Un poco de sabiduría

Los Chicago Bulls pierden 83 a 86 contra los Jazz de Utah. Han pasado treinta y seis segundos y siete décimas. Ahí está Michael Jordan, alzándose en una vertical perfecta.

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El ídolo, el hombre que le dio el segundo impulso decisivo a la NBA tras la rivalidad incombustible y hermosa entre un mago negro y un pájaro blanco. Su ética de trabajo, su fuerza de voluntad, su resiliencia, los pormenores de sus movimientos, el esplendor plástico de sus visajes, su capacidad de liderazgo, su naturalidad, todo conduce al magnetismo. De los grandes personajes de la historia se habla en presente, y Jordan es un imán.

Ello explica que yo, que sé muy poco de baloncesto, y menos de la NBA, esté escribiendo sobre él, y haya leído y visto algunas cosas sobre él. Estoy seguro de que hoy, que no juega Michael, hay muchas habitaciones y fondos de pantalla decorados con su imagen. Incluso perfiles de redes sociales. Algunos tienen un cuadro, otros los ojos verdes de una afgana, otros a sí mismos. Otros tienen a su ídolo. El deporte está infravalorado: el deporte entra en las casas y saca a la gente de sus casas con una facilidad pasmosa. Lo hace con la inevitabilidad del camino que tenemos que tomar a la escuela o al trabajo. La diferencia es que este camino se recorre con gusto. Y lo que se hace con gusto, va expandiendo sus propios límites.

El novelista canadiense Robertson Davies dijo: “Rabelais era maravillosamente culto porque aprender le divertía y ésa es, a mi juicio, la mejor justificación del estudio. No la única, pero sí la mejor.” Para Michael Jordan, si uno quiere aprender a hacer algo, primero debe divertirse; la técnica llegará después. La diversión prepara y engrasa.

Ahí está Michael Jordan, viendo caer el balón como una condena desde el cielo. Faltan cinco segundos, pero los Jazz no pueden hacer nada. Jordan cae de pie. El balón ya ha entrado. Tarda un segundo en reaccionar. Alguien, muy lejos de allí, pide tiempo muerto. Muy lejos de allí, un blanco bajito, el primo feo de Montgomery Clift, falla un triple.

“¡El sexto ha caído!”, canta Andrés Montes.

Eso que hemos visto es la sabiduría.

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