Un futuro mejor

“La renovación iba acompañada del nombramiento de Hermann Tertsch, antiguo corresponsal en Viena y Bonn y gran experto en Europa oriental, como subdirector y responsable de las páginas de Opinión. Hermann había hecho un trabajo formidable en su cobertura de las revoluciones que finiquitaron el comunismo y de las guerras balcánicas. Recuerdo que cuando Yugoslavia empezó a cuartearse, los redactores de Internacional bromeábamos sobre el tono alarmado de las crónicas de Hermann y comentábamos que el pobre vivía «al borde de un ataque de serbios». En poco tiempo se demostró que tenía toda la razón. En uno de sus libros cuenta que una vez le llamé «nazi». Me parece improbable, aunque uno ha dicho suficientes tonterías como para considerarlo posible. Hermann y yo tenemos ideas distintas sobre la política, la sociedad y otras cosas, pero a día de hoy seguimos llevándonos bien. Debajo de su gusto por la provocación y la polémica, y de unas costumbres no siempre morigeradas, hay un periodista como pocos y un buen compañero. La ideología no es algo que yo tenga en cuenta a la hora de decidir con quién me trato”

Enric González, en Memorias líquidas

Hermann Tertsch, que estuvo trabajando dos décadas para El País, servirá aquí como pretexto para ilustrar la idea que quiero contar. Tertsch, a quien Enric González elogia en su libro Memorias líquidas (deliciosamente escrito), es el mismo que, la noche del martes 13 de noviembre del año pasado, grabó la crónica de la huelga general de ese mes. Lo lamentable es que la huelga general tuvo lugar el día siguiente a la grabación.

Lo que me indujo a escribir esta entrada es el contraste entre dos actitudes: la del periodista entusiasta y capaz que elabora informaciones sublimes, y la de quien habla, como los adivinos, de lo que aún no ha ocurrido. Es cierto que en este mundo de comunicados de prensa e ideologías del interés muchas veces la realidad ya está escrita antes de que acontezca. Lo que no evita que Tertsch mintiera, algo que jamás puede hacer un periodista -al menos en su profesión-.

Actualmente huimos de ese contraste que causa el paso del tiempo. No conozco las distancias que alejaron a Tertsch de El País, ni entro a valorar su paso a medios tradicionalmente afines a la derecha, como ABC. Pero me gusta pensar que la gente cambia. En mi opinión, Tertsch cambió a peor porque perdió el prestigio. Sin embargo, olvidarnos de ese pasado como ilustre corresponsal y “experto en Europa oriental” sería mentir. El periodista también debe ser honesto.

Reconocer, entonces, ese cambio, humaniza a Tertsch. Choca ver actos tan diferentes en un mismo profesional, pero ese aparente rechazo tiene efectos saludables. Si olvidamos el pasado de las personas, en este caso de un periodista, corremos varios riesgos.

En primer lugar, le damos una excusa maravillosa a quien actúa así para decir: “Yo siempre he sido así”. Cuando uno olvida la ética de tiempos pasados, es fácil sustituirla con una ética nueva, hueca y pérfida a su nombre, con que justificar todo tipo de actos. Aunque siempre hayamos actuado de la misma forma durante toda nuestra vida, las causas de esa estabilidad son distintas en cada tiempo. Quizás al principio hacíamos bien nuestro trabajo porque temíamos perderlo, luego seguimos haciéndolo bien por el agradable sabor del prestigio, y finalmente por inercia. Los motivos son distintos, las acciones las mismas. Pero siempre hemos tenido la oportunidad o no de cambiar de actitud. Y es esa decisión la clave de todo el proceso.

En segundo lugar, si no reconocemos el cambio a peor, eliminamos la posibilidad del cambio a mejor. Reconocer que las cosas cambian -a mejor, a peor- es tener esperanza en un futuro mejor.

Esta falta de perspectiva, hija del culto a las ideologías y a las afinidades del presente, es un rasgo muy profundo de mi generación. No deja de aparecer en Memorias líquidas, y me choca muchísimo. Quizás por eso me gusta tanto: leyendo sobre el pasado supero mi presente, y así puedo pensar en un futuro mejor.

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