Esperando a los bárbaros

Los italianos [del siglo XIV] se daban perfecta cuenta del hecho de que, en un remoto pasado, Italia, con Roma su capital, había sido el centro del mundo civilizado, y que su poder y su gloria decayeron desde el momento en que las tribus germánicas de godos y vándalos invadieron su territorio y abatieron el Imperio romano. La idea de un renacer se hallaba íntimamente ligada en el espíritu de los italianos a la de una recuperación de la «grandeza de Roma». El período entre la edad clásica, a la que volvían los ojos con orgullo, y la nueva era de renacimiento que esperaban fue, simplemente, un lastimoso intervalo, la edad intermedia. De este modo, la esperanza en un renacimiento motivó la idea de que el período de intervalo era una edad media, un medievo, y nosotros seguimos aún empleando esta terminología. Puesto que los italianos reprocharon a los godos el hundimiento del Imperio romano, comenzaron por hablar del arte de aquella época denominándolo gótico, lo que quiere decir bárbaro, tal como nosotros seguimos hablando de vandalismo al referirnos a la destrucción inútil de las cosas bellas.

Actualmente sabemos que esas ideas de los italianos tenían escaso fundamento. Eran, a lo sumo, una ruda y muy simplificada expresión de la verdadera marcha de los acontecimientos. Hemos visto que unos setecientos años separaban la irrupción de los godos del nacimiento del arte que llamamos gótico. Sabemos también que el renacimiento del arte, después de la conmoción y el tumulto de la edad de las tinieblas, llegó gradualmente, y que el propio período gótico vio acercarse a grandes pasos este renacer. Posiblemente seamos capaces de explicarnos la razón de que los italianos se dieran menos cuenta de este crecimiento y desarrollo gradual del arte que las gentes que vivían más al norte. Hemos visto que aquéllos se rezagaron durante buena parte del medievo, de tal modo que lo conseguido por Giotto les llegó como una tremenda innovación, un renacimiento de todo lo grandioso y noble en arte. Los italianos del siglo XIV creían que el arte, la ciencia y la cultura habían florecido en la época clásica, que todas esas cosas habían sido casi destruidas por los bárbaros del norte y que a ellos les correspondía reavivar el glorioso pasado trayéndolo a una nueva época.

E.H. Gombrich, La historia del arte

Esta larga cita me dice una cosa importante. Lo que pasó hace siete siglos ha llegado a nosotros con una forma sólida y perfecta: el Renacimiento es una época que sólo esconde cosas buenas, al menos para la mayoría de la gente. Ya sabemos que cualquier persona con inquietudes por la historia podría romper ese fino velo y esparcir por un tiempo y un espacio el tibio olor de la carne.

Hagamos el primer agujerito: a pesar de la mitología y de sus muchas apologías, el Renacimiento fue el producto de una ignorancia resabiada y profunda. Me da la sensación de que el poder del arte italiano, su fuerza e innovaciones artísticas no proceden tanto del amor al arte como del amor a la patria perdida.

En la mente del italiano del siglo XIV, no es sólo que los italianos fueran los sucesores de la Roma imperial, sino que lo que separa a estos desdichados hijos de sus dorados padres es una llanura de paletos y cazurros, y que todo aquel que no fuera italiano en el siglo XIV compartía consideración con los habitantes del medievo.

Este triple salto con doble tirabuzón se alimentó también, creo yo, del desprecio a los padres. Es como decir que, de tus ancestros, tú desciendes directamente de un tatarabuelo muy lejano que no sabes ni cómo se llama, y que, por tanto, puede ser en tu mente lo que quieras, y que de sus descendientes sólo te salvas tú. Casos tan extraños no los encontraremos hasta que el joven Fry se encuentre con su viejo tataranieto, el profesor Hubert J. Farnsworth, en un futuro muy, muy lejano.

Queda claro que la ideología del Renacimiento parte de una mentira, quizás de una omisión interesada. (Probablemente de una omisión interesada). Por mucho que uno hable bien del pueblo, el pueblo normalmente actúa como un tonto, en el sentido de que algo dentro de nosotros nos empuja a la adaptación, a imitar al resto, sin que en principio podamos hacer nada por evitarlo: la mayoría de la gente no se para a pensar en lo que piensa, si se me permite la expresión. Una idea cala en ciertas mentes, y se empieza a expandir como una mancha de aceite en una servilleta. Es necesario que, en cierto modo, esta idea consuele y halague los complejos. Hace falta también que el cerebro abandone la lógica: así, cada una de las beliebers que invaden algunos días Twitter piensa que Justin Bieber la quiere a ella, sólo a ella y a nadie más que a ella. Normal que el chico se agobie y le dé a la maría.

A lo que voy: la belleza ha sido el fruto de un ensueño. La gloria de épocas pasadas no existe. Dicho de otra manera: sólo cuando ha pasado el tiempo empieza a vislumbrarse la raíz de lo sublime, lo que merece la pena conservar en el tiempo y lo que no. Cualquier gloria se aplica a algo que ya pasó, y que pasó hace mucho tiempo. Es glorioso lo desconocido, siempre. La gloria debe ser siempre pedagógica, y quien la use debe ser siempre consciente de que es una manera de ordenar el tiempo. Cuando se pretende que una sociedad adore algo presente, nos caerán en las manos el fascismo, las guerras, el Premio Planeta.

¿Es que hoy no estamos dormidos? Por supuesto que lo estamos: ¡dormimos más que nunca! Lo que ocurre es que los italianos del siglo XIV dormían y soñaban. Veían al cerrar los ojos grandes maravillas, caminos inabarcables que se desplegaban bajo sus pies y les llamaban desde lejos. Algo había en sus sueños que los llamaba desde lejos. Nosotros también dormimos, pero no soñamos. Al cerrar los ojos sólo nos vemos a nosotros mismos, rodeados de oscuridad, hundiéndonos poco a poco en el marasmo. Son otros los que sueñan por nosotros.

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