Un boxeador

Leo en el obituario que El Mundo hace del boxeador Emile Griffith:

“Se lamentaba a menudo: «Sigo preguntándome acerca de lo extraño que es todo esto. Mato a un hombre y la mayoría de la gente lo comprende y disculpa. Sin embargo, amo a un hombre y esa misma gente lo considera un pecado imperdonable.»

Esta es una de las consecuencias de la moral, vestida con ropas tan distintas cuando se trata de la violencia y no del sexo. Porque el escándalo con que se pringa la homosexualidad desde tantos púlpitos no habla del amor, sino del salvaje impulso, lo íntimo incontrolable.

Tenemos los ojos llenos de balas, las horas salpicadas de disparos y cadáveres, y esa sangre derramada ya no es más que otra parte de la vida, inundando el corazón del miedo a que nos toque a nosotros. No se trata de accidentes ni de mala suerte. La muerte está ahí, mostrándose en cada cadena, inevitable, como el parte meteorológico o el Ibex 35.

En cambio, dos hombres que se besan, dos mujeres que se buscan para bucear calladas o gritarse mordiscos al oído, son intolerables. Aparecen sólo como excepciones, con la marca de lo distinto en la frente y el sudor obsceno en la carne. La muerte es un trámite, pero el amor (y con él ese salvaje impulso, ese íntimo incontrolable que tanto asusta a los pacatos) sigue escandalizando.

Emile Griffith vivió toda su vida con la presión de no ser lo que esperaban de él. ¿Mató a un hombre? Gajes del oficio. ¿Amó a un hombre? ¡Que le corten la cabeza!

PS: la noticia de su muerte, en El Mundo.

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