Breve entrada con estilo (II): Alguien tenía que decirlo

En mi barrio hay un tipo pintoresco. Se llama Juan. Tiene un quiosco.

A veces voy a comprar el periódico al quiosco de Juan. Un periódico es esa cosa de papel que igual informa que envuelve pescado. Más lo último que lo primero. En esas ocasiones, intercambio algunas palabras con Juan.

Juan tiene una roncha enorme en la mano izquierda, por cierto. Este detalle es importante.

A Juan le gusta hablar. Mucho. Demasiado, quizás. Y ese afán por parlotear supone para él una terrible cuita; Juan habla porque le aterra el silencio.

Por eso, cuando llego a comprar el periódico Juan me roza con un saludo breve y comienza su interrogatorio. Su juicio, se podría decir. Me pregunta por mi familia, indaga mis preocupaciones, escudriña mi subconsciente, se interesa por mis secretos más profundos. En otras palabras: es cotilla.

Cualquier persona evitaría tales exploraciones con un escueto escudo (“Todo bien”), una maniobra de evasión (“Dame el Marca”) o un audaz contraataque (“Yo soy quien hace aquí las preguntas”). Pero yo no soy una persona normal.

Yo le respondo sin tapujos. Y tengo la certeza de que soy el único que lo hace.

De esta forma, fruto de su miedo al vacío y de mi analfabetismo social, el quiosco de Juan se ha convertido en mi confesionario. Le cuento todo. Todo es todo.

Así, rodeados de montones de papeles que no dicen nada, Juan y yo protagonizamos un intercambio verbal en el que ninguno de los dos muestra un verdadero interés. Él lo hace por necesidad. En parte yo también lo hago: sé que Juan no le cuenta nada a nadie, lo que me da seguridad para desahogarme y soltar tensiones.

Me conoce casi más que yo mismo. El espejo debería reflejarme su rostro. Mi documentación debería ostentar su retrato. Él siempre escucha y yo siempre hablo.

Hasta esta mañana. Esta mañana ha pasado algo extraño.

He acudido al quiosco de Juan. Al llegar, he visto que la cancela estaba bajada. Podría haber vuelto más tarde, pero tenía una preocupación rondándome la cabeza y necesitaba su consejo. Di unos golpes en la puerta. Al no recibir respuesta, y mirando a lado y lado de la calle, probé a subir la puerta metálica. La puerta subió. Sorprendido, reacio a entrar, lo volví a llamar. Juan no contestaba. Supuse que estaría en la trastienda. Supuse mal.

En este punto consideré que lo mejor sería esperarlo tras el mostrador, donde podría verme, aunque lo suficientemente lejos de la puerta como para darle tiempo a reconocerme.

Un rato después, llegó Juan. Y ocurrió.

En lugar de explicarme y excusarme, le pregunté qué tal estaba. No controlaba mi propia voz. Con pareja naturalidad, Juan me respondió. Aterrado, yo le endosé otra pregunta, mucho más arriesgada. Juan volvió a responder.

De esta forma, Juan y yo mantuvimos un extenso coloquio en el que, a excepción de las preguntas, él hablaba y yo escuchaba.

Más extraño aún fue que yo le interrogaba sin piedad, y él me confiaba sin rubor sus preocupaciones, me desvelaba su subconsciente, traía a la superficie sus secretos más profundos.

Conservaba un tanto mi cordura hasta el detalle final. Durante una de sus largas respuestas, mi mano derecha acudió curvada a mi mano izquierda.

Y empezó a rascar.

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