Una aldea

http://vimeo.com/62563881

Descubro este vídeo en El País. Una artista zamorana de 31 años ha grabado a sus abuelos (Gregorio Macías Hernández, de 84 años, y Rosalía Alonso Hidalgo, de 84 años) y ha hecho un brevísimo documental. Los dos viven en Argujillo, un pequeño pueblo de Zamora.

Mis abuelos paternos también viven en un pequeño pueblo de Zamora: Alcorcillo de Aliste, cerca de la frontera con Portugal. Es una pedanía de Alcañices, enclavada entre bosques y caminos de tierra y pavimento agrietado. Su imagen puebla mi recuerdo de tantos veranos dulces, compartidos con mis tíos y mis primas de Zaragoza. Este es el primer verano que no puedo ir.

El recuerdo de la infancia es la evocación de lugares y personas en cuya presencia fuimos felices. La felicidad, sin embargo, no estaba en ellos, sino en la propia infancia. Visitar el lugar donde pasamos de niños las vacaciones nos podrá proporcionar una sensación dulce y agradable, pero vendrá del recuerdo, no de la percepción. Aun así, es más fácil sentir esas insondables cercanías, esos inexplicables gozos, en el lugar donde tuvieron lugar; a pesar del tiempo presente, que no es el tiempo que fue, resbaladizo y esquivo.

Sus calles poco a poco van perdiendo el clon clon de los cencerros de las vacas, el aroma orgánico de los rebaños y la lenta determinación de los pastores. Hoy hay más coches que cayados, más bastones que brazos fuertes. En otro tiempo fue distinto.

A veces le pregunto a mi padre cómo era la vida en el pueblo. Mi padre entonces me habla de mi abuelo, que cazaba conejos entre montones de nieve. De mi abuela, que iba y venía del campo a la cocina. De él mismo, calmando su hambre y su garganta seca bajo la sombra de un chopo, después de trabajar en campos que hervían de sol y de trigo. Y yo siento algo así como una culpa, un arrepentimiento de lo no vivido que no puedo explicar pero que, a pesar de bastantes razones y reflexiones, sigo sin poder extirpar.

Para mí queda el declive, los restos del naufragio de esta y de tantas otras aldeas rurales de España. Lugares que formaron parte de nuestra historia sin alzar la voz, avanzando como engranajes de un mecanismo más importante. Sus gentes, historia viva y vieja, podrían contar tanto.

Yo soy un mero espectador de este cuadro que se va borrando y que algún día se desvanecerá entre el susurro marino de los bosques de pinos y los zumbidos de las moscas. Tras de sí, toda una vida enterrada en el pasado.

El paraíso existe, pero lo abandonamos hace tiempo.

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