Dos rostros

Sigo en Twitter a Old Pics Archive, una cuenta que sube fotos antiguas. Las fotos muchas veces son de rostros conocidos, aunque a veces aparecen caras anónimas de las que lo desconocemos todo, salvo la breve glosa de la cuenta:

—Prostitución en la era Victoriana – mujeres con miedo tras los asesinatos de Jack el Destripador.
—Prisionero confederado capturado en Gettysburg, julio de 1863.
—Culos vintage.

Uno, si tiene algo de interés, puede tomar esas imágenes como pistas que lleven a vidas completas o a retales de vidas. ¿Dónde nacieron esas mujeres con miedo? ¿Dudaba quizás el prisionero de sus causas en su cautiverio? ¿Quién se esconde tras ese desmesurado trasero vintage?

Una de esas fotos muestra a dos jóvenes negros bajo el título “Un retrato de dos novios, alrededor de 1940”. Él viste un sombrero de fieltro, una camisa y pantalones desgastados. Siguiendo el curso de su brazo izquierdo y de su mano derecha aparece ella, con un vestido y un cinturón blancos.

Si tan sólo de ese instante dependiera su identidad, podría decir que están enamorados, felizmente enamorados (uno puede estar tristemente enamorado, o absurdamente enamorado o enamorado en lágrimas o ser un enamorado ficticio); podría decir que ella está ilusionada, que deja caer sus brazos como deja caer su vida en los brazos de él; que él tiene la humanidad necesaria para ser tierno, para no apretar demasiado sus dedos negros o su libertad; podría decir que sus ojos desafían algo, no estoy seguro, parece que miraran confiados.

Sólo en este segundo congelado su amor, su cálido olvido del tiempo, parecen inamovibles. Más allá, nada es seguro. No sé, no puedo saber si a su amor lo mató la muerte o lo fueron matando ellos, si esa noche o la siguiente o meses después durmieron juntos o junto a otro. No sé si ella volvió a sentir su vientre abrirse en mil aullidos, si él empezó a beber, si no pudieron vivir con el recuerdo de un hijo muerto o bajo el peso de una infidelidad o un secreto. Y ellos tampoco lo sabían entonces, lo saben ahora sus huesos sin voz, lo saben cuando nada pueden hacer para cambiarlo, sólo ante mis ojos sedientos de respuestas. Ellos responden a mis preguntas, ahora que los veo enamorados y dichosos, con una sola, fría certeza: sólo los muertos viven sin dudas.

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