Veinticinco razones por las que seguir escribiendo

La noche de mi cumpleaños, Ana me dio un objeto envuelto en papel de regalo a rayas blancas y negras. Al tacto parecía un libro delgado o la carátula de un DVD, algo más ancha de lo normal, quizás una edición especial o de coleccionista. Lo primero que vi al rasgar el papel fue un lomo negro. Cuando quedó al descubierto, pude leer el título en la tapa, en letras blancas, directas y escuetas: “VEINTICUATRO RAZONES POR LAS QUE SEGUIR ESCRIBIENDO”.

Lo primero que se me pasó por la cabeza es que Ana me había comprado una de esas libretas que venden en la Fnac, con citas de escritores célebres y amplios espacios en blanco para despertar al alma inquieta y dormida. Movido por la curiosidad, pasé las primeras páginas. La primera hoja con caracteres le añadía una línea al título: “24 historias que te ayudarán a recordar por qué nunca debes dejar de hacer lo que se te da bien: escribir”. Pasé una o dos páginas más hasta encontrarme con el primer texto. Se llamaba “Vuelta al estadio”. Me hizo gracia reconocer en la idea de un publicista desconocido el título de una de las entradas de mi blog. Sólo bastaron unas cuantas palabras más para darme cuenta de que ese publicista sin nombre tenía mis ojos, mis manos, mi cabeza.

En la siguiente página aparecía, solemne y maduro, un texto que le escribí la primera vez que estuvimos juntos en Granada. Luego, uno de los relatos de los que al mismo tiempo me siento avergonzado y orgulloso, quizás por la misma razón. A medida que iba leyendo los veinticuatro textos sentía, como dos distintos reflejos de una misma luz, un profundo agradecimiento hacia ella y un doloroso reconocimiento de mí mismo. Volvía a vivir en mí las dudas que pensé haber dejado atrás, las palabras desechadas tras la palabra escogida, el fluido discurrir del pensamiento, la dichosa e infrecuente facilidad de saber siempre qué adjetivo elegir entre tantas posibilidades, en qué punto preciso debían situarse el ritmo y el acento. Recordé cosas que daba por muertas en mí.

Fue doloroso, sí, porque eran mías, pero también de alguien distinto. Leía como si estuviera viendo a ese alguien sufrir bajo el peso de sus esperanzas, ese alguien sin nombre que en algunos momentos disfrutaba, callado, del empuje de una indomable inspiración. Ese alguien sin nombre tenía el nombre que yo llevo ahora como ropa prestada. Esa persona que debería ser yo ahora, esos textos que deberían estarme diciendo “eres tú” con cada letra, que deberían estar siendo pulidos y reinventados en otros textos, permanecen en el pasado, sujetos a unos grilletes que yo mismo encadeno.

Este regalo es el más especial que me han hecho nunca. Hace que me sienta responsable de una criatura apenas viva, algo o alguien que vi florecer en su día como nace el agua de la roca muerta. Se lo debo a Ana; me lo debo a mí mismo. Tengo que volver a darle mi vida.

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Un comentario en “Veinticinco razones por las que seguir escribiendo

  1. Qué regalazo. Es un regalo que te habías hecho hace tiempo a ti mismo y lo tenías arrinconado, pero solo arrinconado a la espera de que unas manos sensibles lo pusieran otra vez delante de ti para que recordases lo bonito que era.

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