La antibiblioteca

En su libro El cisne negro, Nassim N. Taleb introduce el concepto de “antibiblioteca”. La antibiblioteca es el negativo de la biblioteca: la conforman los libros que aún no hemos leído. Aunque el número no es infinito, ni siquiera un finito que casi es in- (al modo de Borges en su relato “La biblioteca de Babel“), es inconmensurable. Hablamos de millones de libros. ¿Qué digo libros? Descartemos los tratados, los ensayos, la poesía, los manuales. ¡Millones de novelas!

Jamás nos leeremos todas esas novelas. Jamás. Hay que aceptarlo. No disponemos de suficiente tiempo para hacerlo. Aunque decidiéramos no salir de nuestros cuartos, aunque un esclavo nos contara historias por la noche y esperara con un libro preparado a nuestro lado para sustituir al libro que está concluyendo, sería imposible.

¡Ni siquiera todas las novelas de autores en lengua castellana! Tenemos la suerte -la desgracia- de que el español lo hablen los mexicanos, los guatemaltecos, los argentinos, los ecuatoguineanos. ¡Hasta los españoles! ¿Cuántos autores hispanohablantes devoran con cruel constancia nuestras esperanzas de leerlo todo en nuestro idioma?

El problema no se reduce a la hipótesis: la impotencia del lector es una realidad. Y cuanto más leemos, más crece, más feroz se vuelve. Después de leer una novela, basta investigar un poco para encontrar dos, cinco, diez autores totalmente desconocidos que: a) conocieron al escritor en vida; b) influyeron al escritor; c) fueron influenciados por el escritor. La aparición de nuevos autores nos complica la vida: si somos fieles a nuestro objetivo, tendremos que leernos toda su obra.

¿Qué impulso nos mueve -nos condena- a saberlo todo de todo? La curiosidad, la maldita curiosidad. También la vanidad: los lectores voraces se mueren por entrechocar sus lecturas; los lectores primerizos esgrimen sus primeras conquistas con la esperanza de calmar la voz interior que dice no, nada está hecho aún, ahí fuera hay millones de libros vírgenes que jamás probarás.

Una voz que seguirán escuchando hasta que se mueran.

Por eso, cada vez que oigo hablar de Juan Benet, del que dicen que es uno de los mejores escritores del siglo XX, o de la segunda mitad del siglo XX, o de la historia de la literatura española, o de la literatura española de posguerra, o del franquismo, me pongo nervioso. Muy nervioso. Porque no me he leído nada de Benet. Conozco el nombre de una sola de sus novelas: Volverás a Región. También sé que fue uno de los primeros tutores literarios de Javier Marías. También conozco a un tal Jean Genet, escritor francés, con el que a veces lo confundo.

Pero, repito, no he leído nada de él (ni de Genet). Y no me lo ponen nada fácil quienes hablan de él como un autor hermético, oscuro, dueño de un estilo propio, adjetivos todos que suelen esconder tras sus letras la palabra CO-ÑA-ZO. Quizás es sólo mi miedo el que justifica estas quejas. El miedo a seguir descubriendo escritores: autores de veni, vidi, vici y autores de mentes feraces.

La literatura me está amargando la vida.

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