Elegía al caño

Primero, lean Oda al caño.

A veces he jugado al fútbol con Arturo Hacha. Normalmente en equipos contrarios. Puedo asegurar que en TODOS esos partidos me ha hecho al menos un caño.

La entrada que encabeza esta otra, además de definir el caño, es una oda escrita desde el punto de vista del vencedor. Arturo dedica algunas líneas a ponerse en la piel del rival, a intentar definir la sensación de ser cañizado. Sin embargo, eso es algo que él jamás comprenderá.

No me considero un buen jugador de fútbol. Ni siquiera debería considerarme un jugador de fútbol. Yo no juego. Yo soy el “así no” de los manuales. Aunque poseyera un ego portentoso, los hechos hablan por sí mismos: el balón y yo no nos llevamos bien.

Hay excepciones. En algunas ocasiones, como dulces epifanías, conecto un buen pase entre líneas, me posiciono bien en la defensa, acudo al quite o busco el disparo con instinto y oportunidad. Y una o dos veces, ah, los músculos logran una coordinación improbable, la mente se hace entender con el cuerpo, y el pie impulsa el balón como por un tubo engrasado, con el zumbido de una raqueta o una cremallera se eleva en una leve parábola, y vuelve a descender para embocar el muro vencido, el portal ansiado. Es gol, yo lo he marcado.

Que el equipo rival aún no haya salido a calentar no es un detalle importante en esta historia.

Arturo se jacta de su habilidad para humillar al contrario desplazando el balón entre sus piernas con un toque sutil y alevoso. Yo he sido muchas veces el dueño de esas canillas vejadas, bajo mi propia baldosa de campo he visto pasar presurosa una esfera extraña. Pronto acudía a remediarlo, pero el daño moral estaba hecho.

Arturo no sabe de lo que hablo. Seguramente habrá sufrido algún caño, no lo dudo. Todos nos exponemos a esos peligros. Él lo ha vivido en ocasiones contadas, pero no ha experimentado el siguiente escalón de esta práctica macabra. Yo sí. Y él ha sido el ejecutor.

La situación es la siguiente: Arturo recibe el balón y me encara en ataque. Por habilidad y velocidad me podría superar sin problemas. Pero, ayayay, yo sé lo que pretende. Aunque intente desviar la mirada, he visto cómo sus ojos han dedicado un instante a augurar el próximo movimiento. Yo, curtido por experiencias similares, vuelco gran parte de mi atención a mantener juntas las piernas. Poco importa lo que pase más allá de ese pequeño espacio en que su pie se estira antes de abalanzarse contra mis tobillos desusados. Poco importa también lo que haga. A la primera distracción, tac. Caño. El corazón bombea la sangre acumulada en los talones a mi cara. Mi rostro adquiere el color de las faltas de ortografía.

A la jugada siguiente, lo mismo. A la siguiente, retorciendo algo más el colmillo hundido en la piel, otro más.

Un caño duele un poco, un momento. El caño recurrente es una tortura, y sus consecuencias van más allá del fútbol. Esa es la recompensa vital del perdedor. Soy un desventurado, y he sobrevivido. Para mí, a pesar de mi espíritu competitivo, el caño es una parte más del juego. Algo que espero sin miedo. Algo que sé que ocurrirá, como sé que alguna vez me ocurrirán cosas malas: defraudar a un amigo, decepcionar a mis padres, traicionar mis principios. Saberlo desvanece el suspense. Lo único que hago es intentar hacerlo lo mejor posible, y dejar un hueco en mi alma para que el desdén, la ignorancia y las desilusiones no me tumben.

Dice Arturo que el fútbol sin caños no es fútbol.

Yo digo que la vida sin caños no es vida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s