La escritura de la alegría

Pienso en la idea creída por muchos de que los escritores viven de la pena propia. Por qué no abordar una escritura de la alegría, una escritura que seleccione los momentos felices e ignore los tristes. De la tristeza se extrae amargura porque uno se acostumbra a la tristeza y la considera algo connatural a la existencia. Por eso es bueno dedicarse a la escritura de la alegría.

Sin embargo, la escritura de la alegría, a pesar de todas sus ventajas metodológicas y vitales, pese a dirigir nuestra mirada a aquello que nos sienta bien, es difícil de alcanzar, apenas se vislumbra cuando la creemos controlar. Así,

UNO

igual que de la tristeza se extrae amargura porque uno se acostumbra a la tristeza, de la alegría se extrae amargura porque uno se acostumbra a la alegría. La alegría es la consecuencia de las cosas que pasan cuando no pasan cosas tristes. El pan duro es un manjar para el que tiene hambre. Y,

DOS

¿es tan fácil dominar esta disciplina aún sin hollar? ¿Es tan sencillo amaestrar nuestra mirada en el pensamiento limpio? Más aún,

TRES

¿es verdaderamente limpia la mirada que oculta lo doloroso? La sonrisa constante nos parece artificial, nos repulsa incluso en ocasiones –las sonrisas de las películas de David Lynch, por ejemplo; o las de los anuncios de los bancos–. Por otro lado

CUATRO

la escritura –la BUENA ESCRITURA– toma la vida, la modula, la modifica y la desfigura, o bien la refleja con la mayor fidelidad posible. El escritor, escriba como escriba, cumple un compromiso: escribe la vida. Aun la ciencia ficción sigue siendo vida, solo que camuflada en mundos fantásticos o pintorescos que, después de pensarlo un poco, no nos parecen tan distintos a los pintorescos y a veces fantásticos trazos de la vida real. Y la vida real, que nos promete tiempos felices, también nos reserva tiempos infelices. Los pasos descalzos de lo venidero, canta Albertucho. (Lo venidero, que nunca vemos y que, para algunas tribus, no espera delante, sino detrás.) Así que la escritura de la alegría también debe hablar de la tristeza. Si no, sería un anuncio de un banco, y no literatura. Partiendo de esta condición,

CINCO

la escritura de la alegría atenderá a la tristeza, pero en pequeñas dosis. Esto puede legitimar la escritura  de la alegría, aportarle ese contraste que exigen quienes piden realidad en las páginas que leen. No obstante, sospecho que la escritura de la alegría puede destilar el efecto contrario al que se pretende con ella: destacar la tristeza, otorgarle una luz potentísima en un desierto de calma; conseguir que ese desierto de calma, esa utopía, parezca terrible. Algo así denunciaba Aldous Huxley en Un mundo feliz.

De este modo, lo que en principio parecía una buena idea no lo fue tanto. En eso consiste la escritura de la tristeza, quizás: en venerar la alegría como un oasis de calma en un desierto de pena, en tocarla lo menos posible para no mancharla. La alegría es sagrada para la escritura de la tristeza. Por eso (y por tantas otras cosas) la escritura me hace feliz a mí, hace feliz a tanta gente.

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