Somos culo

Todo empezó con una silla. El día que entré a trabajar, hace casi un mes, me adjudicaron una mesa al final de la sala de redacción, con un ordenador, un montón de papeles desordenados y una silla. La silla era baja, se atrancaba y giraba como un tiovivo cobarde, y tenía unos brazos escuálidos de metal. La altura no iba con la pantalla, el eje no iba con mi cadera, y el hueco ínfimo de los brazos brillantes apenas encajaba con el hueco de mis codos, apoyados en una peligrosa filigrana, al borde del abismo.

Hace unos días, despidieron a un compañero. Llevaba mucho más que yo en la redacción: diez años redactando teletipos y atendiendo llamadas y acudiendo a ruedas de prensa. Alguien decidió que era mejor que no estuviera y ya no está, pero ahí queda su sombra: todo tipo de mamotretos y livianas carpetas desperdigados por la mesa y los estantes. Y un ordenador. Y una silla.

Eso ocurrió el viernes. Hoy volví a sufrir la caprichosa silueta de mi silla. La pobre hacía lo que podía con sus amargos vértices, pero mi cuerpo, dominado por la concupiscencia, no dejaba de comerse con los ojos las ergonómicas curvas de la silla abandonada, nacidas para el placer y el descanso, y no para el arenoso discurrir de un día en la oficina. Ahí, a tres pasos de mi mesa.

Lo reconozco: me levanté y las intercambié. Sentí una pequeña herida de culpa por arrebatarle la silla a otro compañero, su aroma aún fresco en una esquina de la sala. Sin embargo, no le robaba a un hombre, sino a un fantasma. Con ese audaz intercambio no me convertía en un desalmado, sino en un hombre práctico que está harto de mirar la pantalla en contrapicado y de sentir punzadas en la parte baja de la espalda. Lo reconozco: me levanté y las intercambié.

El primer instante fue delicioso. Una corriente recorrió mi espalda, destensó mis músculos, y me plantó una sonrisa de imbécil en la cara. Todo el arrepentimiento, toda la culpa, todo el compañerismo, se escurrieron por el desagüe de mi descanso sin dejar rastro. Ya no me duelen tanto los ojos. Me siento mejor, trabajo mejor. Lo he comprobado: no somos sólo corazón y mente. También somos culo.

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Un comentario en “Somos culo

  1. Los males que se soportan con paciencia cuando parecen inevitables, se convierten en intolerables cuando surge la idea de que se puede escapar de ellos. Alexis de Tocqueville.

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