Vuelta al estadio

Los otros siguen escribiendo. Esto es como una carrera en la que ninguno puede parar, una carrera que no tiene meta ni cronómetros, pero sí tiene tiempo, una capa acumulada de creaciones y sacrificios, de horas sentado sin hacer nada, nada más que escribir o intentar escribir. Los otros siguen escribiendo, los veo delante con sus inclinaciones humildes, rodeados de alabanzas. Su mirada no descansa, buscan historias y buscan palabras en los ojos y los cuerpos de la gente, en sus maneras de sentarse, de hablar o de follar o de no hacerlo, en los trabajos que los desactivan o que los activan, en sus viajes, en los viajes que no hacen, que nunca han hecho, en sus casas, en sus pesadillas, donde persiguen a ratones venenosos en bosques de plata.

La luna llena abajo, porque es una pesadilla.

Y tú detrás, detrás sin querer mirar lo que tienes delante. Los otros siguen escribiendo y tú piensas escribir, piensas en escribir, te acuerdas de escribir como algo que hizo otra persona, alguien mucho más distinto a quien tú eres ahora, en este momento, justo antes de que vuelvas a escribir algo y temas parecerte al chaval que tanto sufría por nada.

Quizás no escribes porque crees que escribir es el síntoma de una preocupación vital, total, una melodía triste que abarca todas las cosas que ves y que te dicen. Quizás temes de nuevo pensar que todo ha perdido sentido, que nada te puede llenar de vida, sólo cubrir el fondo, sólo un resto ridículo en el que vislumbras un brillo tenue y movedizo, como un depósito de gasolina seco.

Quizás deberías volver a escribir, pero no hacer textos tan largos. O sí, no lo sé. Haz lo que quieras, lo que te pida el cuerpo y no las ideas. Que las ideas se vacíen sobre el molde que tú prepares. Antes era tan pesimista y tan tenebroso y tan gilipollas porque hacía que la ficción superara a la realidad, porque no me conformaba con la vida tal como es, una vida imperfecta, y pensaba en una vida perfecta, y cuando uno piensa en una vida perfecta, una vida que no existe, uno se convierte en una existencia que no vive, y como la realidad supera a la ficción, y no al revés, esa vida perfecta que imaginabas volvió mucho peor la vida real, esa vida imperfecta que no cambiaba pero que en tu cabeza sí cambiaba a peor, y se volvía perfectamente terrible e innecesaria, piensas.

Y al pensar, escribes, y no ha pasado nada. Que no pase nada, a veces, es un buen augurio.

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