Sobre hielo

He ido a patinar sobre el hielo. Han instalado una pista en el Prado de San Sebastián, la mayor al aire libre de Europa, indica la publicidad, lo que era bueno en un principio porque, en fin, estamos acostumbrados a quererlo todo. Entré, y como ya se sabía esa imagen ideal se deshizo entre un polvo blanquísimo de nieve falsa, y agarrado a las vallas con carteles de Kinder Bueno como se agarran los moribundos a la balsa de la Medusa comprendí que no, que lo que es grande y perfecto en la cabeza se vuelve incomprensible al contacto con el exterior. Lo he pasado bien, no obstante, tejiendo y destejiendo el ovillo agarrotado de mis piernas, aventurándome a veces al riesgo del centro, del no retorno, del punto sin puntos cardinales en el que las manos, enfundadas e inconscientes, se empeñaban en agarrar el aire indiferente.

Cuento todo esto porque estoy leyendo una larga biografía de Duchamp, la que escribió Calvin Tomkins. Tomkins cuenta que Duchamp, tratando de huir de sí mismo, buscaba un nuevo modo de pintar. Una manera libre de llenar el lienzo o el cartón o lo que fuera sin dejar rastro de su personalidad. Porque los pintores, desde siempre, queriendo o sin ser conscientes de ello, habían hecho de cada trazo una marca personal, una huella dactilar, un rastro en el que cifrar toda la vida. No importaba la técnica porque era una cuestión elemental, hasta entonces inevitable: podríamos hablar del toque Rembrandt pero también del toque Atapuerca. El caso es que Duchamp, en una ocasión, tomó una regla y subrayó el lienzo con una línea perfecta e inhumana. Y probó también a dejar caer un hilo y a delinear su desmayo en el papel.

Y cuento todo esto porque mientras patinaba, encorvado y con la mirada fija en el hielo, he observado la trama de surcos que han dibujado los patines durante todo el día, los cruces, los extravíos, las bruscas interrupciones, las cordilleras en miniatura acumuladas en los bordes, y he pensado en esas líneas perfectas que el azar produce, en los irrevocables sentidos que elige el destino, en la geometría aérea de los pájaros. El hielo era una trama en la que mis pies, fuera de mí, se dejaban llevar. Al terminar, busqué en la pista mis pasos invisibles. Esta es la traducción más fiel que he podido escribir de todo eso.

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