Ante la muerte de Arnold Palmer

Se ha muerto Arnold Palmer.

La muerte sirve muchas veces para conocer a quienes habían pasado desapercibidos, los invisibles, figuras en sombra en el fondo y nada más, apenas perfiladas por un nombre o un dato suelto.

Yo sabía que Arnold Palmer jugaba al golf y que jugaba bastante bien. Lo que no sabía, y es de lo que ahora me he enterado, es que Palmer formó, junto a Jack Nicklaus y Gary Player, “The Big Three”. A diferencia del “Rat Pack” o de “Milli Vanilli”, “The Big Three” fue un nombre externo, impuesto en los sesenta por la prensa, la denominación de origen de una pasión desatada por la rivalidad, hasta entonces jamás vista en el golf, entre tres grandes jugadores. Arnold. Jack. Gary.

Gracias a los tres el golf pasó a ser un deporte de masas (de masas pequeñas, primorosas miniaturas de masa si las comparamos con el enorme pan de pueblo que es la masa enfebrecida de los estadios de fútbol). Aquella transformación permitió que, cuando yo tenía siete u ocho años, a finales de los noventa, llegara a mis manos un juego de golf para el ordenador. He buscado el nombre en Google: British Open Championship Golf. Fue así como aprendí el vocabulario básico de este deporte, inundado de inglés (sí, inundado; no hay verbo más apropiado sobre el campo siempre verde y bajo la borrasca perpetua que enfría y humedece el aire de St. Andrews).

Con un entusiasmo virgen, virgen para tantas cosas, se me iban las horas dándole al ratón para que la bola volara, por encima de bosques y bancos de arena y extensiones de hierba inacabable, horas que flotaban como blancas nubes de fábula sobre los problemas que un niño de mi edad podía tener, que eran pocos y que eran más bien de mis padres, o de mi hermano, que se adentraba en la adolescencia, cuitas en las que yo era siempre un añadido, un apéndice, y ahora que lo pienso era también yo el que sobrevolaba, golpe a golpe de dedo, los años suaves de la infancia.

Como era un niño curioso, recuerdo aún algunos de los jugadores que podían elegirse. Vijay Singh, por ejemplo, golfista melanesio cuyo nombre, de sonoridades insólitas, cargaba aromas de yute y palmera y sol en el mar del verano. O Davis Love III, estadounidense, el tercero de su nombre, que no sé por qué me parecía un nombre inventado. Como Gary Player. Porque sí, el juego también permitía jugar con Gary Player, y yo entonces pensaba que era una creación de sus desarrolladores. Algo más, de hecho. Algo así como un molde, un prototipo. El apellido no engañaba: Player. Jugador. Como yo.

Ya veis que me equivocaba. Que, sin saberlo, le robé los palos de golf a una estrella, a un vértice de “The Big Three”, que sin pudor me apropié de sus méritos, de su pasado, hasta de su caddie, que celebraba conmigo, el muy chaquetero, mis golpes ganadores, y se llevaba las manos a la cabeza cuando la bola salía disparada a una laguna o unos arbustos. Un niño con dientes de leche vació de vísceras la piel de Gary. E hizo honor, así, a los más básicos mecanismos de la ficción. Queda claro que el pasado todo lo ordena.

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