El ardor invisible

La foto muestra a Rafa Nadal tendido en el suelo, como suele hacer cuando gana un título, comenzando a incorporarse para corresponder a su rival con un cordial y protocolario saludo. Pero volvamos a la foto: ¿no parece que le ardan las manos? Como en los vídeos de accidentes con llamas invisibles a las cámaras -y, por tanto, al ojo del espectador-, aquí acaso se nos esconde algo que sólo ocurre en el interior del vencedor. El ardor intenso y fugaz de la gloria.

Nadal nos tiene acostumbrados a la victoria. Cada una de sus proezas se repite con periodicidad incombustible, dejándonos en el maltrecho compartimento del patriotismo un sabor dulce y desacostumbrado.

A nosotros, tan reales y contingentes, no se nos ha otorgado el don de contemplar desde dentro ese fuego que consume y transfigura al héroe en un instante rotundo. Quizás Nadal, en este segundo único, haya perdido el control de sí mismo y contemple asustado y maravillado su conversión en mármol griego o en ceniza mítica.

De alguna manera, los embates y acometidas de Nadal se asemejan a las alas de cera de Ícaro. Cada uno de sus triunfos lo va convirtiendo en leyenda. Cuando pasen años después de su última victoria, comenzaremos a atisbar el perfil verdadero de lo que ahora se nos antoja un coloso cotidiano, un puño cerrado que abate a sus enemigos como comemos en mi casa los sábados pescado, arroz los domingos.

Nadal es la única persona que tiene el privilegio de sentir esta metamorfosis. En cuanto a nosotros, hay dos formas de ver su juego: los que saben de tenis comprenderán la dificultad técnica de sus golpes, la prestancia y oportunidad de sus movimientos por la pista, el giro pertinente de la muñeca, las pequeñas batallas con que el tenista constriñe y amaestra a sus rodillas inquietas para esculpir un tenis de una eficacia abrumadora; luego estamos los que, sin saber de nada de esto, contemplamos sus partidos sólo con las vísceras, temiendo la derrota y anhelando la victoria, levantándonos del sofá y aleccionándole, aunque sepamos que no nos oye. En ese momento gritamos para nosotros.

(Por eso, quizás también ese fuego que no vemos es el rastro que deja el profeta, el estigma de quien canaliza el fervor de un pueblo dormido en un torrente de euforia y drama colectivo. Nadal es Nadal y nosotros mismos, y cuando gritamos “Vamos Rafa” gritamos en verdad “Échale cojones a la vida”.)

Creo que la consecuencia principal de todo esto es la facilidad con que frivolizamos lo excepcional. El deporte es un fenómeno de masas, y como tal debe tener una elasticidad suficiente en sus conceptos y reglas como para que los entienda todo el mundo. Como la mayoría de la gente, veo a los deportistas españoles coronar los podios mundiales, y lo celebro, pero no creo que lo valore. Sólo quienes saben lo que cuesta ser el mejor y lo fácil que es dejar de serlo disfrutan del sabor de sus logros. Nosotros, los ignorantes forofos, sustituimos el conocimiento por la pasión, en ocasiones la sabiduría por la erudición recreativa. Sin embargo, ni vemos el fuego ni siquiera lo sentimos, porque nos han mimado. Escuchar el himno español en las grandes competiciones deportivas es algo que está ahí, falto ya de significado o de maravilla, como la lluvia, la televisión o el plato de los domingos.

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