Viajar

El Mundo está publicando estos días una serie de textos de viajes escritos por el periodista David Jiménez. Bajo el título “Destinos literarios de Oriente”, Jiménez ha dibujado la relación entre algunos escritores y sus lugares predilectos: Graham Greene en Saigón, Rudyard Kipling en Lahore, Somerset Maugham en Bangkok. Maugham, viajero irredento, dejó escrita una frase sobre nosotros: “Es difícil encontrar a un español que no ame las flores”.

Lejos de los viajes a mercados orientales y a ciudades de nombres musicales, en este tiempo de turismo masivo siento nostalgia por esas travesías, movidas por la cobardía o el valor, el orgullo o la huida. He tenido la suerte de visitar muchos países de Europa. Veo en el pasado a mis padres pensando orgullosos en sus sacrificios cada vez que yo tomaba un avión: “Nuestro hijo puede ver los países que no hemos podido ver nosotros. Nuestro hijo puede conocer otras culturas. Nuestro hijo será más sabio.”

Después de ver las fuentes de Berna, la luz blanca de la Piazza dei Miracoli en Pisa, las inmensas cúpulas de la Mezquita Azul de Estambul, los contrastes puros de los techos de la costa griega, la decadencia de Atenas, la hirviente variedad de las gentes de Londres y Berlín, el oro de París y el mármol de Roma, las gargantas de Bristol, puedo decir que ninguno de esos viajes me ha ofrecido ni sabiduría, ni tolerancia, ni lucidez.

Podría considerar aquí algunas cuestiones sobre los viajes, pero hay un problema que nos impide empezar: lo que mi generación hace no es viajar.

Lo que mi generación ha hecho durante nuestra adolescencia ha sido ir y volver, arracimados en residencias y paseos en grupo; vigilados por maestros que atienden, ignorantes como nosotros, a las explicaciones de los guías; primero curiosos, luego inquietos y finalmente aterrados por la posibilidad de pisar calles desconocidas y barrios peligrosos; azuzados por la urgencia de llegar a la estación de autobuses, al avión o al barco; recibiendo giros postales con dinero de nuestros padres; comprando camisetas de fútbol, tazas con corazones, llaveros, tacos de hojas en blanco, bolsos, lápices, imanes para la nevera, botellas de alcohol. Lo que mi generación ha hecho ha sido derrochar tiempo y dinero despojando al viaje de lo más precioso que ofrece.

Vuelvo a la frase de Somerset Maugham. Ninguno de nosotros, que ha viajado tanto, que tan sobradamente preparado está y tanto mundo ha hollado, es capaz de retratar con tanta sutileza a un pueblo extranjero. Antes de que comencemos a echar de menos nuestras costumbres propias y comencemos a adoptar las ajenas, nos obligan a volver a casa.

Cuando sobraba el dinero, el Estado volcaba magnánimo el metal de sus arcas. Era un tiempo de prosperidad frenética: abrimos nuestros bolsillos, pero no nuestras mentes. No sólo nos faltó el tiempo para viajar de verdad. También nos faltó que nos enseñaran a ser viajeros.

Tendrían que dejarnos dormir a la intemperie, abandonarnos en medio de un barrio sin nombre, vaciarnos los bolsillos de cacharros electrónicos. Entonces pasearíamos, hablaríamos con las gentes del lugar, aprenderíamos. En el momento en que sintiéramos la violencia de lo extraño, cuando nada nos hablara del lugar de donde venimos, comenzaríamos a ser viajeros. El hombre necesita una casa, pero es necesario abandonarla para no sentirse perdido.

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