“Confesión pública de admiración a mi muy estimado señor Richard Ford”, por un señor mayor

La otra tarde estuve escuchando a Nazario en la Biblioteca Infanta Elena. Me encontré por allí a Fran Matute y a David Ladrón de Guevara y a Rafa Castaño y a Richard Ford. Con los tres primeros estuve charlando un rato; al último no quise molestarlo, tan atento como miraba, con sus ojos glaciales, a los dos hombres de la tarima, Juan José Téllez junto a Nazario.

No me sorprendió que Richard acudiera a la presentación de las memorias de Nazario. Quiero decir, yo no sabía de Nazario más que un poquito: que fue un viñetista bohemio, que fue homosexual, que fue guitarrista, y que quizás sigue siendo aún esas tres cosas. Pero Richard tenía por fuerza que saberlo todo de él. Richard tenía que estar al tanto de todo lo que la literatura, en sus anchos dominios del mundo, daba a luz sin pausa.

Yo de Richard, tengo que confesarlo, sólo veía la nuca, el albo ábside de su cabeza, dentro de la cual, estoy seguro, vibraban áureas obsesiones, destellos que darían luego lugar a algún texto brillante, una crónica o un relato largo, digno del Princesa de Asturias o de cualquiera de los otros galardones y elogios merecidamente obtenidos por el hombre sabio del Misisipí.

Probablemente, mientras escuchaba los aplausos con que acabó la improvisada y concentrada autobiografía introductoria de labios de Nazario, Richard Ford recordó alguna ovación perdida, los ecos de las abarrotadas presentaciones de sus libros o, por qué no, las muestras de admiración de peatones intrépidos, rogándole por un autógrafo, un garabato, para mí o para mis niños que están aprendiendo a leer, pintarrajéeme estas humildes hojas o senos que le extiendo, señor Ford.

No he leído nada de Richard Ford. Quizás por eso reprimí las ganas de posar, en aquellos instantes finales en que todo el mundo se levantaba, mi mano sarmentosa en su hombro, y decirle que lo admiro, que es para mí un honor que venga a Sevilla, a este templo del conocimiento, a este palacio incólume que es la Biblioteca Pública Provincial Infanta Elena de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, y que lo haga además con la humildad de un pajarito o del hombre invisible, que no quiera saber nada de nadie ni ser visto por nadie, que quiera, al contrario, salir tal como entró, perdido en la calle mediocre, confundiéndose bajo la lluvia leve con otros turistas americanos perdidos en Casco Antiguo.

Le deseo desde estas líneas, de corazón, un corazón arrodillado, que sean muchas más las horas que pase entre nosotros, desafiando al viento en su jet privado para venir a ver hablar a algunas de las mentes que, día a día, dan lustre a nuestra cultura. La próxima vez prometo saludarlo.

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