Cerebros

Estoy alarmado.

En “El Mundo” vienen hoy dos noticias sobre cerebros: cerebros sin cuerpo y cerebros a merced de otros cerebros. Vayamos por partes.

La primera noticia se titula “Minicerebros fabricados a partir de células madre”. Las células madre valen para todo. Ya hay hígados hechos con células madre, células madre que regeneran la piel de un brazo, células madre que te despiertan cuando te has quedado dormido. ¿Y ahora cerebros?

Pongámonos en la situación de uno de estos minicerebros. El texto de la primera noticia reza: “«Los organoides cerebrales muestran regiones discretas que se parecen a diferentes áreas del cerebro humano en un desarrollo inicial», explica Madeline [sic] Lancaster, primera autora del estudio. Estas regiones incluyen las capas neuronales de la corteza cerebral y del hipocampo, donde reside la capacidad de aprendizaje.”

En otras palabras: estos cerebros hacen de cerebros, pero se quedan por el camino porque no hay un sistema de riego sanguíneo que les permita seguir funcionando. Es una pena que se malgaste toda esa capacidad de aprendizaje que, aseguran los responsables del estudio, poseen estas mentes en formación. La política educativa del ministro Wert llega a las placas de Petri.

Pero lo que me abruma es la compasión que siento por estos cerebros, quizás conscientes de sí mismos, acorralados e inútiles. ¿Qué mayor tragedia que la de un cerebro que sabe que morirá? Más aún: ¿imaginarán estos cerebros un mundo que les distraiga, que aquilate sus estrechos márgenes y les ofrezca una suerte de vida vivible? ¿Seremos todos cerebros solitarios, con cuerpos, trabajos, casas, familias y amigos imaginarios? Quizás lo único que exista realmente sean los aspectos de nuestra vida que reconocen su mentira: la literatura, la filosofía, las matemáticas, los tuits de José Luis Cuerda.

La otra novedad científica es aún más venenosa: bajo el título “Conexión mental por internet”, se puede leer: “Una pareja de investigadores de la Universidad de Washington (Seattle, EEUU), protagonistas de un experimento de comunicación a través de señales cerebrales en el que no se usaron métodos invasivos. El investigador Rajesh Rao consiguió que su colega Andrea Stocco presionara el botón del teclado de un videojuego cuando él le transmitió la indicación enviándole una señal de su cerebro a través de internet”.

Estoy alarmado. No sé quién soy. Sabía que uno hace cosas POR amor, POR solidaridad, POR interés. Quizás no somos ni siquiera cerebros capaces de imaginarnos a nosotros mismos. Acaso seamos apéndices de otras conciencias, desde la primera célula del universo hasta el recuerdo de un Dios en el último instante antes de morir.

Necesito tu consejo, Rafa Castaño. Lee esto en cuanto puedas.

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