Berlín, 2011 – Berlín, 2015

Estos días he vuelto a Berlín. Berlín es una ciudad enorme y maravillosa en la que no pasé el mejor de mis años. Muchos días de invierno me levantaba a las dos de la tarde y a las cuatro y media anochecía. Conocí, hablé, salí menos de lo que me habría gustado, y es algo que llevo constantemente lamentando y echándole en cara al chaval de 21 años que fui entonces. Sentía la necesidad de volver, aunque sólo fueran unos días, y quitarle la costra a tantas esquinas y calles nunca olvidadas, tapar con nuevos pasos los pasos viejos con los que ocupé tanto tiempo libre, dedicado a lo que desde unos años me limito a hacer: caminar. Paso literal y metafórico, piernas de tierra y nube.

Antes de viajar, pensaba encontrarme un Berlín con dos rostros posibles: el de una ciudad completamente nueva a la del recuerdo o el de un lugar exactamente igual, herméticamente cerrado. Temía no reconocerme y, al mismo tiempo, reconocerme demasiado. Supongo que estos días han sido realmente una mezcla de todo eso. Es una obviedad decir que he buscado los lugares que conocía, que he intentado encontrar la redención como se encuentra el antídoto en el propio veneno.

La lista de rótulos, carteles, nombres de la ciudad que son los mismos es interminable. No es sólo la rotundidad del nombre propio, la alemana diéresis de un aeropuerto, las dobles eses, los grandes signos del U-Bahn y el S-Bahn, el dédalo de líneas de tren, autobuses y tranvías. Son también los árboles, la gente, la atmósfera de irreductible tristeza. En todo me reconozco y de todo me veo apartado. No sé si es el tiempo perdido o el desvaído vapor de su nombre. Lo veo y al mismo tiempo lo recuerdo, y ahora que escribo esas dos ciudades son una sola, y quizás las dos se equivocan al susurrarme sus nombres.

Camino ahora, recuerdo, por Hackescher Markt, por su estación de ladrillo rojo y sus sillas de huevo, por la orilla del río frente a los museos con estatuas antiguas, veo la imponente efigie del soldado soviético en Treptower Park, donde conocí a un guía español y a su esposa mientras trataba de traducir una frase de Stalin grabada en una lápida. Camino ahora, recuerdo, por el puente de Warschauer Strasse, sobre un río de raíles, y espero un tren a las cinco de la mañana, quedándome dichosamente ciego con el sol naciente, y paso entre fábricas abandonadas llenas de ruido y gente que no conozco, y compro patatas fritas en un puesto callejero. Camino ahora, recuerdo, por la Pariser Platz, llena siempre de artistas y activistas, junto a la puerta de Brandeburgo, de tamaño exacto, con su verde cuadriga en lo alto, junto al Adlon y a un palacio que es un hotel también, o eso parece, y detrás el Tiergarten, y a la izquierda el monumento al Holocausto y las ventanas que asoman en la Potsdamer Platz, y a la derecha el Reichstag, puedo verlo todo desde este denso semicírculo. Camino ahora, recuerdo, por la Alexanderplatz, hecha trocitos entre centros comerciales y estaciones de tren, y veo el rótulo del Park Inn, y el monumento de los husos horarios, y la fuente, de nuevo rodeada de carpas, hoy celebran otra fiesta, otra feria, y a mi lado alguien pinta con tizas el suelo, o toca la gaita, o canta guitarra al hombro, bajo un puente o en medio de la calle, y veo mezclados a viejos y a jóvenes entrando en las bocas del metro o en Alexa o recorriendo en bici la plaza de Neptuno, o mirando arriba con la boca abierta la interminable piedra blanca de la Torre de la Televisión. Camino ahora, recuerdo, por la grava sin fondo de Sachsenhausen, por las terrazas y los salones y los jardines de Sanssouci, y veo dos grandes palacios enfrentados y cerrados, y vuelvo a ver el arco de triunfo de Potsdam, y el puente junto a la estación. Camino ahora, recuerdo, por las aceras acaudaladas del Kudamm, entro y salgo de la inauguración de una tienda, me doy una vuelta por el Kadewe, por sus puestos que apestan a queso o que traen aromas de chocolate y embutidos, y hago de nuevo en Reichelt o en Edeka, en Lidl o en Aldi, la compra semanal o diaria de pizza, salchichas y patatas, de atún y ensalada, que me como en mi cuarto o en el hotel, y pido un Schnitzel mit pommes frites, bitte en el Mensa, y bebo de una botella de agua con gas que dejo casi llena sobre la mesa, y mastico ensalada seca y escucho hablar a los que están en otras mesas o en la mía, sin entender ni una palabra. Camino ahora, recuerdo, por los pasillos de la Freie, leo en su biblioteca, bajo sus paredes de cerebro, voy de un pasillo enmoquetado a otro, a la sala de ordenadores, a imprimir algunas cosas, y voy a clase, permanezco callado dos horas y vuelvo a casa andando, por el parque que parece un bosque, como todos aquí, y veo la estatua del mono en Sundgauer Strasse, y la floristería en la estación de S-Bahn, y el damero del bloque donde vivo, su sótano húmedo donde la ropa tarda días en secarse, la desvencijada bicicleta que le compré a un turco por diez euros. Camino ahora, recuerdo, por Grunewald, perdido y sin rumbo, asustado por los crujidos de las hojas que pisan los pájaros, con un palo en la mano y un libro en la mochila, y llego de nuevo a una playa con cisnes, y de nuevo me parece todo un sueño, un sueño de verano. Camino ahora, recuerdo, por el puesto de kebabs de Yorckstrasse, junto al parque en la estación de Turmstrasse, bajo el anuncio de una inmobiliaria en Beusselstrasse, por donde pasa el TXL. Camino ahora, recuerdo, por la orilla de Bellevue, por ese atardecer reverdecido, por la cancela de la cancillería y los túneles de cristal de la Hauptbahnhof, y veo llenos de pintadas los grafitis de la East Side Gallery, y los veo frescos y sin mancha, y veo borrada la enorme huella de Blu en Kreuzberg, y veo al hombre que come hombres junto al Oberbaumbrücke. Camino ahora, recuerdo, por las calles sucias del este, pobres y alegres, por la larga vena de la Karl-Marx-Allee, y busco la librería de La vida de los otros, y me como un trozo de tarta de queso y ruibarbo en el Tasso, y miro sitios en el mapa en los que no pongo nunca el pie, sitios de los que sólo conozco su nombre, Lichtenberg, Pankow, Marzahn, Teltow. Camino por la doble hilera de ladrillos que es y no es el muro, y siento como propia esa cicatriz, y siento el tiempo pasar, aunque parezco el mismo desde entonces.

Berlín, cómo te agradezco lo que me has dado. Cómo echo de menos lo que no me diste.

Anuncios

2 comentarios en “Berlín, 2011 – Berlín, 2015

  1. Qué recorrido por Berlín. Estuviste alguna vez en el Clarchens Ballhaus comiendo una pizza o escuchando un concierto..o viendo bailar a la gente?
    Hay un libro que me encantó y que si se tiene cierto nivel de alemán se puede seguir bien a pesar de que tiene bastante vocabulario, eso sí. Pero es un libro maravilloso para quien ha estado en Berlín y ha pateado un poco la ciudad.

    Berlin, Meyerbeer 26. Tanja Nause

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s