Vea arder la vela

Un hombre entra y, dando pasos lentos, examina la sala. Cruza la vista con otras miradas sobre las que no deja rastro, y avanza a una silla, donde se sienta. Luego se quita la chaqueta y la deja cuidadosamente en el respaldo. Yo estoy en la barra, tensando y destensando los dedos de los pies dentro de los zapatos negros. Un camarero le abre al punto la carta de vinos, intercambia unas palabras con el hombre y se marcha. Otro hombre me pide dos chupitos de licor de hierbas y la cuenta, mientras busca la cartera en los pantalones crudos. Cuando se marcha, queda de nuevo ante mi mirada el hombre de la carta de vinos, que tiene ya una copa en sus manos y saborea con escuetos sorbos su contenido mientras inspecciona la carta principal.

Hay algo distinto en la mesa. Tras unos momentos, percibo el aislado fulgor de un pabilo encendido. Ese detalle confiere a la mesa un aspecto distinto de las que he visto en estos días. Todas las mesas del restaurante, convenientemente dispuestas junto a las paredes, reciben la luz cálida de un aplique modernista. El hombre, en cambio, ocupa una que no recuerdo haber visto ocupada desde que me contrataron. La mesa está en un rincón, junto a un antiguo anuncio de licores enmarcado, protegido de los servicios por una profunda pilastra recamada de pan de oro en su base. Me doy cuenta de que hay dos cartas en la mesa. Seguramente la usarán para dejar ahí cartas, papeles y tarjetas de publicidad. Sí, por eso no le había prestado atención a ese sitio. Hoy ha venido mucha gente y la habrán librado de cosas para que el hombre pueda comer ahí.

Se han llevado un papel doblado y alargado que había posado en el centro, pero han puesto un plato y cubiertos de más. Al hombre no parece importarle el despiste. Algo envarado, lanza fugaces miradas a la entrada y al reloj de su muñeca, que al inclinarse refleja la vela encendida. Alzada en el sitio que ocupaba el papel doblado, está adornada con algunas hojas de parra, supongo que para compensar el hecho de que hayan tenido que iluminar la mesa de forma improvisada. Acabo de recordar que ayer vi una caja de cartón con velas mientras buscaba una botella de vino, pero estaba concentrado en la búsqueda y me olvidé.

El hombre acaba su copa, la deja en el mantel, la vuelve a levantar y señalándola con la otra mano me mira con los ojos muy abiertos. Los otros camareros están atendiendo a otros clientes o en la cocina, así que me acerco a la mesa. Le pregunto qué vino está tomando y vuelvo con la copa llena. Huelo a perfume, vislumbro algunas perlas de sudor en sus sienes y el brillo de la esfera de su reloj, surcada de números romanos. Aprovechando la situación, le pregunto si quiere que retire el plato y los cubiertos del otro asiento, pero me dice que no con una tristeza desabrida, cuyo origen desconozco.

De vuelta en la barra, pensando que debe tener hambre, sigo mirando disimuladamente al hombre. La vela, ligeramente consumida, arroja sobre su rostro una luz casi inmóvil, rota a veces por la suave corriente del aire acondicionado: destaca en su perfil la brusca pequeñez de su nariz, el corte impecable del cuello de la camisa, una obscena mancha de sudor en la axila.

Vuelvo a sus ojos y los veo fijos en la vela. Me doy cuenta de que he dejado de mover los dedos de los pies, de que he perdido la noción del tiempo y de que mi disimulo ha fracasado, y de que el hombre lleva todo este rato mirando la vela, ajeno a mí y al resto del restaurante. Contempla la luz con concentración absorbente, casi sin pestañear. A veces me parece que sus ojos miran más allá de la llama, a un punto indefinido. Durante una hora y media atiendo a varios clientes, y cada vez que miro al hombre del rincón está mirando la vela, que acumula pegotes de cera blanca. A pesar de mi desconcierto, nadie más parece extrañarse de que lleve tanto tiempo sentado sin pedir más que copa tras copa de vino, así que busco una posible explicación.

Sospecho que el hombre, la mesa y las sillas están ahí como un servicio adicional del restaurante, desconocido para mí hasta entonces, y seguramente anunciado en el papel doblado que retiraron: “VEA ARDER LA VELA”. La atención del hombre es inquebrantable, su gesto imperturbable, su espalda algo curvada hacia delante; la quinta copa descansa medio vacía en su mano izquierda, la del reloj, que hace rato que ya no mira, quizás porque su impaciencia se ha calmado y porque la cera que cae le debe producir un placer interno y profundo desde la primera gota. Sus ojos reflejan la llama de la vela con la redonda deformación con que lo hacía la esfera del reloj. Muchos clientes se han ido ya, posando renuentes miradas en el hombre, que no se da cuenta o no quiere darse cuenta de que se está quedando solo. La llama se adivina ya tras una montañita de cera. Muy débil, se apaga. Tras unos instantes en que el hombre no se mueve, se levanta con movimientos torpes y lentos, deja unos billetes en la barra y sin levantar la vista se marcha.

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