Cada vez

Cada vez es más fácil olvidarse a uno mismo. Cada día que pasa uno se aleja de la iniciativa de hacer algo que hizo, o de no hacerlo, o de la decisión de mantenerse en la duda que, con suerte, en un futuro romperá su crisálida para transformarse en una de las dos opciones antes barajadas, esperando acaso del azar o de la providencia una tercera posibilidad mucho más feliz o aproximada a la felicidad que buscamos. Como digo, cada vez es más fácil olvidarse a uno mismo, porque uno está en constante cambio. Para rematar la jugada, uno no es uno, sino muchos. Podemos reconocernos en el pequeño que leía vorazmente en su cuarto, en las tardes calurosas de julio, o sentirnos extraños ante el mismo recuerdo, quizás porque la soledad no nos gusta, quizás porque la soledad nos sigue gustando y eso nos asusta.

Cada vez es más fácil que los demás te olviden. El tiempo va pasando su escoba, limpiando los años, y todo lo que un día fue importante ha dejado de serlo por su razón más genuina. Quizás ahora considere alguien que la vez que le besaron por primera vez fue un momento crucial en su vida, un rito de iniciación, y ese acto, en realidad, no sea más que un torpe experimento que buscaba la fórmula perfecta del beso beso en días ligeros, un beso bien besado que seguramente aún busque su cuerpo por su cuenta, mientras la cabeza se empeña en idealizar besos imperfectos dados en otro tiempo, dados por bocas que ya no son las mismas bocas, aunque no se hayan movido de su sitio.

En un plano más trascendental, es cada vez más sencillo el olvido. Las arenas que hollaban los faraones fueron sepultura de sus huesos, los palacios fueron polvo mezclado con los reyes que los habitaban, una ceniza con corona, cenizas orgullosas hechas de besos y de muertos.

Cada vez es más fácil que la historia menosprecie a los hombres. Llegará un momento en el que las enciclopedias tengan que elegir entre Shakespeare y Cervantes, entre Quevedo y Góngora, o quizás entre Borges y Messi. El tiempo que pasa va cerrándonos las puertas, taponando los respiraderos y las ventanas que nos hacen llegar el humo del pasado y el viento del futuro. En ese sentido, la devoción y el estudio erudito son el techo que protege al hombre de las inclemencias de los siglos.

Cada vez es más difícil compartir el conocimiento dentro de un orden previo. Por nuestra educación y por nuestras costumbres, no sabemos memorizar quién dijo cada cosa que hemos aprendido. En lugar del “tal escritor dijo” se ha pasado al “una vez leí” o “una vez oí”, y esas opiniones no nos conectan con nadie. Mejor dicho: nos conectan con alguien, pero no sabemos con quién. La cultura es ahora un lugar oscuro y confuso, sin altura ni anchura precisas, un ubérrimo agujero negro, con interconexiones caóticas que nos es imposible comprender, porque no podemos recordar dónde empezaron sus trayectorias. Es un espacio muy parecido al universo.

La rima del universo es cada vez más asonante.

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