Novela inexistente

Muk aún no ha empezado su novela. Decidió tomar el lápiz cuando era chico. Sus padres se habían enfadado con él: quizás habría derramado algo en el suelo o ignorado una orden o alzado la voz. Muk iba de la mano de su madre, lo que para él suponía un gesto de sumisión y derrota, ya que si por él fuera se habría ido de casa él solito, con las manos libres y el honor intacto. Sus padres se cruzaron con un amigo. El amigo le dijo a Muk el tipo de mentiras que se le dicen a un niño pequeño: qué grande estás, ya eres todo un hombre, qué alto, qué guapo. A Muk, sin embargo, todos esos cumplidos le importaban poco, porque hubo algo que eclipsó cualquier respuesta. En el encuentro, sus padres trocaron su seriedad por alegría, y sus labios secos y sus ceños levemente fruncidos por sonrisas cruelmente súbitas. La ausencia terrible y repentina del enojo de sus padres cobraba en la mente de Muk un aspecto de traducción infame de sus coordenadas morales y su criterio de lo que importa y lo que no. De algún modo, con el enfado iba vertiéndose también la importancia del propio Muk. Las fronteras de su breve mundo aumentaron y se hincharon demasiado rápido, tiñendo de un gris primerizo sus rotundos blancos y negros. Fue esa tremenda ausencia de sentido la que le hizo tomar el lápiz.

A pesar de la frecuencia con que la idea le pasaba por la cabeza, Muk aún no ha empezado su novela. Porque, con sus primeros escritos, la primera conciencia de la escritura y el primer orgullo creador destruían una frontera adicional: la presencia de otros escritores. Con arrogancia, Muk se consideraba escritor. A pesar de haber escrito apenas cuatro o cinco cuentos, malos a conciencia, sus padres y sus conocidos le apremiaban con elogios. El chico escribe muy bien, decían, qué bien escribe el chico. Los aceptaba, e incluso los esperaba, a pesar de que un joven no necesita elogios, porque su amor propio se conserva intacto. Los elogios, en fin, se dieron la vuelta y embotaron su esfuerzo y sus aptitudes.

Muk dejó de escribir, aunque aún se le ocurrían ideas sobre muchas cosas: sobre la muerte, sobre el alumbrado público, sobre fantasiosas heroicidades. Todas las ideas, como cáscaras vacías, desaparecían sin fruto. Sin embargo, mantenía como una maravilla lejana, como una promesa, la idea de su futura novela, aún sin tema, aún sin motivo, con la forma perfecta e invisible del futuro.

Los años abonaron una idea constante y final que atizó su vocación maltrecha. Todas sus ideas sobre tantas cosas, todos sus sentimientos de alegría y tristeza, las ausencias y complicidades, ¿merecía la pena hablar de ello? ¿Merecía la pena escribir de lo que fuera? ¿Era demasiado joven para hablar del recuerdo, incluso para echar de menos? No dejaban de acometerle las dudas y la culpa de estar malgastando el tiempo.

Hay una esperanza. Tal vez Muk comenzara, con el brusco cambio de humor de sus padres, con esa absurda pérdida de sentido, su novela inexistente.

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2 comentarios en “Novela inexistente

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