Esconder la mano

Me sigue sorprendiendo cómo los escritores que conozco se transforman en sus textos. Siguen siendo entonces los mismos, como es obvio e inevitable, pero tengo al leerlos la sensación de que su boca dista mucho de sus dedos, mucho más que la medida de un brazo. Me recuerdan que la escritura es un espejo deformante. Me recuerdan también que yo mismo, ahora que estoy escribiendo esto, poco me parezco a mí mismo cuando, con quien sea, me pongo a hablar. Muchos pueden dar fe.

Me gusta ese contraste, porque al fin y al cabo deja ver que las páginas, tan maleables, tienen a pesar de todo sus fronteras, sus rigores. Quiero decir que no hace falta ir por la vida de pope para ser pope en el papel. No pasa nada si un escritor es amable o torpe, si se trabuca o pierde el hilo de una conversación, si se pone algún día un calcetín del revés o dice alguna gilipollez de vez en cuando. Es normal, y con el tiempo, a pesar de que me siga sorprendiendo, uno aprende a distinguir, en sí mismo y los demás, esas dos identidades que conviven y nos mueven.

Por eso me alegra ser, en mayor o menor medida, amigo de escritores. De personas a las que leo y admiro. Porque, filtrados por las cervezas del Fabiola o el vino de naranja del Peregil, soy capaz de ver, tras tanta letra acumulada, que somos los mismos, que siempre seremos los mismos. Dejar atrás esta distancia me ayuda a pensar que puedo ser escritor algún día, que entonces sabré engañarme y engañaros, escondiendo mi fragilidad tras mis libros, sólidos, unánimes.

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