Otra mujer

Un hombre ya no quiere a su mujer. Un día, volviendo del trabajo, recibe en el móvil un mensaje de un número desconocido. El mensaje le ofrece poca información: “Mañana, a la salida, espérame. Necesito estar contigo a solas. Borra este mensaje”. El hombre lo lee varias veces y borra el mensaje. Piensa que se han equivocado de persona.

Al día siguiente, el hombre se monta en su coche, y cuando va a arrancar se queda mirando un rato la puerta de salida. A los veinte minutos ya no queda nadie, excepto él, así que se marcha. Cuando está llegando a casa recibe un mensaje de un número desconocido. Las cifras le resultan familiares, quizás sea el mismo de ayer: “Hoy no he podido ir a verte. Te pido disculpas. Mañana espérame. Necesito verte”. El hombre borra el mensaje.

Durante las siguientes semanas, cada día, el hombre recibe un mensaje del mismo número para que le espere a la salida, pidiéndole perdón por la ausencia del día anterior y asegurándole que mañana sí, mañana podré estar contigo. Un día el hombre, antes de borrar el mensaje, le sugiere verse en otro lugar, a otra hora. Otro día le pide una foto, para ver cómo es y poder reconocerla si se la cruza por la calle. Nunca obtiene respuesta.

Él mismo sabe que es absurdo, pero empieza a obsesionarse. Se imagina que una atractiva mujer se siente atraída por él. Se imagina haciéndole el amor a esa mujer. Su mujer y sus hijos tienen que repetirle a veces las cosas porque no presta atención. Cuando hace el amor con su mujer piensa siempre en una mujer sin rostro.

Un día su mujer le dice que se va de viaje con unas amigas. Sus hijos no van a estar en todo el día en casa. Es sábado. En cuanto se queda solo, le envía un mensaje a la otra mujer, confiándole su dirección y rogándole que vaya a verle. Se pasa varios minutos dando nerviosos paseos por su casa, con el móvil en la mano, mirándolo cada poco. Se echa tres dedos de whisky para calmarse, se sienta en el gordo sillón blanco del salón y deja el móvil cerca, sobre una mesita con un catálogo de muebles y un cerco de refresco sin limpiar.

El móvil no suena en todo el día. El hombre, borracho y triste, se levanta a oscuras para comer algo. Cuando entra en la cocina suena el móvil. Corre al salón. En el camino se clava el pico de una mesa y tropieza con la botella de whisky, derramándolo en el suelo, cerca de una alargadera. Mientras maldice, logra desbloquear el móvil. Es un mensaje del número desconocido. La mujer le pide que le abra la puerta de su casa. El hombre se queda quieto unos segundos, y con prisas se pone ropa arreglada y se acicala a oscuras. Trastabillando, va a abrir la puerta.

En la penumbra sólo se ve la silueta de las piernas y de los brazos. La cara y cualquier detalle quedan a oscuras. El hombre piensa que son unas piernas y unos brazos muy bonitos. Le pide a la mujer que pase, y cuando cierra la puerta y se vuelve la mujer lo toma de la mano y sin decirle nada lo lleva por el pasillo a su cuarto. Ambos están callados mientras se empiezan a quitar la ropa. El hombre puede sentir bajo sus manos la curva frágil del cuello de la mujer, el abundoso mullir de sus pechos, su húmedo arrullo cuando le quita la ropa interior y la explora. El hombre está eufórico, se siente bien por primera vez en muchos años. Sus dedos saben dónde tienen que ir y qué hacer en cada sitio; tiene la sensación de que conoce este cuerpo de memoria. Vuelve la luz en la calle, una chispa suena en el salón y por primera vez en muchos años el hombre ve un placer sincero en el rostro de su mujer.

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