ya en la tarde, y se me hizo de noche.

Aturdido y desorientado, busqué un taxi. No quería ser alarmista. Trataría de dormir y saldría a buscarlo de nuevo el sábado. No quería llamar aún a la policía. Seguro que estaba bien. Que volvería. Lo encontraría donde siempre, con una flor de azahar en sus espejos.

Salí a una ancha avenida. Al otro lado, un solar llenaba el silencio. En la explanada se alzaba un cartel enorme, lívido y desconchado en una de sus esquinas. A la luz anaranjada de una farola pude ver una hilera de bloques grises y blancos, una familia feliz -exactamente eso- y, en letras mayúsculas, ÚLTIMAS VIVIENDAS. TERCERA FASE. APARCAMIENTO. PISCINA PRIVATIVA. A CINCO MINUTOS DEL CENTRO.

Entonces lo vi. Los vi. Allí, donde apenas se vislumbraba el globo de luz de la farola. Tan blanco. Juro que me miraba. Lo hacía mientras dos desconocidos ponían a prueba sus amortiguadores. Juro que me miraba y que en sus faros no vi miedo ni sorpresa sino un placer enmascarado de disculpa. Me quedé flojo. Algo sonó a mis pies. Las llaves, ya inservibles, caídas de mi mano muerta de amor, abrían cálidas sus huesos rotos sobre el suelo.

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